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| 6/30/2017 11:38:00 AM

Vaticano aceptó renuncia del obispo de Buenaventura

Monseñor Héctor Epalza llevaba 13 años al frente de esa Diócesis, a través de la cual visibilizó los horrores de la violencia y la pobreza en el pacífico colombiano

Este viernes 30 de junio se hizo público que el Papa Francisco aceptó la renuncia de monseñor Héctor Epalza, obispo de Buenaventura, Valle, quien llevaba trece años al frente de esa Diócesis.

Asímismo, desde el Vaticano informaron que el nuevo obispo de esa ciudad portuaria, será el presbítero Rubén Darío Jaramillo Montoya, actualmente sacerdote de la Diócesis de Pereira. Jaramillo Montoya tiene 51 años y es sacerdote desde 1992. La ceremonia de ordenación como obispo será el 29 de julio en Pereira y tomará posesión canónica de la Diócesis de Buenaventura el 12  de agosto de 2017 en la catedral de Buenaventura.

De esa manera, la Santa Sede resolvió una de las normas del Derecho Canónico que establece que los sacerdotes, obispos y arzobispos deben renunciar a sus cargos administrativos una vez cumplan los 75 años edad.

En el caso del obispo Epalza, esa edad de retiro forzoso la cumplió desde el 14 de junio de 2015, pero la renuncia se la aceptaron dos años después y justo cuando recién acababa de liderar una de las protestas sociales más intensas y duraderas en la historia de Buenaventura: el paro cívico. 

De ahí la importancia del relevo de un obispo que es reconocido no solo en Buenaventura, sino a nivel nacional, porque gracias a él, el país supo de la dramática situación de orden público, derechos humanos y pobreza que padecen no solo los habitantes de Buenaventura, sino de todo el Pacífico colombiano.

Gracias a la valentía y liderazgo del obispo Epalza, los colombianos escucharon por primera vez lo testimonios en torno a la existencia de las temidas casas de pique, que no eran otra cosa que casuchas a orillas del mar donde las personas eran torturadas y descuartizadas. 

Monseñor Epalza también fue el encargado de denunciar la guerra territorial a muerte por el negocio del narcotráfico, que libraban dos bandas criminales conocidas como La empresa y Los Urabeños. De la mano de ese obispo, las autoridades de orden nacional conocieron de primera mano el régimen de terror que implantaron esos grupos, las fronteras invisibles y el desplazamiento forzado al que fueron sometidos los habitantes de Buenaventura. 

Todas esas denuncias motivaron que el presidente Santos pusiera en marcha un ambicioso plan de intervención militar y social del puerto, que dio origen a lo que hoy se conoce como el Plan Pacífico, un fondo común con millonarios recursos para ejecutar obras que resuelvan problemas de Saneamiento Básico, agua potable, vías, salud y educación

Cuando este portal le preguntó al obispo Epalza qué fue lo más doloroso de su gestión al frente de la Diócesis de Buenaventura, no dudó en responder que “el constatar toda la situación social de exclusión y marginación del pacífico colombiano”.

Aprovechó el momento para recordar que es impresionante “ver los contrastes de la riqueza de la Sociedad Portuaria y a su lado emergen los barrios más pobres de invasión”. Agregó, que si bien reconoce que está satisfecho con la tarea cumplida en su misión pastoral, “quisiera hacer más cosas, pero el tiempo es un recurso humano limitado”.

Anticipó que en lo que resta del año ejercerá funciones de Administrador Apostólico de Buenaventura y en enero retornará a Bogotá junto a la comunidad religiosa de los Sulpicianos, a la cual pertenece, “se trata de una congregación aprobada por el Vaticano y que tiene como carisma la formación inicial de los sacerdotes diocesanos”, explicó el obispo tras precisar que aprovechará el receso para prestarle atención a sus quebrantos de salud, ya que actualmente lo aquejan una gastritis y un glucoma.

“Tengo en mí sentimientos encontrados, guardaré en mi corazón  los rostros concretos de mis hermanos y hermanas afros, indígenas y mestizos y aunque me ausente físicamente  de la ciudad, nunca los olvidaré en mi oración ante Dios, Señor de la historia y de la vida”.

Asi las cosas, el puerto de Buenvanetura acaba de perder, no a un obispo, sino la voz que desde el púlpito visbilizó todos los problemas que atormentan al Pacífico colombiano.

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