Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 3/25/2013 12:00:00 AM

Víctima o victimario: otra cara de la guerra

Las FARC enfilaron a Marta cuando era apenas una niña. Esta es la primera de dos entregas con su historia de vida.

"Tenía 11 años, vivía en Barrancabermeja y en esa época las muertes violentas eran el pan de cada día. Salí de la casa de mi abuelita a comprar un pan cuando unos hombres me pararon y, de manera violenta, me subieron a un camión. En ese vehículo iban otros 50 niños y niñas como yo. Nos amenazaron con matar a nuestras familias si no guardábamos silencio mientras pasábamos un retén que había montado la Armada Nacional".

De esta manera inicia el relato una mujer llamada Marta, que hoy tiene 27 años y que fue raptada por las FARC para engrosar las tropas de ese grupo guerrillero. Por más de una década, esta persona vivió un drama que estremece. Su situación es lamentablemente similar a la que han vivido miles de personas que, como ella, han tenido que sufrir el secuestro por parte de este grupo guerrillero.

Con la terminación de otra ronda de conversaciones en La Habana, quiero tomar este testimonio, como un reconocimiento a estas personas. Ellas también han sido víctimas del conflicto armado que ha padecido la sociedad colombiana por más de seis décadas de violencia y muerte sin sentido. Pero en especial, quiero resaltar el inmenso dolor y daño que le han causado a las mujeres que han sido arrastradas al centro de este desastre y que merecen reconocimiento, comprensión y solidaridad.

El siguiente relato fue construido a partir de una presentación hecha por esta valerosa mujer en una reunión. Cuando se escucha una historia como la que viene a continuación, las emociones son muy fuertes y contrapuestas. No es fácil verse en el espejo de la realidad y aceptar que llevamos demasiados años tolerando algo que  nos envilece y ante lo cual, no podemos seguir siendo indiferentes.

"Eran las 5 a.m. cuando llegamos al campamento de las FARC. No sabía dónde estaba. Un niño, de unos nueve años, con un fusil más grande que él, nos dio la bienvenida. Mi sorpresa fue grande cuando vi a más de 300 niños como yo. Nos alinearon y un comandante nos dijo que íbamos a ingresar a una guerrilla que tenía como objetivo defender al pueblo y que por esta razón debíamos sentirnos orgullosos de haber sido seleccionados.

Inmediatamente que llegamos comenzó nuestro adoctrinamiento y para mí el calvario. Tengo un recuerdo que no me abandona. A los dos o tres días de nuestra llegada al campamento, un comandante me sacó del grupo y me llevó a un cambuche para violarme, golpearme y, posteriormente, amarrarme. Allí, duré una semana. Esto marcó mi vida y desde ese momento hice el propósito de volarme a la menor oportunidad .

Lo que pasó en ese cambuche me reabrió una herida muy profunda que llevaba en mi alma: cuando tenía siete años había sido violada por un tío sin que yo pudiera hacer nada. Esa misma sensación de impotencia fue la que reviví en manos de ese comandante en la selva.

Me recuerdo que fui siempre la más rebelde dentro del grupo. En alguna oportunidad les cuestionaba a los comandantes el porqué se atrevían a quitar un hijo a una madre, y no puedo olvidar su respuesta: “todas las familias deberían dar su cuota”.

Tan pronto llegué al campamento, después de la violación, me di cuenta de que era la regla y no la excepción. A pesar de mi corta edad, comencé a comprender muy temprano cuál era la cuota que las mujeres teníamos que pagar para estar en este grupo guerrillero.

Por estas experiencias de abuso sexual aprendí a odiar a los hombres. Todos los días se veían muchos atropellos a los que nos sometían como mujeres, independientemente de nuestra edad. Quienes logramos sobrevivir es porque tuvimos que exponer nuestros cuerpos a todos los hombres del grupo y aceptar pasivamente sus abusos .

Yo tenía un sueño: tener una celebración muy especial el día que cumpliera quince años. Sin embargo, eso no sucedió y ese día lo recuerdo con horror. Un comandante abusó de mí y me maltrató de tal manera que me tomó un mes para poder volver a caminar. En esa ocasión quise quitarme la vida porque ya no aguantaba más. No lo hice, pero juré que desde ese momento nadie más volvería a abusar de mí.

