Viernes, 20 de enero de 2017

| 2006/08/12 00:00

Ver para creer

‘Mateo’, ideólogo de las Farc que hacía parte de la junta de Empresas Públicas de Medellín, engañó a media ciudad. Esta es la historia de una traición.

Freddy Escobar Moncada fue capturado en Aguadas, Caldas, herido, después de que sobrevivió al bombardeo de un campamento de las Farc.

La captura de Freddy Escobar Moncada, hace una semana, dejó estupefactos a todos quienes lo conocían. En la Universidad de Antioquia no salen del asombro, en la junta directiva de las Empresas Públicas de Medellín no pueden creerlo. En el Movimiento Compromiso Ciudadano del alcalde Sergio Fajardo tampoco atinan a desentrañar el misterio. El hombre capturado en Aguadas, Caldas, como ‘Mateo’, con esquirlas de granada en todo el cuerpo, y que cínicamente reconoció que es un convencido militante de las Farc, se había ganado la confianza de todos a su alrededor.

Cuando lo vio en la televisión, el director del Instituto de Estudio Políticos de la Universidad de Antioquia, Manuel Alonso, sólo atinó a decir: “Cómo carajos, nos ha hecho esto todo este tiempo”. No era el único aterrado. Líderes comunitarios que lo conocían desde hace 10 años, ONG, familiares y políticos recibieron la noticia como un baldado de agua helada.

‘Mateo’ había ingresado a la junta directiva de las Empresas Públicas de Medellín en marzo de este año. No hizo falta ninguna sofisticada operación de infiltración. Simplemente se presentó en una convocatoria pública para elegir al representante de los usuarios. Participaron cerca de 200 personas y el propio alcalde Sergio Fajardo lo seleccionó a él. No sólo porque su hoja de vida era impecable, sino porque lo conocía desde 2003, cuando hicieron política juntos. Fajardo como aspirante a la Alcaldía, y Escobar como candidato al Concejo de Medellín, apoyado por un nutrido grupo de líderes barriales.

“Freddy se vinculó a EPM más por presión nuestra. Él no quería ese puesto”, afirma Juan de Dios Graciano, líder del movimiento Compromiso Ciudadano. Recuerda además que la última vez que se vieron, en el mes julio, Freddy Escobar le planteó el interés que tenía por volver a lanzarse al Concejo en las próximas elecciones, “me dijo que quería salirse de EPM porque la incidencia que podía tener en las decisiones era mínima”.

El alcalde Fajardo aún no se recupera del golpe. “Él pasaba como un hombre muy serio, con un nivel muy sofisticado en sus argumentos y de pocas risas”, dice. Nunca imaginó que ese hombre de 37 años fuera uno de los ideólogos del frente Jacobo Arenas de las Farc.

Pero ¿cómo logró calar durante tanto tiempo en diferentes esferas de la sociedad antioqueña sin levantar sospechas? Para algunos de sus compañeros, Escobar es un estratega y un genio, “Freddy nos engañó a todos y eso es admirable”, dice César Arango, un amigo que lo conoce desde 1997. Escobar estaba vinculado desde hace muchos años a proyectos sociales. Recién se graduó de bachiller colaboró con la Consejería de Paz para Medellín que lideró María Emma Mejía. Según su propio testimonio, aún no era guerrillero. Luego se vinculó a la ONG Convivamos, a la que ingresó como practicante universitario. Como trabajador social, y luego en la maestría de ciencias políticas, se hizo experto en presupuesto participativo, planeación y servicios públicos domiciliarios.

Su tesis de grado fue sobre teorías del desarrollo y realizó varias investigaciones sobre desplazamiento y conflicto urbano. Hace dos años se graduó de la maestría con una tesis sobre el conflicto y el desarrollo en Urabá. Sus méritos académicos hicieron que quedara vinculado a un grupo de trabajo en la Universidad. Allí jamás mostró algún indicio de pertenecer a un grupo armado. Su discurso no era mamerto ni proclive a la lucha armada. Sí se veía como un hombre de izquierda, pero respetuoso de la institucionalidad. Cuando sus compañeros de clase se iban lanza en ristre contra las Farc, guardaba silencio o se limitaba a asentir con la cabeza. A principios de este año, cuando comenzaron a circular listas negras en la Universidad de Antioquia, amenazando a profesores y estudiantes, el nombre de Freddy Escobar estaba allí. Sin embargo, eso no pareció preocuparle, dicen sus compañeros.

