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| 2/12/2006 12:00:00 AM

"Vendetta" en la ciudad

La aparición de 10 cadáveres en Bogotá mostró la pugna de paramilitares y bandas de hampones por el control de la delincuencia capitalina.

Alas 9:30 de la noche del lunes 21 de noviembre, dos hombres llegaron a bordo de un Renault Clío gris a los alrededores del barrio Quintas de Santa Ana, en el municipio de Soacha, vecino de Bogotá. Se bajaron y rápidamente abordaron un taxi que los estaba esperando. Una hora más tarde, como nadie regresaba por el vehículo, que estaba en una zona muy insegura, varias personas llamaron a la Policía. Al llegar los uniformados a inspeccionar el carro, abrieron el baúl y encontraron los cuerpos de dos hombres de aproximadamente 30 años. Pocas horas más tarde, esa dantesca escena se repitió. A las 12:30 de la mañana del martes 22 de octubre, dos policías que realizaban un patrullaje rutinario notaron algo inusual en la esquina de la carrera 30 con calle 64, cerca del sector del 7 de Agosto. En el lugar había un Mazda último modelo sin placas. La escena era sospechosa. Los uniformados presumieron que se podía tratar de un carro bomba y ante esa posibilidad decidieron llamar al escuadrón antiexplosivos. Unos minutos más tarde, cuando el lugar había sido acordonado, decidieron abrir el baúl del auto. En el interior estaban los cuerpos de dos hombres de 30 y 40 años aproximadamente. Pero la ronda de la muerte no terminó con ese hallazgo. En la tarde del miércoles, otros dos cuerpos, también de dos hombres jóvenes, fueron encontrados en un caño a la salida de Bogotá hacia Tunja. Y en la mañana del jueves, cuatro cuerpos más, también de hombres entre los 25 y 35 años, aparecieron en un potrero en las afueras de Soacha. Aunque los 10 cuerpos habían sido hallados en lugares diferentes, presentaban características similares. Algunos tenían impactos de bala, tiro de gracia, y todos tenían evidentes signos de tortura como quemaduras por choques eléctricos, punzadas en diferentes partes efectuadas con atornilladores y signos de haber muerto asfixiados. Esos asesinatos pasaron prácticamente inadvertidos para la opinión pública, aunque no era la primera vez en los últimos meses que Bogotá y sus alrededores eran sacudidos por el hallazgo de cuerpos torturados. El 8 de julio, los cuerpos de tres personas torturadas y asfixiadas se encontraron en baúles de dos carros en los barrios Chapinero y Kennedy. Un mes más tarde, a comienzos de agosto, en la autopista norte con calle 240, fueron encontrados los cadáveres de dos hombres y a pocas cuadras de allí, aparecieron los cuerpos de dos mujeres, todos entre bolsas plásticas con signos de asfixia y tortura. ¿A qué se deben estos macabros asesinatos? La respuesta parece estar en la disputa que desde hace un año libran diversos grupos de paramilitares, mafiosos y delincuencia organizada, por controlar diversos sectores de Bogotá y sus alrededores. La historia de esa 'guerra' por la capital comenzó hace varios años. Hacia 2002, en algunas zonas de la ciudad, como los Sanandresitos, Corabastos y Ciudad Bolívar, había presencia de hombres de las Autodefensas Campesinas del Casanare (ACC), comandadas por Héctor Germán Buitrago, alias 'Martín Llanos'. Sus hombres extorsionaban y cobraban vacunas a comerciantes y transportadores. Pero para finales de ese año llegó a Bogotá el Frente Capital, una estructura del Bloque Centauros al mando de Miguel Arroyave y comenzó una guerra por el control de la ciudad entre los dos bandos paramilitares. Después de decenas de muertos, Arroyave logró 'sacar' a los hombres de Llanos y consiguió dominar la ciudad con la mayoría de las bandas de delincuentes organizados, como jaladores de carros, apartamenteros, atracadores y secuestradores, entre otros. Con las bandas criminales bajo sus órdenes, Arroyave creó una red de 'oficinas de cobro' y consiguió, además, que cualquier estructura mafiosa o capo del narcotráfico que buscara protección o quisiera mover droga en Bogotá tuviera que contar con él. Esa estructura paramilitar, basada en la utilización de bandas de delincuentes, actuó en la capital bajo el mando único de Arroyave. Pero todo eso cambió cuando éste fue asesinado en Meta por sus propios hombres en septiembre de 2004. Tras su muerte el Bloque Centauros, que era uno de los más grandes de las AUC, se atomizó y en Bogotá quedaron varios 'patrones'. Entre finales de septiembre de 2004 y julio de 2005, casi 80 miembros del Frente Capital fueron capturados o cayeron en enfrentamientos con la Policía. Con la estructura del frente prácticamente desarticulada, otros grupos paramilitares vieron la oportunidad para colonizar los espacios dejados por los hombres de Arroyave. Uno de los primeros en aprovechar el vacío para intentar recuperar ese poder criminal fue 'Martín Llanos', quien envió de nuevo a sus hombres a algunos sectores de la capital. Detrás de él otros paramilitares, como los del Bloque Central Bolívar (BCB), o comandantes como 'Cuchillo' y 'Jorge Pirata'; estos dos últimos formaron estructuras independientes tras la atomización del Bloque Centauros, también han enviado 'comisiones' a la capital. Las zonas en disputa incluyen los Sanandresitos, Corabastos, el 7 de Agosto, Restrepo, Suba y Ciudad Bolívar, entre otros. La estrategia de cada una de estas estructuras es simple: hacer que las bandas de delincuencia organizada trabajen para ellos. Cada grupo para intenta "por las buenas o por las malas" controlar las bandas de delincuentes para así conseguir control territorial. Esta situación ha desencadenado una guerra no sólo entre facciones paramilitares, sino entre las propias bandas de delincuentes, que se ha visto reflejada en macabros asesinatos como los de la semana pasada. La capital y sus alrededores son considerados por los grupos delincuenciales como "la joya de la corona". Las extorsiones representan inmensos dividendos económicos y como Bogotá es sitio de tránsito y refugio para diversos carteles del narcotráfico, quien controla la delincuencia de la ciudad, obviamente, recibe y participa de las ganancias del tráfico de drogas. Paramilitares, mafiosos y bandas de delincuentes están en pleno proceso de reacomodamiento de fuerzas en la capital. Evitar que esa situación persista es el desafío que ahora tienen las autoridades.
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