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| 4/9/2016 12:00:00 AM

El regreso de Germán Vargas Lleras

Con nuevo ‘look’ pero con el acelere de siempre, el vicepresidente retomó sus funciones y, también, sus cálculos políticos. No se meterá con la paz y seguirá consolidando su imagen de gerente. ¿Cuál es su ajedrez?

No es exacto decir que el vicepresidente Germán Vargas Lleras regresó al ruedo público, porque en realidad nunca se fue. Incluso en los días posteriores a su operación en la cabeza para extraerle un tumor benigno mantuvo contacto permanente con sus colaboradores más cercanos. Ni siquiera los médicos lograron bajarle el ritmo a su reconocida intensidad. Y es claro que no le curaron su adicción al trabajo.

Solo que ahora, después de terminar terapias de recuperación durante dos meses y 10 días, que lo tenían al borde de un ataque de nervios, el Vargas Lleras de siempre tiene características diferentes. Sobre todo en su apariencia: se rapó la cabeza y perdió peso, pero también revisó hábitos: dejó los cigarrillos que fumaba desde hace 40 años y los cambió por cigarrillos electrónicos.

El resto es igual. Después de Semana Santa retomó su talante de gerente ejecutor de obras de infraestructura –solo había aparecido en la foto de apoyo al presidente Santos ante el fallo de La Haya contra Colombia– con el mismo acelere y vehemencia de siempre. La semana pasada firmó el acta de inicio de obra del acueducto de Capurganá, revisó las obras del acueducto de Quibdó, anunció el comienzo de la construcción del nuevo puente de Honda sobre el Magdalena, participó en el sorteo de 1.500 casas en Quibdó y entregó 80.000 subsidios de vivienda en la capital. “Estamos felices: vuelve la vivienda a Bogotá”, dijo el jueves en la inauguración de la Feria Inmobiliaria.

Ni siquiera descansa cuando se desplaza. Aprovecha los ratos en los vehículos para anotar en libretas amarillas –porque no ha entrado en el mundo de la tecnología- cada uno de los municipios en los que acaba de terminar una obra, o en donde quedan por entregar una vía o un conjunto de casas. Esa es su fórmula para memorizar datos, pues no necesita de esas notas para repetir después con exactitud minuciosa los nombres de los lugares, el estado de las obras, los kilómetros de vías construidos y los que faltan. De hecho, solo habla de eso: prefiere extenderse en los detalles de cómo se demolerá la vieja torre de control de El Dorado, que opinar sobre la economía o el proceso de paz.

Para nadie es un secreto que el vicepresidente se considera el siguiente en la fila para la Presidencia de la República, y piensa que tiene una especie de derecho adquirido por haber apoyado a Juan Manuel Santos en su apuesta por la reelección en 2014 y porque lleva meses encabezando las encuestas de opinión entre los presidenciables. Por eso su reaparición, después de la convalecencia, volvió a abrir interrogantes sobre los siguientes pasos que dará para cumplir su anhelada ambición: ¿hasta cuándo se quedará en el gobierno? ¿Se desmarcará de Santos ante el deterioro de su imagen? ¿Buscará su partido, Cambio Radical, aliados diferentes a los que han sido sus compañeros en la Unidad Nacional? En otras palabras: ¿se acercará al uribismo?

El tiempo corre. Por razones normativas, el vicepresidente debería retirarse de su cargo a comienzos de 2017. Mientras tanto seguirá en el Ejecutivo, porque la estrategia de proyectarse como el gran gerente de la construcción de vivienda y del gran salto de la infraestructura ha demostrado ser rentable y le permite eludir pronunciamientos desgastantes sobre otros asuntos espinosos.

Vargas Lleras negoció con su superior, Juan Manuel Santos, que asumiría la coordinación de los ministerios de Transporte y de Vivienda, hoy ocupados por Natalia Abello y Luis Felipe Henao, ambos de su círculo íntimo. Ellos, Abello y Henao, saben que su misión es aceptar responsabilidades y cederle los reconocimientos al jefe. Como lo había hecho en otros cargos, Vargas Lleras cambió los esquemas de contratación de las obras para lograr “que las cosas sí se hagan”, según sus propias palabras. Así, desde que llegó al Ministerio de Vivienda en 2012, echó atrás el esquema de convenios administrativos que permitía que alcaldes y gobernadores contrataran directamente las obras y fortaleció los procesos licitatorios al centralizarlos en la Vicepresidencia y en los ministerios de Vivienda y Transporte, sobre cuya gestión tiene incidencia y control.

Ya había aplicado ese esquema centralizador y eficiente cuando siendo ministro del Interior, en 2010, prohibió que los municipios gestionaran directamente la construcción de palacios municipales con contratistas recomendados por alcaldes y parlamentarios. Eso le ha permitido a Vargas cimentar dos de los pilares estratégicos de su campaña presidencial. Por un lado, en cada acción que realiza consolida el perfil gerencial. Por otro, enarbola un discurso en el que la corrupción aparece como el principal enemigo. “En la historia de Chocó, cientos, miles de políticos han venido a Quibdó a prometer cosas que no han cumplido. Contar con el acueducto, que está a punto de entregar el gobierno nacional, es ejemplo de que sí se puede”, señaló esta semana en la entrega de casas en ese municipio.

