Viernes, 19 de diciembre de 2014

| 2013/03/31 00:00

¿Víctima o victimario? Otra cara del conflicto en Colombia

Marta, una niña secuestrada por las FARC y que hoy tiene 27 años, narra el episodio más difícil de su vida. Parte II.

Esta fotografía fue tomada en Los Pozos, Caquetá, en el 2002, pero la niña que allí aparece no es Marta. Foto: León Darío Peláez / SEMANA

En mi blog anterior comencé a compartir con mis lectores el testimonio de Marta, quien por más de once años estuvo en la guerrilla de las FARC. Cuando apenas era una niña de 11 años fue raptada de manera violenta por este grupo criminal, para engrosar las filas con más de 350 personas como ella, bajo el pretexto de que eran los aportes que deberían dar las familias para apoyar a la revolución. (Lea la primera parte)

Esta degradación del conflicto ha causado un daño muy grande. A personas como Marta se les privó de la niñez y de su juventud, se les lavó el cerebro y se les enseñó a matar. Son miles de familias que perdieron sus hijos de esta manera y su efecto es irreparable. Pero igualmente grave es el atropello al que han sido sometidas miles de mujeres, quienes como Marta, han visto pisoteada su dignidad. Este es uno de los temas más difíciles, sobre el que, al igual que los paramilitares, las FARC van a tener que pedir perdón a la sociedad colombiana.

Así continúa el relato de Marta...

"El proceso de adoctrinamiento en la guerrilla es muy duro. Usan películas como Voces inocentes para grabar en la mente de los niños que un soldado es su enemigo. Por esta razón, cuando a uno lo envían al combate, lo hacen con una sonrisa, como si todos nos fuéramos a un juego de párvulos. Pero muy pronto aprendí cuál era la diferencia: en este juego uno podía realmente perder su vida".

"Hubo un episodio que me tocó vivir a los pocos meses de llegada y que no puedo olvidar. Un día nos enviaron a una misión en la que nos vimos atacados por 13 helicópteros y tres aviones Kafir de la FAC. Usted no se imagina lo que es correr perseguido por las balas. Ese día comprendí que el tema era en serio y que en este juego, repito, nos estábamos exponiendo a perder la vida".

"Estar mirando en un minuto a su compañero, a los ojos llenos de terror, y al minuto siguiente, verlo tirado muerto por una explosión, o un disparo, es una experiencia que no se puede olvidar y lo marca a uno para siempre. Por esta razón,  ese día lo llevo gravado en mi memoria. Tampoco puedo olvidar, que en ese combate, murieron 15 de mis compañeros con edades similares a la mía".

"Para conocer como son las FARC, después de once años de haber vivido en ellas, se necesita pasar por experiencias muy dolorosas. Una vez se corrió la voz de que en una cooperativa cercana había delatores que estaban con el Ejército. Me llevaron con un grupo a realizar una acción ejemplarizante. Teníamos la información de que los niños y los jóvenes de la zona eran colaboradores, y por lo tanto, ellos tenían que pagar por haber ayudado al enemigo".

"El resultado fue aterrador: 150 personas pagaron con sus vidas, la mayoría de ellos eran personas de mi edad. Lo más impresionante es que esta matanza atroz no se conoció en el país. Yo me pregunto: ¿cuántas miles de personas como ellos han desaparecido, y de los cuales no se volvió a saber? ¿Dónde estaban los medios de comunicación y el Estado? Me acuerdo que por experiencias como estas, cuando yo ya tenía trece años, le pedía a mi Dios que me muriera".

"Pero las FARC, al igual que los paramilitares, sabían que estas acciones tenían un propósito: infundir terror. Y es que mediante estos métodos violentos se doblega a la población, se compra su obediencia y su silencio. Por esta razón, los campesinos de la zona donde yo estaba vivían en estado de permanente inseguridad".

"Sobrevivir en este ambiente requiere que uno use la astucia rápidamente. Por esta razón, entendí que la manera de sobresalir era aprendiendo sobre las FARC".

"Comencé a leer mucho sobre ellas: el reglamento de las FARC, los diez puntos de la plataforma, etc. Quería saber de dónde venían y para dónde iban. Por esta razón, me gané la confianza de mis superiores y  logré que me metieran a ser locutora en Voz de la resistencia. Aprendí a comunicar, porque tenía un espacio cultural en el que se buscaba que las tropas aprendieran de personajes históricos de Cuba, Venezuela, y en general, todo lo que tenía relación con la revolución".

"La rutina en los campamentos era siempre la misma. La hora de levantarse era a las 4:45 a. m., se recogían las pertenencias y se formaba a las 5:00 a. m. A las 5:30 a. m. se tomaba tinto y después se hacía ejercicio. Más adelante se leía el orden del día: hacer la rancha, corte de leña, etc. Después venía el almuerzo, y por la tarde a las mujeres nos  hacían quitar la ropa para llevarnos a la arena ardiente por el sol, para arrastrarnos por el suelo. De estos ejercicios siempre salíamos heridas hasta que al final uno aprendía a insensibilizarse y aceptar. Los domingos, desde las 7:00 a. m. a las 8:00 a. m., era la única hora en la semana cuando nos permitían alguna diversión".