A pesar de querer borrar de la memoria el momento, todavía veo la película como si fuera hoy.   El día de mi cumpleaños, un tipo llamado Marlo se emborrachó, me golpeó y quedé inconsciente. Al despertarme, vi que tenía heridas en mis piernas. El tipo se reía. Yo sabía que consumía base de coca, con la que se volvía loco. Lo más duro fue ver que mis compañeros presenciaron los hechos y no hicieron nada. Me acuerdo que yo pensaba: “te separan de la familia, te obligan a cargar una arma y a matar a otra persona. ¿Que más quieren de mí?”. Esa fue la cruz que cargué mientras estuve en las FARC. 

Ahora, que han pasado 15 años desde que me vi envuelta en esta vorágine de locos, me impresiona recordar que una violación no le acarreaba al comandante responsable ninguna sanción. Pero si un compañero se cogía un cuarto de panela sin permiso, su acción se penalizaba con la muerte. La misma pena se le daba a quien tratara de desertar.

Estoy segura de que muchos de mis compañeros que hoy quedan en las FARC darían cualquier cosa por desertar. La razón es muy sencilla. Lo que pasa es que hay muchos abusos, maltrato y crueldad. Les doy un ejemplo. Por mi capacidad de expression, me nombraron en el grupo que manejaba la emisora de las FARC en la zona. Yo asumí una actitud crítica ante los abusos de los comandantes y por esta razón fui amarrada a un árbol por tres días, expuesta a uno de los tres Concejos de Guerra a los que me sometieron por ser la más rebelde entre un grupo de rebeldes. De esa experiencia me salvé.

El peor error que uno puede cometer en las FARC es mostrar sus sentimientos o su vulnerabilidad. A quien se le percibe como una persona débil, le caen encima sin contemplación.

Para que ustedes vean a qué extremo llega uno en estas condiciones, les cuento una anécdota. A los dos años, mi mamá se enteró de que había sido secuestrada por las FARC. Después de muchos peligros, logró que la llevaran al campamento donde yo me encontraba. Cuando ella llegó, yo había sido violada el día anterior y había recibido una golpiza que me había desfigurado mi cara. Como había aprendido a ocultar mis sentimientos, me vi obligada a mentirle a mi madre sobre la situación. Sabía que si le contaba, posiblemente las dos no saldríamos vivas ese día. Me tocó inventarme un cuento para explicarle mi estado y omitir lo que me había sucedido en realidad. Aprendí que para los hombres de las FARC, la mujer es un objeto sexual que sirve para matar y para cocinar.

Cuando mi mamá se fue, mi corazón también partió con ella. En ese momento mi vida realmente cambió. Pasé de ser una niña que había jugado con las muñecas, a una mujer de 13 años que iba a la línea de fuego a matar. Lo que me impresiona hoy en día, es recordar que mis compañeros tenían una edad similar. Y quien nos disparaba del otro lado no veía en nosotros a unos niños, sino unos enemigos a los cuales tenían que exterminar.

Años después me enredé con otro comandante con quien quedé embarazada. Era mi segundo embarazo. Yo quería tener a mi hijo y por esta razón me vi enfrentada con el  padre de mi futuro bebé. Para él, mi embarazo era un problema y quería que yo abortara. La razón era que había tenido un hijo con otra mujer y el mío sobraba.  En medio de la discusión le dije:

- Cuando usted mate a su hijo, yo mato al mío.

Lo que pasó después fue que me enviaron a un sitio donde llevaban a personas en mi misma situación. En este lugar, podían realizarse más de cien abortos en un solo día. Pero yo me negué de nuevo. Ya para esa época yo tenía rango en la guerrilla y logré que el comandante del campo me diera su apoyo. Sin embargo, el que era el padre de mi hijo se las ingenió para que yo tuviera que cargar dos equipos de campaña en vez de uno, me dieran los turnos más largos de guardia, cargara bultos de iraca y otras cosas para que yo perdiera al niño. Por estos abusos me dio preeclampsia. Estuve inconsciente por casi dos semanas, logré sobrevivir y finalmente mi hijo nació bien.

Después de todo el dolor que sentí y de la lucha que tuve que dar para poder tener a mi hijo, me enteré de que habían tomado la decisión de regalarlo a unos extranjeros. Para las FARC, los hijos de las guerrilleras son un problema, eso explica el porqué tienen el sitio del aborto que les mencioné. Pero yo no dejé que lo regalaran. Hice lo mismo que con mi primera hija. Lo logré sacar con la ayuda de unos campesinos y lo envié a donde mi mamá”.

Espere este martes la segunda parte del relato de esta mujer que fue obligada a combatir con las FARC. 
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.