Martes, 21 de febrero de 2017

| 2000/05/15 00:00

Vergüenza

El caso del coronel James Hiett, agregado militar de Estados Unidos en Colombia, confirma la doble moral de ese país en el tema del narcotráfico. ¿Quién es este hombre?

Vergüenza

Este lunes, 17 de abril, según el diario The Washington Post, el coronel del Ejército de Estados Unidos James Hiett se presentará en la Corte Federal del distrito este de la ciudad de Nueva York para hacer un arreglo judicial. Hiett confesará que les mintió a las autoridades el año pasado cuando aseguró que no tenía ningún conocimiento sobre las actividades ilegales de su esposa, Laurie Hiett, quien el pasado 27 de enero se declaró culpable de haber traficado con drogas ilícitas mientras su marido ocupaba el cargo de agregado militar en la embajada de Estados Unidos en Colombia. El coronel reconocerá que depositó 45.000 dólares de su esposa en pequeñas cantidades y en diferentes cuentas bancarias en Estados Unidos para evadir los requerimientos de las autoridades sobre el reporte de efectivo. Pero dirá que no sabía cuál era el origen de ese dinero. La Corte —si se cumplen los detalles revelados al The Washington Post por una fuente muy cercana al caso— le impondrá una sentencia no mayor a 18 meses de prisión, que podrá cumplir en libertad condicional. Y se cerrará un ciclo que muestra la doble moral de Estados Unidos en el tema del narcotráfico.

El caso del coronel Hiett, considerado por algunos de los principales diarios norteamericanos como una vergüenza para la administración Clinton, tiene ribetes tragicómicos. No sólo por la importancia de su rango, sino por la estrecha relación que llegó a establecer con las autoridades colombianas encargadas de manejar el tema del narcotráfico y que se ilustra con una anécdota ocurrida a finales de 1998.

En octubre de ese año el entonces ministro de Defensa, Rodrigo Lloreda, y los generales Fernando Tapias y Rosso José Serrano llegaron a Washington para participar en un seminario sobre tráfico de drogas y lavado de activos. En el aeropuerto fueron recibidos por una pequeña delegación del Ejército de Estados Unidos, en la cual sobresalía un hombre que desbordaba simpatía y reverencia hacia los invitados colombianos. Era alto, fornido y vestía impecablemente su uniforme verde oliva repleto de condecoraciones. La más importante de ellas, un pequeño escudo en oro, que lo identificaba como miembro de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Ese hombre de sonrisa amplia y palabra fácil, que trataba con gran cordialidad y aprecio a los generales Tapias y Serrano, era el coronel Hiett.

“La reunión tenía como fin el de trazar una serie de estrategias para tratar de controlar la producción de cocaína y de heroína que por ese entonces se había disparado en las selvas de Colombia. Era una reunión altamente confidencial pues se analizaron y se diseñaron una serie de planes para programar operativos que les permitiera a las autoridades colombianas, en asocio con las autoridades norteamericanas frenar el envío de droga hacia Estados Unidos. Todos los participantes hacían parte de un selecto grupo que desde hacía varios años trabajaba en coordinación para planificar esas operaciones. De ese grupo hacía parte el coronel Hiett por ser el agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Colombia”, señaló el general Rosso José Serrano.

Durante el tiempo que permaneció la misión colombiana en Washington a Hiett poco o nada le importó su rango de coronel. En las mismas instalaciones del aeropuerto se ofreció como conductor de la delegación y desde ese momento fue el guía y escolta del ministro Lloreda y los generales Tapias y Serrano. “Nos sorprendieron su amabilidad y sus atenciones. Durante los cuatro días que estuvimos en Washington el coronel Hiett se convirtió en una especie de guía, conductor y maletero, sin importarle su grado como coronel del Ejército y agregado militar en Colombia”, señaló a SEMANA el comandante general del Ejército, general Fernando Tapias.



Hoja de vida brillante

El coronel Hiett procedía del Comando Sur, localizado en Ciudad de Panamá. Su hoja de vida es la de un brillante soldado del Ejército de Estados Unidos, condecorado en varias oportunidades por sus operaciones como miembro de las Fuerzas Especiales. Pero el coronel Hiett más que ser un soldado tropero era considerado dentro de sus compañeros como un hombre brillante, experto en análisis de conflictos y uno de los más conocedores de estrategia militar. Quienes lo conocen de cerca afirman que siempre se supo ganar el respeto de sus superiores y logró abrirse paso no sólo por su desbordante simpatía sino por ser un hombre inteligente y sagaz.

Esa misma fórmula la aplicó cuando llegó a Colombia. Uno de los oficiales que más lo conoció en el país fue el coronel Leonardo Gallego, ex director de la Policía Antinarcóticos. “A pesar de su rango y de su cargo como agregado militar en la embajada norteamericana el coronel Hiett siempre fue un hombre muy alegre, al que muy poco le gustaba el protocolo y siempre estaba dispuesto a colaborar en la lucha antinarcóticos”.