"Hay algo que siempre me llamaba la atención. Cuando alguien desertaba, las FARC enviaban a los campesinos, a quienes ya tenían concientizados, a buscar al prófugo para luego someterlo a un consejo de guerra, y posteriormente lo llevaban a su ejecución".

"En el sur de Bolívar hay un sitio que se llama Puente de Piedra. En esa zona las FARC tenían un criadero de caimanes. Era el lugar ideal para deshacerse de sus enemigos o de los traidores a su causa. Los botaban al agua para que estos animales se encargaran de ellos sin dejar trazo alguno".

"Otra cosa que sorprende es que muchos son los niños que los propios campesinos entregan a las FARC porque no quieren asumir la responsabilidad de su formación. Recuerdo uno de estos casos... Era un niño que tenía escasos ocho años. Cuando conversaba con él me confesaba su odio a la guerrilla, y me decía que cuando tuviera la oportunidad iba a regresar con una motosierra para acabar con todos. Años después, formó parte de los grupos paramilitares que combatían en la zona del sur de Bolívar".

"Ahora que se habla del tema de tierras en el proceso de paz, les cuento que las FARC si tenían fincas en la zona donde yo estaba. En ellas se sembraba coca y alimentos. Las FARC se aprovechan de que los campesinos no pueden comercializar, y por ello, se dedican a los cultivos ilegales. Lo primero les da mucho dinero. Lo segundo, es una medida preventiva para garantizar que el Ejército no los vaya a dejar cortados de aprovisionamiento para mantener las tropas".

"Estando en la guerrilla, alguien me llevó el mensaje de que mi hermano, quien era discapacitado, había muerto. Un grupo de paramilitares lo habían querido obligar a dejar a mi mamá y a mis hijos. Él se negó, lo golpearon y le metieron tres tiros, después lo botaron en nuestra casa, enfrente de todos. Fue mucha la rabia que me dio".

"A pesar de la violencia a la que fui sometida, y al odio que sentía por los hombres, tuve un amigo que me consentía y me prestaba de vez en cuando su hombro para llorar. Yo me enamoré de él. Los dos habíamos sido compañeros en la escuela y nos acercamos mucho, él posteriormente logró desertar. Me lo encontré más tarde, cuando yo ya había logrado salirme de las FARC. Para ese entonces, nuestra relación se había terminado, pero yo aún le guardo un gran cariño porque fue la única persona que cuidó de mí".

"La desigualdad entre los cabecillas y la tropa es muy notoria. Mientras a nosotros nos ponían a comer yuca por semanas, a ellos les daban buena comida todos los días. Como ya saben, los jefes grandes estaban al otro lado de la frontera con Venezuela o Ecuador. Allá llevaban una vida de reyes mientras uno exponía su vida todos los días. Esto genera mucho resentimiento en la base".

"La vida en las FARC es muy dura y a uno lo someten a muchísimos abusos y humillaciones. Por esta razón, yo estoy segura de que si a uno le dan la oportunidad de escoger entre ir a trillar monte, o regresar a su familias, sin pensarlo dos veces, mis excompañeros dejarían las armas para escoger la segunda opción".

"Una vida tan difícil lo hace a uno madurar como mujer a pesar de ser todavía una niña. Uno se endurece y se aprende a defender. Por esa razón, cuando tenía 22 años, y ya con mando, un día me fui a un caño a lavarme el cuerpo. Uno de los jefes se acercó, y creyendo que yo no lo había oído, trató de nuevo de abusar de mí. Yo tenía mi pistola a la mano, debajo de mi ropa, cuando este hombre me atacó, yo saqué el arma y le di un balazo en una pierna. Él sabía que su acto le podía acarrear problemas y trató de guardar silencio con relación al episodio. Sin embargo,  después del incidente, tomé la decisión de volarme inmediatamente porque sabía que no iba a salir viva de un cuarto consejo de guerra".

"Por la noche, estando de guardia, convencí a un muchachito de 13 años , para que nos escapáramos. Cogimos municiones, alimentos y un dinero, y emprendimos nuestra marcha en plena oscuridad. Por estar muy nerviosa, me equivoqué muchas veces de camino, a pesar de que yo conocía muy bien la zona. Como lo había previsto, mandaron gente a buscarnos, e inclusive me tocó enfrentar a tiros a una cuadrilla que casi nos alcanza".

"Finalmente, después de habernos llevado una chalupa y habernos escondido en la rivera de un afluente del Magdalena, logramos evadir el cerco y llegar a un punto donde nos recibieron unos paramilitares. Corrimos durante muchos días para recobrar la libertad. Al principio pensamos que nos iban a matar, pero nos felicitaron por la determinación de desertar".

"Después de unos meses, tomé la decisión de entregarme al Ejército con quien había sido mi compañero sentimental. No pude regresar a mi ciudad de origen porque sabía que allí me mandarían a matar. Cuando deserté de las FARC, mi madre murió a los pocos días después de que yo la volví a encontrar. Al principio no me reconoció, pero en la última semana antes de morir,  recobró de nuevo sus facultades mentales y esa fue la última  imagen que conservo de ella".