Vargas Lleras es tal vez el político colombiano más disciplinado en el uso del lenguaje. No se sale de su propio libreto ni se deja traicionar por la lengua. Como senador fue el gran crítico del Caguán. En el Ministerio del Interior posó del líder más eficaz para aprobar proyectos en el Legislativo. Como ministro de Vivienda se puso el casco de constructor y no hablaba sino de casas, y ahora, como vicepresidente, usa la camiseta de gerente y en todos sus discursos habla sobre puentes y carreteras. Cada cosa en su momento.

Su estratégica contención verbal –tan diferente a sus antecesores en la Vicepresidencia- inevitablemente abre la hipótesis de que no se siente cómodo en un gobierno que se la ha jugado por la paz. Vargas Lleras, dicen, no dice nada sobre el proceso de La Habana para que no se note su disgusto, sospecha que se incrementa porque ha sido un exponente coherente de la línea dura. Hizo el gran debate en los tiempos del Caguán para denunciar que las Farc usaban la zona de distensión para fortalecer su capacidad militar –pieza clave para la terminación del proceso –. Y como ministro del Interior en 2010, ya bajo el gobierno de Juan Manuel Santos, estableció en la discusión del proyecto que prorrogó la Ley de Orden Público que el gobierno no podría establecer zonas de despeje para promover negociaciones con grupos armados. Esta potestad fue recuperada cuando se aprobó, hace dos meses, la ley que faculta al presidente para determinar zonas de concentración de los guerrilleros de las Farc.

No apostarle a la paz también es una carta estratégica. Es más rentable asociarse con la construcción de obras públicas que con la impunidad que beneficiará a la guerrilla a cambio de que deje las armas. Mientras en lo primero converge todo el mundo, lo segundo tiene polarizado al país.

En cada salida Vargas Lleras señala que el gobierno Santos “sí ha cumplido”, pero su discurso difiere mucho del resto del gobierno, incluyendo al presidente. “La paz no es lo suyo. Siempre que se habla de eso en los consejos de gobierno, o en alguna reunión de alto nivel, él guarda silencio absoluto. Todos los funcionarios llevamos con orgullo la paloma de la paz en la solapa, menos él, a quien solo se la vimos puesta el 25 de octubre”, le dijo un ministro a SEMANA. En el debate reciente sobre la Ley de Orden Público, Cambio Radical terminó votando la iniciativa, pero los miembros del partido –en cabeza de Rodrigo Lara– le armaron desorden al ministro Juan Fernando Cristo argumentando que el gobierno no estaba siendo claro sobre cómo y dónde se concentrarían los guerrilleros de las Farc una vez firmada la paz.

Es poco probable que esta actitud cambie en los próximos meses. La posición más segura es callar su malestar con los diálogos pero no asumir el discurso de enemigo de la paz –sobre todo a la espera de lo que ocurra en La Habana-. A Vargas Lleras, además, no le conviene pelear con el presidente porque los electores cobran con dureza las faltas de lealtad y porque en Colombia es mejor ir a elecciones conservando las cuotas de poder. Y Cambio Radical tiene bastantes.

Para el presidente, por su parte, mantener al vice en el redil le permite asegurar los votos de Cambio Radical en el Congreso y evitar un deterioro de la Unidad Nacional. Ni Santos ni su segundo a bordo quieren pelea. Otra cosa es que haya una especie de guerra fría con algunos miembros de la guardia pretoriana de la Casa de Nariño, a quienes les parece que el vice tiene agenda propia, y que solo apoya al gobierno en los temas amables –construcción, vivienda, infraestructura- pero no se compromete en los que producen desgaste –la paz, la reforma tributaria, el ahorro de energía-.

La otra gran pregunta es qué tipo de alianzas hará Germán Vargas a la hora de lanzar su candidatura presidencial. Ir solo como abanderado de Cambio Radical no es una opción sólida, pero es poco probable que la Unidad Nacional cierre filas en torno a él. De hecho, las relaciones de Vargas Lleras con algunos dirigentes de La U y del Partido Liberal son casi conflictivas. En varias reuniones de trabajo, dirigentes liberales, conservadores y de La U han explorado de qué manera podrían lograr una candidatura única para competir con la del vicepresidente. Se especula, incluso, la posibilidad de elegir como candidato único de estos tres partidos al que más votos obtenga en la primera vuelta presidencial de 2018. Y en enero y febrero de este año tuvieron lugar varias reuniones entre los senadores Roy Barreras, Horacio Serpa y David Barguil y el expresidente César Gaviria, para construir una Unidad por la Paz, en la que no estaría incluido el apoyo de Vargas. Aunque la fuerza discursiva de esta unidad perdió fuerza cuando el presidente Santos se tomó la foto con todos los partidos, menos el Centro Democrático, para respaldar el proceso de La Habana, en el país político quedó la sensación de que se están generando movimientos para formar un ‘Toconvar’ (todos contra Vargas).

Pero dos años y medio es mucho tiempo para prever cómo reaccionarán los colombianos cuando se firme la paz con las Farc. Si los diálogos conducen a un acuerdo bien recibido, Vargas Lleras tendría que subirse al tren. Si no hay firma, hasta se abrirían posibilidades de acercamiento del vice con el uribismo en torno a una propuesta de regreso a la mano dura. Habrá que esperar. Por ahora, recuperado de su cirugía y a un año de tener que renunciar, el vicepresidente llegó con toda.

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