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| 12/23/2016 12:00:00 AM

La dura vida de los Samboní

La mayoría de los casi 80 caucanos que viven en el barrio Bosque Calderón trabajan en la construcción o en el servicio doméstico. Así salió del campo la familia de Yuliana, huyendo de la guerrilla y la pobreza, sin saber que iban rumbo a la tragedia.

Sentada en las mismas escaleritas donde solía jugar Yuliana, su tía Luz Velasco se hace una pregunta que hace nueve días la persigue como una pesadilla insufrible: “¿Por qué ese hombre escogió a la niña de nosotros, por qué a Yuliana?” 

Luz no menciona a Rafael Uribe, el arquitecto que ya aceptó en la Fiscalía haber secuestrado, abusado y asesinado a su sobrina. No lo nombra, pero lo evoca mientras se las arregla para hablar sin que se le salga una lágrima. “De pronto la escogió al mirarnos la pobreza, al ver que no tenemos estudio ni plata ni nada. Y pensó que nos íbamos a dejar, pero se equivocó porque somos caucanos. Y para los caucanos del campo los hijos y la familia son sagrados”.

Luz, al igual que su prima Nelly Muñoz Velasco y Juvencio Samboní, los jóvenes padres de la víctima, se vino al barrio Bosque Calderón, de Bogotá, buscando una segunda oportunidad.

Era una especie de escape a los jornales de miseria que les pagan por echar azadón en la vereda El Tambo, de Bolívar, Cauca: 7.000 pesos los patrones les daban al día por las duras tareas del campo, a las que también se les medían las mujeres. Luz y Nelly trabajaban parejo con Juvencio en cultivos de papa y cebolla.  En la casa de Nelly y Juvencio en El Tambo, donde Yuliana pasó sus primeros cinco años, vivían 15 personas. Los cuartos eran espaciosos pero sin comodidades: un solo televisor para toda la casa, paredes levantadas en barro, pisos en tierra.

Venirse a la gran ciudad también fue una forma de huir de las Farc. Hace siete años, la guerrilla torturó a Julián Andrés, hijo de Luz y primo de Yuliana. Su pecado fue haberse enamorado de la hija del rector del colegio, miliciano de la guerrilla. “Allá no dormíamos tranquilos”, dice Luz.

El primero de ese grupo de indígenas en colonizar este barrio de Bogotá pegado a los cerros, de calles sin pavimento y casas a medio hacer, fue un hermano de Juvencio llamado Édgar. Después fueron llegando más parientes, amigos y conocidos, hasta que el día menos pensado ya eran 80.

Y Bogotá solo tuvo para ofrecerles a los hombres trabajos en la construcción. Y a las mujeres empleos como aseadoras o meseras, en la mayoría de los casos. Hasta antes del asesinato de Yuliana, su mamá, Nelly; su tía Luz, y otra prima se ganaban la plata limpiando, entre las tres, 150 apartamentos desocupados de un edificio en venta.

Cuando ocurrió el crimen de Yuliana, el jefe de las tres les notificó que les quedaba debiendo la última quincena, sin mayores explicaciones. “No tuvieron compasión ni siquiera con lo que estábamos viviendo”, dice Luz, mientras Édgar infla unas bombas y acomoda unas pocas cartulinas rosadas para armarle un altar a Yuliana y rezarle la novena.  
Juvencio llegó hace cuatro años a Bogotá. Yuliana, con 3 años, se quedó en El Tambo con la mamá. Desde cuando Juvencio consiguió el primer trabajo, se propuso ahorrar pensando en comprar una casa en Cauca para algún día devolverse. De hecho, varias veces cuando regresó a su tierra se detuvo a mirar una vivienda en cemento por la que pedían 15 millones de pesos. Y hasta palabreó al dueño para que se la separara.

Aún con las dificultades, en los siete años que Yuliana alcanzó a vivir nunca aguantó hambre ni le faltó afecto. “Era una niña feliz”, insiste Luz. El año pasado, para agosto, Juvencio viajó 24 horas en bus hasta el Tambo solo para celebrarle el cumpleaños a su niña, que aún no se había venido a vivir a Bogotá. En la vereda hubo fiesta con ponqué y Coca-Cola para Yuliana y sus amiguitas.

El barrio de los invisibles

La mayoría de quienes viven en Bosque Calderón pertenecen a los estratos 1 y 2, cuenta Luis Bernal Moreno, hijo de una de las primeras pobladoras. Su mamá, Rita Moreno, de 86 años, llegó cuando tenía 16. El barrio fue tomando forma, desordenadamente, sobre los terrenos de un potentado llamado Julio Calderón Tejada. Pero ninguna de esas 550 familias tienen cómo acreditar la propiedad de la tierra. Al no estar legalizado, dice Luis, el Estado se ha lavado las manos para no invertir un solo peso en mejorar el acceso al barrio. Solo hay un colegio con primaria, donde estudiaba Yuliana. Pero no existe, por ejemplo, ni siquiera un centro de salud.

