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| 6/9/2012 12:00:00 AM

Víctimas: el viacrucis de Cristo

El próximo jueves, un año después de la sanción de la Ley de Víctimas, el senador liberal y principal defensor de la iniciativa, Juan Fernando Cristo, lanzará el libro 'La guerra por las víctimas'. En este relata el detrás de cámaras de la Ley y revela anécdotas y episodios hasta ahora desconocidos sobre el difícil trámite del proyecto. SEMANA presenta el primer capítulo en el que recuerda, de manera muy íntima, el episodio que lo convirtió a él en una víctima más del conflicto colombiano: el asesinato de su padre, el también senador liberal Jorge Cristo.

En Cúcuta, como en cualquier otra ciudad caliente de Colombia, le rendimos un culto especial a la siesta, costumbre que se ejerce incluso con mayor disciplina en la mediterránea Grecia. Ese viernes 8 de agosto de 1997 salimos con María Cristina y Daniela, quien semanas antes había celebrado sus primeros dos años en compañía de sus abuelos, para pasar el puente del 7 de agosto, aniversario de la Batalla de Boyacá. A una hora de Atenas, en donde ya cumplíamos más de ocho meses de estadía al frente de la Embajada de Colombia en ese país, comenzamos a disfrutar el descanso sin siquiera imaginar el horror que viviríamos.

La Grecia continental, el Peloponeso griego -escenario de tantos hitos en la historia de la humanidad- me sedujo desde la llegada mucho más que las bellas islas del Egeo y el Mediterráneo. Y el paso por el Canal rumbo al puerto de Napflio, el teatro del Epidauro o la bella Olympia, resultaba mucho más interesante. Y precisamente sobre el canal quedaba un hotel maravilloso: un sitio único en el mundo. Escenario ideal para un descanso de fin de semana; para reflexionar sobre decisiones muy prontas que debía adoptar. Antes de partir de una semana de vacaciones en las islas que disfrutamos como nunca antes, mi padre, Jorge Cristo, quien completaba casi 20 años en el Congreso de la República, me expresó su cansancio y la idea de abandonar definitivamente su curul. Quería, como es costumbre en la política colombiana, que me retirara del cómodo encargo diplomático, del encanto de los rincones de Plaka, para recorrer los caminos de los pueblos nortesantandereanos en busca del voto popular. Ni más ni menos que pasar de la cuna de la democracia antigua -del ágora de Sócrates- a la realidad de la democracia criolla: a pelear voto a voto en el Norte de Santander. Aunque siempre presentí que ese sería mi destino, al llegar el momento dudé bastante y mi primera reacción a la propuesta fue una rotunda negativa. La coyuntura política en Colombia era muy dura y mi propia posición personal, a pesar de la juventud de entonces, era muy complicada como consecuencia del escándalo de la campaña de Samper y mi cercanía personal y política al presidente, quien soportaba entonces una interminable crisis, como consecuencia de la infiltración de dineros del cartel de Cali. Quedarse en Grecia hasta el final del periodo de gobierno y aplazar aspiraciones políticas para un futuro, parecía ser la decisión más razonable. Mi padre, con su generosidad sin límites que ya conocía, aceptó los argumentos con tranquilidad y regresó a Colombia resignado a asumir la recta final de la campaña regional de 1997, que prometía ser muy dura y peligrosa por las condiciones que atravesaba el país.

Aún conservo en mi memoria el instante de su despedida en el viejo aeropuerto de Atenas, cuando partió en búsqueda de su fatal destino, al que encontró en plena actividad política: su pasión en los últimos 25 años de vida. Su mano levantada en señal de adiós, su mirada triste, su nostálgica sonrisa y el ensimismamiento en su rostro. Como si en el fondo supiera que sería su último adiós. Nunca supe si para entonces tenía ya la certeza de los peligros que se cernían sobre él. Debo confesar que en mi caso, de manera absurda y miope, o tal vez por esa imagen que tenía de él como un hombre invencible, jamás los vislumbré.