Muchos lo veían como un hombre crítico, de ideas de izquierda, que incluso le hizo campaña a Carlos Gaviria, el candidato del Polo Democrático, en las pasadas elecciones presidenciales. Pero lo veían como un civilista. Por eso la gente que lo ha rodeado todos estos años no podía creerlo cuando públicamente se quitó la máscara. Freddy Escobar, el hombre de la doble vida, el hombre que tenía un pie en la legalidad y se había ganado la confianza de profesores, miembros de prestigiosas juntas directivas y colegas, y un pie en la ilegalidad, donde quizá urdiendo macabros planes que tendían sangrientos desenlaces.

Ese hombre admitió ser ‘Mateo’, un guerrillero que había escapado al bombardeo de un campamento de entrenamiento donde también estaba ‘Karina’, la mujer que ha sembrado terror y muerte en Antioquia y el viejo Caldas. “Soy un militante de base y estaba recibiendo instrucción para mi trabajo en la ciudad. Mi trabajo era recoger información, analizar la realidad, llevarle conciencia y esperanza al pueblo” dijo.

Él mismo relató que huyó con dos guerrilleras que luego cayeron en combate, y que tuvo que caminar por más de una semana por la montaña, con el cuerpo lleno de esquirlas y una pistola al cinto, hasta que salió a una vereda. Allí tomó un bus escalera, más conocido como ‘chiva’. Los campesinos de la región informaron de inmediato al Ejército que había un herido en el camino a Aguadas. La captura fue sólo cuestión de minutos.

Ni Sergio Fajardo ni el resto de las personas entrevistada por SEMANA en Medellín creen que ‘Mateo’ haya tenido una estrategia premeditada para infiltrarse en la junta de las Empresas Públicas de Medellín. De hecho la propia Alcaldía ha manifestado que este confeso guerrillero participó en nueve de las reuniones y que allí no se trata información confidencial. Sin embargo, para el profesor de la Universidad de Antioquia Manuel Alonso, es claro que “las guerrillas hoy tienen una estrategia de bajo perfil en las ciudades. Freddy es una evidencia de lo que puede ser ahora el trabajo de las organizaciones armadas en las universidades”, dice.

Aunque no hay prueba de que su trabajo en el alma máter fuera reclutar jóvenes para las Farc, cuando le preguntaron a cuántos estudiantes había vinculado, respondió: “ojalá fueran los 20.000”.

Un informe preliminar de inteligencia dice que el guerrillero se niega a dar información y que se nota como alguien completamene convencido de su pertenencia a la insurgencia.

La captura de ‘Mateo’ deja dos lecciones para no olvidar. La primera, que no hay que subestimar el proyecto de partido clandestino que las Farc se propusieron crear hace cinco años. Este hombre es un ejemplo de una clandestinidad rigurosamente construida y con una excelente fachada. Las Farc no van a repetir la historia de la Unión Patriótica en la que muchos de sus hombres destinados a la política murieron asesinados. Pero no han renunciado ni renunciarán al credo de combinar todas las formas de lucha. Ahora buscan infiltrarse en movimientos sociales y políticos tradicionales y no sólo de izquierda. Y en muchos escenarios de la vida pública, como las universidades. Esta situación no puede servir de pretexto para desatar una cacería de brujas contra quienes fueron timados por un hombre que aparentaba creer en democracia ni tampoco puede estigmatizar a todo el que tenga un discurso crítico de la instituciones, o de marcada línea de izquierda.

En segundo lugar, este episodio deja en evidencia lo poco que el país conoce a una guerrilla que lleva 40 años en guerra. Creer que las Farc son apenas un movimiento de campesinos cocaleros con rasgos étnicos muy definidos en la marginalidad de la selva y que hacen la guerra por codicia es un error enorme. Personas como ‘Mateo’ demuestran que las Farc son un movimiento complejo y no un simple cartel de las drogas con ejército o un grupo guerrillero campesino. Con ‘Mateo’, las Farc dejan claro que no han renunciado a su objetivo estratégico de entrar a las ciudades por cualquier resquicio que vean.

Algo que el país parece haber olvidado.

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