Lentamente comenzó a ganarse la confianza de Gallego y sus hombres. Lo hizo con demostraciones de aprecio. En varias oportunidades, cuando la Policía Antinarcóticos sufrió bajas en las operaciones de erradicación de cultivos, el primero en llegar a las honras fúnebres para expresar su condolencia era el coronel Hiett. “Se hizo amigo de los pilotos, de los policías que se metían a la selva a tumbar la coca y la amapola a punta de machete. A él le gustaba que lo invitáramos a los operativos. Nos acompañaba en las selvas y siempre tenía una voz de aliento para el trabajo que estábamos adelantando”, agregó el coronel Gallego.

Pero el coronel Hiett no sólo asistía a los operativos de erradicación. Casi siempre se hacía presente en las reuniones en las que la Policía Antinarcóticos diseñaba sus planes para combatir a las organizaciones del narcotráfico. “El coronel Hiett asistió a reuniones muy delicadas, en las que se programaron operaciones de mucha reserva”, señaló el general Rosso José Serrano.

Esa misma estrategia de ganarse amigos en los círculos más cerrados y confidenciales la aplicó con el Ejército. Dentro de sus funciones como agregado militar el coronel Hiett tenía la misión de prestar asistencia para el entrenamiento de los soldados colombianos y abrir puentes en Washington para la ayuda en equipos y material para las Fuerzas Armadas. “Cada vez que requerimos su colaboración siempre estuvo dispuesto. Nos escuchaba con atención y todas nuestras sugerencias las transmitía de manera diligente a Washington”, indicó el general Tapias.

En el plano social el coronel Hiett era un gran anfitrión. “En las reuniones que programaba en su casa invitaba a personalidades de la vida nacional que sabía mezclar y presentar con la oficialidad del Ejército y la Policía. Su simpatía la compartía con su esposa, Laurie, quien era una mujer muy extrovertida y que gozaba plenamente de esas reuniones sociales”, agregó un oficial que pidió reserva de su nombre.

Para quienes conocieron de cerca a los esposos Hiett las angustias del coronel se originaban precisamente en la personalidad de su esposa Laurie Anne Hiett, una mujer de 35 años, con una vida social muy activa. Frecuentaba los mejores restaurantes, las boutiques más exclusivas de Bogotá y asistía rigurosamente a cocteles y fiestas privadas. “Sus diferencias con el coronel Hiett se originaban en el hecho de que a ella le gustaba mucho el licor y por lo general en las reuniones se pasaba de tragos”, señaló una amiga de la familia Hiett, quien pidió reserva de su nombre.

En esas fiestas y cocteles en los que la señora Hiett se pasaba de copas, quien estaba cerca para auxiliarla era el conductor de la familia: Jorge Alfonso Ayala, un hombre que llevaba más de 13 años trabajando en la embajada de Estados Unidos. Sobre Ayala muy pocas cosas se conocen de su vida personal. Algunos lo describen como una persona reservada, de pocas palabras, pero muy deferente con la señora Hiett. “Era como un perro guardián. Discreto pero siempre alerta”, dijo una persona que lo conoce desde hace varios años pero quien pidió no revelar su identidad.



La valija diplomatica

Hasta ese momento la vida del coronel Hiett en Colombia se desarrollaba sin ningún contratiempo. El alto oficial cumplía a la perfección su papel de agregado militar. Acucioso con las Fuerzas Armadas y la Policía y deferente en su trato social, lo que le reportaba importantes dividendos en su trabajo en el país. Esa combinación le permitió tener información de primera mano en dos o tres campos importantes. En la lucha antidrogas conocía como la palma de su mano el trabajo que desarrollaba la Policía Nacional. Igual ocurría con la labor desempeñada por el Ejército en la lucha contra la subversión. Y en el plano político manejaba todos los hilos a través de las amistades que había logrado forjar con congresistas, magistrados de las altas cortes y funcionarios del gobierno.

El esquema de trabajo que había montado rendía sus frutos y eso le permitió mantener informados a sus superiores de los acontecimientos en Colombia. Para Hiett esa era su principal tarea. Un oficial que aspiraba a llegar muy lejos en su carrera, había optado por jugarse su futuro en un país convulsionado por el narcotráfico y la guerrilla. Su hoja de vida se alimentaría con el paso por un país en pie de guerra.

Pero sus planes se fueron a tierra a mediados del año pasado cuando el juez Roanne Mann, de la Corte Federal de Brooklyn, en Nueva York, comenzó a indagar si se había utilizado indebidamente el servicio de correos —valija diplomática— de la embajada de Estados Unidos en Colombia para transportar cocaína a dicho país, con la participación de Laurie Anne Hiett. La noticia, que fue revelada por el irreverente diario The Village Voice de Manhattan, le dio la vuelta al mundo en menos de 24 horas.