" Con las FARC perdí mi niñez, mi juventud, mi hermano y a mi mamá. Durante once años, sólo un día el Estado trató de rescatarme. Llegaron muy cerca de donde estábamos, con más de 350 niños secuestrados, pero faltando metros para llegar, desistieron en el último momento".

"Yo podría odiar a todos por lo que me pasó. Sin embargo, hoy he pasado la página de ese capítulo de mi vida y estoy ayudando a ese mismo Estado que se olvidó de mí. Es necesario que este pueda corregir su camino de manera que, a otros niños y jóvenes como yo, nunca más les toque vivir una experiencia similar a la mía".

"Hoy puedo decir sin dolor que, esos once años tan duros, me hicieron ver la vida diferente. Yo hubiera podido salir, y convertirme en una sicaria dura, ya que me había formado para ser parte del cuerpo de Fuerzas Especiales de las FARC. El rencor de esa experiencia y el entrenamiento que tuve daban para que yo siguiera por ese camino. Sin embargo, yo tenía dos hijos por los cuales luchar y hoy me siento orgullosa de haber logrado no caer en la ruta equivocada, que había sido la de menor esfuerzo. No es fácil haber resistido esa tentación y por eso me siento muy orgullosa"

La sociedad colombiana no ha aprendido a perdonar. A una desmovilizada, como es mi caso, se le ve con mucha sospecha, e inclusive, con mucho miedo. Se parte de la premisa de que uno no puede cambiar. Pero hoy me siento bien al demostrar que, teniendo la fuerza y la voluntad, sí pude superar la pesadilla que fue mi vida pasada".

"¿Qué aprendí?...Bueno, después de haber llevado una vida como la que he compartido, muchas son las lecciones que uno se lleva. Aprendí a superar la rabia que me invadió por muchos años. Pero tal vez lo más relevante fue darle mucha importancia a lo que uno tiene. También, aprendí que no se debe juzgar o señalar, lo importante es aportar, creer y  soñar".

"Igualmente aprendí a hacerme muchas preguntas muy críticas sobre todo el proceso".

"Le cuento que conociendo a las FARC por dentro, no creo en la negociación de paz en la Habana, pero también rechazo el reclutamiento forzado de menores, como fue mi caso. Sin embargo, me pregunto: ¿cuántos más niños y jóvenes tienen que morir para tener la paz en Colombia? Comprendo que el éxito del proceso se logrará sólo si las partes entienden que en la negociación siempre habrá algo que sacrificar".

Otra pregunta que me surge: ¿Cómo confiar en un Estado que también ha sido cómplice de la violencia?¿Dónde estuvo el Estado cuando me secuestraron? ¿Qué estoy haciendo yo para ser parte de la solución?Como respuesta a esa última pregunta, estoy ayudando al Estado a comprender lo que está pasando desde la perspectiva de quien vivió y padeció a las FARC desde sus entrañas. Hoy creo en el Estado que me falló cuando era pequeña... No hay otra opción si queremos salir de esta vorágine en la que hemos estado tantos años".

Y para terminar este testimonio, Marta nos regaló una reflexión final: "El cambio lo hacemos si lo decidimos, tenemos que llegar con proyectos a las comunidades y no tirando piedra, escondidos detrás de unas capuchas...".

La entrevista de El Espectador en esta semana, hecha a la holandesa, convertida en guerrillera y vocera de las FARC, me indignó por su falta de solidaridad con su género. Reconoce que hay mucho machismo en este grupo guerrillero, pero desconoce la violencia que se ejerce sobre la mujer.

También, como ya es usual en este grupo guerrillero, brilla por su ausencia, la capacidad auto crítica para reconocer las barbaries cometidas contra los niños y la población en general. No han entendido que la reconciliación pasa por pedir perdón y reconocer sus errores. El ejemplo de Sur África muestra que esta es una condición fundamental para pasar este capítulo sangriento de nuestra historia.

Un comentario final. La Agencia Nacional para la Reinserción tiene hoy en día un proceso que dura siete años, para ayudar a 33.000 desmovilizados de las FARC, el ELN y los paramilitares. Este esfuerzo muy grande del Estado vale la pena conocerlo porque va a ser crítico para lo que sigue, con o sin acuerdo en el proceso de paz.

Termino con una pregunta este segundo blog sobre un testimonio que a mí me llegó muy hondo: ¿Marta es una víctima o una victimaria? En esta sangrienta estupidez en la que hemos vivido los colombianos por tantos años, hay que aceptar que existen otras visiones del problema que tenemos que aprender a entender, para poder perdonar.

El proceso de paz en Colombia va a comenzar sólo cuando aprendamos a conjugar el verbo perdonar, y para que esto sea una realidad, se va necesitar muchísima pedagogía social. Lamentablemente, este es el gran vacío del proceso actual, el cual debe corregir el Gobierno si, al final del año, no se quiere quedar sin respaldo.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×