A pocos metros de Bosque Calderón está Chapinero Alto –donde vivía Rafael Uribe, el secuestrador, abusador y asesino -; y unas cuadras al Norte, Rosales, un barrio con calles pavimentadas, mobiliario urbano envidiable y edificios con apartamentos que pueden llegar a costar hasta 9.500 millones de pesos. En muy pocos kilómetros el paisaje pasa de la necesidad a la opulencia. Es un contraste tan profundo como el del blanco y el negro.

El periplo de la familia de Nelly desde Cauca hasta la urbe estuvo siempre atravesado por la tragedia. Josefina, una de sus hermanas, hace dos años se fue a probar suerte a Huila. Partió con su hijo Libio, degollado en circunstancias sin esclarecer. “Eso fue hace un año. No habíamos terminado de recuperarnos de ese golpe cuando ocurrió de Yuliana”, dice Luz.

Y entonces Josefina decidió venirse para Bogotá, a compartir cuarto con Nelly, Juvencio, Yuliana, su hermanita menor, Nicole, y tres familiares más. En la casa de Yuliana vivían ocho personas en el momento de su muerte.

Es como si adonde fuera la familia el país tuviera preparado mostrarles su lado más violento. La historia de Juvencio y Nelly, quien espera otro bebé, puede ser perfectamente la de cualquiera de los 6,9 millones de desplazados que registró el país el año pasado, según la ONU.   

Es difícil que haya algo más invisible en una ciudad de 8 millones de habitantes como Bogotá que los desplazados. La primera vez que un indígena o un campesino llega a la selva de cemento se enfrenta a un shock que pasa inadvertido.

Xilena Indachí tiene 22 años. Llegó a Bosque Calderón desde la vereda Los Milagros, de Bolívar. Era vecina de la pequeña Yuliana. Para ella lo más impresionante de la ciudad fueron los accidentes, los robos, las violaciones y las drogas. “En el campo todo es más sano. Y aquí al principio todo como que lo asombra a uno. Ver indigentes, por ejemplo, no es algo normal para nosotros”, dice, con un chocolate caliente entre las manos que le acaban de servir antes de la novena de Yuliana.

La unión de los caucanos

Pero pese a las circunstancias adversas, los caucanos de Bosque Calderón aprendieron que la única forma de sobrevivir era unirse en lo bueno y en lo malo. Cuando un paisano cumple años, suelen reunirse para bailar, reírse y tomarse unas cervezas. Y cuando los visita la tragedia, como ahora, hacen colectas, se juntan, pero sobre todo, se apoyan moralmente.

El día en que Luz, Nelly, Juvencio y Édgar se enteraron de que detrás del secuestro y el asesinato de la niña estaba un hombre de familia adinerada, se encerraron varios minutos en una habitación. No sabían qué hacer. Además de tener que asimilar la muerte de Yuliana, se vieron enfrentados a la más honda impotencia. Lo primero que se les vino a la mente fue la muerte Luis Andrés Colmenares, por los años que pasaron sin que se resolviera el caso.

Y entonces consiguieron un bus y con los vecinos y se fueron para el edificio en el que apareció muerta la niña. Una veintena de caucanos se hicieron sentir aquel lunes terrible. Gritaban y clamaban por justicia. Incluso a los policías les reclamaban: “¡Claro, como nosotros no tenemos plata con qué pagarles!” Y de inmediato sintieron la solidaridad. No solo de los vecinos de Chapinero, sino de funcionarios de la Alcaldía de Bogotá, de las autoridades y de millones de personas que se fueron enterando a través de los medios de comunicación.

Pero con el discurrir de los días, los Samboní temen que el crimen de Yuliana caiga en el olvido, que Bosque Calderón vuelva a desaparecerse del mapa como un barrio que está ahí pero que nadie ve.

Lo que viene es el duelo, reconstruir el ánimo de la familia, pues Nelly espera un nuevo hijo. Aún no se sabe si será niño o niña. El camino de la recuperación psicológica será arduo. Una de las situaciones más complejas ha sido explicarle lo sucedido a Nicole Sofía, la hermanita de Yuliana de 2 años y medio. Eran inseparables. Como cumplían años por los mismos días, se acostumbraron a compartir la misma fiesta. Nicole es demasiado despierta y locuaz para la corta edad que tiene. En medio del trance que significaron las horas previas al entierro de Yuliana, Nicole comenzó a decir: “¿El señor que se robó a Yuliana cuándo la trae?” Y Luz solo lloraba, no era capaz de contestar. “Tía, cuándo traen a Yuliana, el señor que se la llevó era de gafas. Tía, por qué bota agua por los ojos. Todos botan agua por los ojos”, decía sentada en el bus que los llevaba rumbo al sepelio. 

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