El 17 de noviembre de 1999 el juez Mann radicó la acusación bajo el número 99-cr-1055. El juez le imputaba a la señora Hiett los delitos de concierto para distribuir e importar heroína y cocaína. También se abrieron seis cargos sobre importación a Estados Unidos de una sustancia controlada. De acuerdo con la investigación adelantada por la Corte, la droga habría sido enviada en paquetes a través de un servicio de uso exclusivo para empleados de la embajada y familiares. El proceso penal no sólo implicaba a la esposa del coronel James Hiett sino al conductor de la familia, Jorge Alfonso Ayala, y a Hernán Archila, un colombiano residente en Nueva York, a cuya casa llegaban los envíos de la señora Hiett.

Ante la gravedad de lo que estaba ocurriendo los funcionarios de la embajada de Estados Unidos decidieron investigar también al coronel Hiett para establecer qué grado de responsabilidad tenía en este asunto. El coronel fue eximido de toda culpa, pero para tratar de evitar que el escándalo creciera fue trasladado a una guarnición en Estados Unidos: el fuerte Monroe, en el estado de Virginia, donde ha permanecido desde entonces.

Con el mercurio de la opinión un poco más bajo Laurie Hiett se declaró culpable el 27 de enero pasado de enviar droga de Colombia a Estados Unidos por un valor cercano a los 700.000 dólares, pero aseguró que había mantenido a su marido al margen de sus actividades delictivas. La Corte le fijó una fianza de 150.000 dólares y en este momento la señora Hiett se encuentra en libertad.

Muy distinta, en cambio, ha sido la suerte de los dos colombianos implicados en el problema. En medio de la investigación la embajada de Estados Unidos en Colombia decidió cancelar el contrato de Jorge Alfonso Ayala, quien se había desempeñado por más de 13 años como conductor de los agregados militares en Colombia. Ayala fue capturado por el DAS el pasado 16 de febrero. El viernes de la semana pasada el gobierno de Washington solicitó a la Cancillería colombiana la extradición de Ayala para afrontar cargos por conspiración de narcotráfico. De hacerse efectiva la extradición, a Ayala le esperan muchos años de prisión en Estados Unidos. Hernán Archila, por su parte, fue capturado en Nueva York y acusado de conspiración para la importación ilegal de drogas. En su caso no se aplicó la fianza (ver recuadro).



Todos en la cama

El caso de los Hiett es una muestra clara de la doble moral que manejan los norteamericanos en el caso del narcotráfico. Cuando algún colombiano es capturado por participar —en condición de traficante o de lavador— en una actividad relacionada con el tráfico de drogas el peso de la ley es implacable. Son miles las historias de ‘mulas’ colombianas que se están pudriendo en una cárcel de Estados Unidos por introducir a ese país pequeñas cantidades de alcaloides. Cuando los implicados son de origen norteamericano, en cambio, se les buscan todos los esguinces a la ley, como ha sucedido con los Hiett.

Y no es la primera vez que eso sucede. A finales de los años 80 fue muy famoso el caso de un agente de la DEA en Bogotá, Michael Aldrigde, que en plena guerra contra el cartel de Medellín importó un automóvil a Colombia que terminó en manos de un primo de Pablo Escobar. El negocio se descubrió porque años después el narcotraficante Gabriel Taboada reconoció a Aldrigde en la sala de visitas de una cárcel y confesó que él le había comprado el cupo del carro para Gustavo Gaviria, el primo de Escobar. El diario The Miami Herald confirmó los datos suministrados por Taboada pero Aldrigde fue absuelto por la oficina de investigaciones internas de la DEA. Taboada —que había sido uno de los testigos estrella del gobierno de Estados Unidos en el juicio contra Manuel Antonio Noriega— fue tildado de mentiroso por los mismos investigadores y el caso quedó cerrado para siempre.

Y la discriminación se aplica a todos los niveles. El gobierno de Estados Unidos tiene una larga lista de negocios del cartel de Cali y de personas sospechosas de pertenecer a esa organización. Cualquiera que haga negocios con esas personas y empresas queda sujeto a sanciones. La lista aparece en la página de Internet del Departamento del Tesoro. Si se aplicara estrictamente serían muchas las empresas de Estados Unidos y de Europa que estarían sancionadas.

No se trata, por supuesto, de que no se castigue a los culpables. El narcotráfico es una actividad ilegal y las personas que se dediquen a él deben recibir todo el peso de la ley. Se trata es de que haya reciprocidad en el tratamiento. Si el consenso cada día mayor es que se trata de un delito de responsabilidad compartida entre los países productores y los consumidores, no tiene porqué haber discriminación en el castigo. Y discriminación es lo que se ve, claramente, en el caso del coronel Hiett. Habrá que esperar a ver qué dice la Corte.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.