Envuelto en esos pensamientos sobre el futuro de Colombia (el resultado de las elecciones regionales de octubre de ese año, la visita del entonces vicepresidente Carlos Lemos Simmonds a Atenas y la serie de masacres que azotaban al país periódicamente) pasamos la mañana de ese 8 de agosto en el Egeo, sobre el Canal de Corinto, jugando con Daniela. Hasta que llegó el momento de la siesta mediterránea. En el momento más profundo, el celular comenzó a timbrar sin parar, una y otra vez. Decidido a no suspender ese delicioso descanso me negué a contestar hasta que minutos después me venció la insistencia. Al otro lado de la línea escuché la reconocida voz que anunciaba que llamaban "del conmutador de Palacio" y advertían que me hablaría Isabelita Martínez, incomparable amiga y consejera social del presidente. Al escuchar su voz supe que algo malo había sucedido pero aún hoy al escribir estas líneas recuerdo que jamás imaginé semejante noticia. Supuse que tenía que ver con la recurrente crisis de gobierno, que día a día tenía nuevos y dolorosos episodios, que a Isabelita afectaban más que a nadie.

Mayor fue su sorpresa al constatar que yo no tenía idea de lo que sucedía a miles de kilómetros de distancia, en Cúcuta, en donde apenas despuntaba el día. De manera confusa y miedosa, con toda razón, me habló de un atentado contra mi papá pero me ocultó el desenlace del mismo. Antes de colgar, la misma voz del conmutador anunció que el presidente de la república quería hablarme y comencé a presentir lo peor. Efectivamente escuché una apagada voz de Samper quien me contó, sin muchos detalles, que cuando mi padre llegaba a su consultorio, como seguía llamándolo (él era médico cirujano de la Universidad Nacional hasta que a los 40 años decidió incursionar en la política activa), un comando bien armado, al parecer del ELN, había disparado a mansalva contra él y su conductor: la única persona que lo acompañaba. Continuó, con una mentira piadosa, contando que en ese momento intentaban salvarlo. Supe entonces, con la mente nublada y adormilada, que mi padre, mi mejor amigo, el hombre que con sus frases cortas, sus anécdotas y sus miradas me había enseñado todo en la vida, ya no me acompañaría más. Estallé en un grito de dolor y soledad en el frío y lejano piso de un hotel en el Canal de Corinto, en el que aún recuerdo el llanto sin parar de Daniela, quien no sabía qué ocurría pero se aterraba al escuchar los gritos de su padre y contemplar su cara de dolor. Vino después una odisea increíble: salir del hotel un fin de semana en Grecia y manejar hasta Atenas para buscar la manera de salir de allí hacia Colombia. Años después, el general Manuel José Bonnet, quien asumió más tarde la embajada en Grecia y pasó unos días en el mismo hotel, me contaría que el gerente preguntó por la vida de ese joven embajador al que había atendido tiempo atrás y que salió intempestivamente de su hotel ante una trágica noticia que recibió. A Bonnet le dijo que nunca había visto un rostro que reflejara tanto dolor. Nunca volví a vivir una noche como esas. Mientras recibía llamadas y fax de Colombia -la primera fue de María Isabel Rueda, buena amiga y dura opositora para ese entonces de Samper- organicé la maleta y conseguimos vuelo para salir en la madrugada. Finalmente, con la ayuda de una colombiana dueña de agencia de viajes en Atenas -siempre los compatriotas regados por el mundo se convierten en ángeles de la guarda- salimos de Atenas a Frankfurt para llegar a Bogotá la tarde del día siguiente. Esa noche no dormí y después en el avión rumbo a Bogotá cerré los ojos por pocos minutos y al despertar sentí que todo había sido un sueño y que mi papá todavía estaba con nosotros.

Jamás olvidaré que al sobrevolar Cúcuta en el avión de la Policía que el gobierno había dispuesto a mi llegada a Bogotá, sentí que quedaría atado a esa ciudad, a la ciudad por la que él entregó hasta su vida y en la que dejaba una huella muy grande. Supe también que su entorno sería el mío. Que su gente sería la mía. Que míos serían sus recorridos por los barrios de Cúcuta y Villa del Rosario, las veredas de Chitagá o El Carmen. Que su consultorio sería el mío y que por muchos años mi vida se parecería a la suya. Dios y el destino así lo habían decidido y no valía la pena luchar contra ese designio.

