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| 11/29/2011 12:00:00 AM

"Vamos a orarle a Dios para que ustedes vuelvan"

Johan Steven, hijo del sargento José Libio Martínez, pidió por la libertad de los otros secuestrados de las Farc. Junto con él, las familias de los tres policías asesinados por la guerrilla asistieron a una conmovedora ceremonia en la catedral de Bogotá.

“Para nosotros los católicos, la muerte no es una tragedia. Es verdad que estamos de luto, pero en el horizonte empieza a brillar la luz de la concordia”. Las palabras de monseñor Rubén Salazar Gómez retumbaban en las inmensas paredes de la Catedral Primada de Bogotá, a donde llegaron en la mañana de este martes los cuerpos del sargento del Ejército Libio José Martínez, del coronel Édgar Yesid Duarte Valero, del mayor Elkin Hernández Rivas y del subintendente Álvaro Moreno (de la Policía), asesinados por las FARC el pasado 26 de noviembre en el sur del Caquetá. 
 
En primera fila, las familias de las víctimas escuchaban con atención las palabras del sacerdote. Sin embargo, cuesta creer que, para ellos, su historia no sea una tragedia: por más de una década, Martínez, Duarte, Hernández y Moreno estuvieron secuestrados por las FARC. Fueron encadenados y torturados, estuvieron escondidos en la selva y lejos, muy lejos de sus familias. Padres, hijos y hermanos esperaron durante mucho tiempo el calor de un abrazo de estos uniformados. Pero hoy, al abrir sus brazos, sólo sintieron la seda de una bandera de Colombia que cubría un ataúd duro y frío que guardaba cuerpos sin vida. Así es muy difícil pensar que “la luz de la concordia” por fin empieza a brillar.
 
Al filo de las 10 de la mañana, cientos de policías y militares, con sus trajes de gala, se formaron bajo el cielo encapotado en la Plaza de Bolívar para rendir honores a sus compañeros. Una por una entraron a la catedral las familias de los secuestrados muertos en cautiverio. Detrás venía el presidente Juan Manuel Santos, acompañado de su esposa, de varios miembros de su gabinete y de las cúpulas militar y de Policía. Adentro, sentados y rezando, aguardaban otros colombianos que representan claramente la tragedia de este país: doña Emperatriz de Guevara, madre del coronel de la Policía Julián Ernesto Guevara, quien duró ocho años secuestrado y a quienes las FARC dejaron morir en cautiverio, por una extraña enfermedad, en el 2006.
 
También estaba Clara Rojas, secuestrada por las FARC entre el 2002 y el 2008, y quien dio a luz, mientras estaba cautiva, a Emanuel, un pequeño que hoy ronda los 6 años de edad. También estaba John Frank Pinchao, el subintendente de la Policía que logró escapar de las FARC en el 2007, luego de nueve años de secuestro.
 
Horas antes, Medicina Legal había entregado un parte sobre la forma cómo Édgar Yesid, Elkin, Álvaro y José Libio fueron asesinados por orden de alias ‘Porcelana’, el guerrillero de las FARC que estaba a cargo de ellos. Todo indica que les dispararon por detrás, a una distancia no mayor de un metro y medio, cuando los cautivos intentaban correr para salvar sus vidas. El único que contó con suerte fue el sargento de la Policía Luis Eduardo Erazo, quien salió corriendo en dirección contraria a la de sus compañeros y quien hoy se recupera de heridas leves al lado de su familia en el hospital de la Policía, en Bogotá. 
 
Durante toda la Eucaristía, el mensaje de la Iglesia fue una invitación insistente a las FARC: “Queridos guerrilleros, ese no es el camino, por ahí no llegamos a la paz. Devuelvan a los secuestrados sanos y salvos. Devuélvanlos tal cual se los llevaron. Vengan, guerrilleros, aquí los estamos esperando con los brazos abiertos para que vuelvan”, decía una y otra vez monseñor Gutiérrez.
 
Entre tanto, con los ojos encharcados, los familiares se preguntaban a sí mismos por lo que pudo ser y no fue: “¿Y si Elkin hubiera corrido en dirección contraria?, ¿y si les hubiera desobedecido a los guerrilleros y hubiera corrido hacia otro lado?, ¿y si se hubiera hecho el muerto?, ¿será que estaría vivo? Es que tener un hijo toma mucho esfuerzo. Tenerlo nueve meses en el vientre, cuidarlo tanto desde pequeño, vigilar los pasos cuando adolescente... para que en un segundo venga otro y se lo mate”, dice una tía del mayor Elkin Hernández.
 
Durante todo el sepelio Johan Steven, el hijo del sargento Martínez, demostró por qué, a la fuerza, la guerra lo ha hecho un joven tan maduro, abnegado e inteligente. Tiene 14 años y las FARC no lo dejaron conocer a su papá a pesar de que les lloró, les suplicó y se les humilló pidiéndoles que lo dejaran libre. Este martes, el elocuente jovencito que tantas veces los colombianos vieron por televisión hablar de paz y de perdón, hoy estaba silencioso, cauto, casi inmóvil ante el féretro de su padre. “Muchachos, sigan adelante, vamos a orarle a papito Dios para que ustedes vuelvan”, dijo Johan Steven dirigiéndose a los 12 policías y militares que continúan secuestrados por la guerrilla.
 
Las palabras del general Óscar Naranjo, director de la Policía Nacional, fueron contundentes: “Ustedes, las FARC, ustedes son los responsables de las vidas de mis policías que están en cautiverio”, dijo a propósito del debate que se ha despertado en el país sobre la validez de los operativos de rescate militar para sacar secuestrados de la selva.
 
La misa duró un poco más de una hora. Afuera de la catedral, cuatro lujosas carrozas fúnebres esperaban los ataúdes. Johan, con su mamá y su abuela, se fue por la carrera séptima, rumbo al aeropuerto para viajar hacia Pasto, donde va a enterrar a su papá. Viviana Duarte, la hija del coronel Édgar Yesid Duarte, abrazó la foto de su papá (tenía 2 años cuando lo secuestraron), cogió del brazo a su mamá y se fue rumbo al Centro Religioso de la Policía. Lo propio hicieron las familias del subintendente Álvaro Moreno y del mayor Elkin Hernández. Todos ellos, hasta último momento, guardaron la esperanza de que esta Navidad tal vez fuera diferente, al pensar que quizá Libio José, Elkin, Édgar Yesid y Álvaro estuvieran nuevamente en casa.
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