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| 3/31/1997 12:00:00 AM

VERGUENZA

Lo único que tiene más cansados a los colombianos que el proceso 8.000, es el de la certificación.

Muchas cosas se pueden escribir sobre la descertificación. La primera, la que todo el mundo sabe, que el descertificado fue Ernesto Samper y no Colombia. Pero de esta verdad simplista se desprenden muchos hechos que no son tan evidentes. En primer lugar, que si el Presidente de Colombia hubiera sido cualquierpersona diferente de Ernesto Samper los resultados de la lucha contra el narcotráfico hubieran sido menos buenos. El actual Presidente, para no caerse después de la revelación del ingreso de dineros del narcotráfico a su campaña, ha tenido que dedicarle todas sus energías a demostrar que si bien los narcodineros entraron, no lo compraron. Como su honra estaba de por medio, no era posible que la causa tuviera una prioridad mayor. Por lo general, en Colombia todos los gobiernos han combatido el narcoterrorismo pero no el narcotráfico. Este último sólo ha sido la obsesión de dos personas: de Rodrigo Lara, quien pagó con su vida el intento de limpiar una afrenta contra su honra, y de Ernesto Samper, quien también ha librado esta batalla asumiendo cualquier consecuencia. Esta lucha personal del Presidente le ha costado al pueblo colombiano su dignidad. Pocas veces una Nación soberana había sido tan humillada una y otra vez como lo fue Colombia el año pasado. La comparación con un niño nervioso presentándose a un examen con miedo a rajarse, es ya un lugar común, pero no por esto deja de ser una vergüenza. Colombia hizo todo lo posible para pasar ese examen. Si las cifras no cuadran no es por falta de voluntad. Es simplemente porque la dimensión del problema se salió ya de las manos de sus protagonistas. Todo esto sucedió solamente porque la acusación central contra el Presidente, la de recibir dineros masivos del narcotráfico a la campaña, era real. Sin meterse en la discusión sobre si el primer mandatario sabía o no, el hecho es que sucedió. Y esta circunstancia ha convertido a Ernesto Samper en el Presidente más débil en la historia contemporánea. Si la acusación fuera falsa, cualquier gobierno digno hubiera tenido la obligación de declarar persona non grata al embajador e inclusive romper relaciones con Estados Unidos. Pero como no es ficticia se ha traducido en una espada de Damocles sobre la cabeza de Ernesto Samper. El mecanismo de certificación se aplicó todos los años durante los gobiernos de Virgilio Barco y César Gaviria sin que los colombianos siquiera supieran que existía. No fue sino hasta el escándalo de Ernesto Samper que los norteamericanos pudieron sacarle jugo al máximo con la amenaza real de sanciones. Esto le ha permitido a Estados Unidos un control intervencionista sobre la política colombiana que le ha dejado muy buenos dividendos. Fuera del punto de la extradición, casi todas sus exigencias se cumplieron. Como consecuencia de la descertificación del viernes pasado, es muy probable que dentro de poco tiempo se cumpla también con esta última exigencia. Todo esto demuestra que los Estados Unidos hicieron moñona con Colombia. Pero la arbitrariedad de los criterios de aplicación de la ley está comenzando a generar un malestar serio, no solo en el continente sino en algunos sectores de la prensa norteamericana. México no podía ser descertificado, independientemente de cuáles fueran sus resultados en la lucha contra la droga. Los nexos políticos, comerciales y los problemas migratorios entre los dos países eran demasiado importantes para que una descertificación fuera posible. Colombia no podía ser certificada independientemente de cuál fuera su resultado. Mientras Ernesto Samper esté en el poder y no haya extradición, esto es un imposible.
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