En ese momento en la avioneta comprendí que mi vida cambiaría, que ya no sería la misma, que me encontraba solo, que tendría que recorrer sus pasos. Me propuse hacerlo de tal manera que se sintiera orgulloso. Ese sería desde entonces el principal desafío de mi vida. Aun así hice tímidos intentos para evitar tomar su camino, que no fructificaron. Meses después, en una cena de despedida en la embajada en Atenas, pocos días antes de mi regreso definitivo, varios de los colegas latinoamericanos que tuvieron una gran solidaridad, no entendían cómo una persona tan joven se regresaba al mismo país, a la misma ciudad y a la misma actividad en la que habían asesinado a su papá. "Buscar la guerra", repetía preocupado un viejo y encantador embajador de Argentina, perseguido por la dictadura en su país. La única respuesta cuerda y racional que se me ocurrió para explicarlo fue: "Es inevitable. Tengo que hacerlo". En mi mente se acumulan imágenes y voces de ese fin de semana en Cúcuta. En menos de 24 horas pasé de la tranquilidad familiar en un lejano lugar del Egeo, a la dura realidad de la violencia colombiana que ahora sentía en carne propia y de qué manera. La llegada a la funeraria, la gente apretujada para saludar y yo desesperado buscando a mi papá: al único que quería ver. A mi papá en el ataúd. Su rostro sereno, elegante como siempre. No me quería despegar de él hasta que mi mamá me abrazó y vi en ella el reflejo de la angustia, su dolor, su incredulidad. Y a mi hermano Andrés, entonces con apenas 26 años, sentado en un rincón, pasmado, asimilando aún la partida de quien, al igual que en mi caso, se había convertido en su mejor amigo. Las horas siguientes fueron frenéticas. Llegó el presidente con parte de su gabinete y todavía recuerdo que mi hermano no quería ni saludarlo. Injustamente lo responsabilizaba, en parte, por lo sucedido, pues algunas versiones señalaban que el ELN había querido provocar conmoción en el gobierno y el país, atentando contra un amigo cercano de Samper y él, tal vez, era el menos protegido. Blanco fácil.

En la noche escribí el discurso del día siguiente. Discurso que pronuncié en la Catedral y durante el cual no pude contener las lágrimas. Allí recorrimos con su féretro la avenida Quinta de Cúcuta hasta el frente del Parque Santander, escenario de los grandes momentos de su vida política, desde el que en tantas ocasiones se dirigió a miles de liberales de su ciudad, enfundado en su camiseta roja y al calor de entusiastas gritos de 'viva' a su partido del alma. Ahora esos mismos miles caminaban silenciosos tras él en su despedida. Los discursos de Horacio Serpa y Carlos Holmes Trujillo fueron emocionantes, pero siempre me quedó en el corazón la tristeza por la ausencia de Samper ese día, en la despedida de quien fuera uno de sus amigos más leales.

Cuando escuché las palabras de Horacio no pude dejar de recordar la conversación con mi padre en la isla de Míkonos, sólo un par de meses antes, cuando me dijo con certeza, al analizar las cercanas elecciones presidenciales para las que él, Serpa, punteaba en todas las encuestas, que no ganaría la Presidencia, que se armaría una gran coalición en su contra disfrazada como cruzada moral contra Samper y que en el fondo no era sino la decisión del establecimiento colombiano que jamás permitiría que un hombre realmente de izquierda como Serpa llegara a ser presidente. Tuvo toda la razón.

El que fue el mejor amigo de Serpa en el Congreso, su compañero de pupitre en la Cámara, su más fiel escudero, estaba convencido de esa realidad y la aceptaba sin vacilaciones, a pesar de que lucharía por su candidatura con todas sus fuerzas. Él, que había militado en el MRL y en el grupo de amigos de la Revolución Cubana en los sesenta, 30 años después con total serenidad y escepticismo al tiempo, se resignaba a que en Colombia era imposible liderar transformaciones sociales profundas. Él mismo era ya un disciplinado y destacado dirigente del oficialismo liberal, quien en el fondo no olvidaba su esencia de hombre de izquierda, pero se había acomodado al sistema.

Tras esa oleada de emociones en Cúcuta, regresé a Bogotá para seguir a Atenas a culminar mi labor como embajador y preparar el regreso a Colombia. El presidente Samper me invitó a almorzar a la casa privada en Palacio, con mis amigos, los compañeros del kínder, como a él le gustaba llamar al grupo cercano de colaboradores de Palacio: Juan Carlos Posada, José Antonio Vargas y Juan Mesa. Fue una reunión cargada de nostalgia, tristeza y recuerdos. El presidente repitió sus conocidas anécdotas de la relación con mi papá, que no cambiaría en los siguientes años. Allí quedó claro que aspiraría al Senado en marzo siguiente y en diciembre regresaría de Atenas para iniciar la campaña. Ese día, ante su solidaridad y afecto, les dije a quienes consideraba mis más cercanos amigos que saldría adelante, pero que la vida para mí no volvería a ser la misma desde ese 8 de agosto. Y así fue. Incluso hasta mis relaciones con Dios cambiaron. Jamás pude entender cómo permitió que eso sucediera.
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