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| 11/12/2001 12:00:00 AM

Vida y obra

Antonio caballero, periodista y columnista de SEMANA, recibió el premio Simón Bolívar a vida y obra de un periodista. Este es su discurso.

Señoras y señores, amigos y enemigos:

Me cae este premio Premio Simón Bolívar como hubiera podido caerme un tiro. No lo digo porque me disguste, ni mucho menos; sino porque esto es Colombia, donde se pegan tiros con la misma naturalidad con que se dan premios. Es nuestro pan cotidiano: la borgiana lotería De Babilonia. Escribe Borges, en su famoso cuento de ese título: "Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad".

En ese país vertiginoso vivimos todos los colombianos: los que estamos aquí y los millones que hay en torno: ricos y pobres, asesinados y asesinos; y conocemos, para seguir con el texto de Borges, "lo que ignoran los griegos: la incertidumbre". Pasamos, como en su imaginaria Babilonia de la miseria a la riqueza súbita, de la riqueza al secuestro criminal, de la honra a la deshonra; y a veces un juez sin rostro (aunque todos los jueces son sin rostro, como descubrió Kafka: invisibles y ciegos) nos manda matar o nos manda premiar. A mí esta vez me tocó en suerte el premio, y el premio añadido al premio de que haya venido a entregármelo en manos la escritora Carmen Posadas. Le doy las gracias a ella, por entregármelo, y al jurado, por otorgármelo. Y sobre todo, por dármelo, le doy las gracias al azar.

Y lo creo una compensación que tal vez el azar me debía. Porque ya una vez, hace años, quise ganarme una recompensa millonaria que consideraba tan merecida como un tiro en la cabeza, pues la había ofrecido el gobierno de turno a quien diera indicios sobre los responsables de un asesinato político de los muchos que se cometen aquí. Di los indicios en una columna de prensa. Había que buscar a los culpables, sugerí, dentro de los servicios secretos del propio gobierno. Varios años después, hace unos pocos meses, la lenta maquinaria de la justicia ordinaria descubrió que yo había tenido razón: que los asesinos habían sido, en efecto, miembros de los servicios secretos. Pero no me dieron el premio ofrecido. Y tampoco el tiro que temía yo. Me parece ahora que, en una pirueta de la justicia poética, este premio Simón Bolívar viene a sustituir aquella recompensa prometida que al final no me quisieron pagar, ni me he atrevido, por no tentar en exceso al azar, a reclamar de nuevo.

Se llama ‘Premio a la vida y obra de un periodista’. Lo de "obra" parece excesivo. No porque sea corta —son muchos millares de páginas publicadas— sino porque ha sido inútil. Parodiando al Libertador Simón Bolívar, que involuntariamente le presta su nombre a este Premio, puedo concluir que "he arado en el mar". Y creo que esa es la suerte común de todas las "obras" periodísticas, incluida la del propio Bolívar, que la tuvo abundante. Pero si lo de la "obra" me parece un exceso, en cambio encuentro adecuado lo de "vida" de periodista. Eso he sido desde la adolescencia, y en casi todos los campos en que se ejerce el periodismo: locutor de radio, redactor de agencia, columnista de revista, caricaturista de periódico.

Caricaturista: ya una vez, hace bastantes años, recibí este mismo premio Simón Bolívar en la modalidad de caricatura de prensa; y este de ahora me parece una reiteración de aquel, como un premio repetido. Porque, aunque a menudo se ha pretendido descalificarme en cuanto periodista de opinión llamándome con desdén simple "caricaturista", acepto la definición con orgullo. Ese ha sido, desde los 14 años, mi primer y más constante oficio. Caricaturista en el sentido estricto: uno que hace dibujos chistosos o grotescos; y caricaturista también en un sentido más amplio: uno que, cuando describo la realidad, simplifica y exagera.

Muchas veces he dicho —quiero decir: he escrito— que este país en el que escribo y sobre el cual y para el cual escribo es inaccesible para la caricatura, porque su propia realidad es de sobra caricaturesca, tanto en lo ridículo como en lo atroz. Sigo creyendo que eso es cierto, porque pertenezco a esa clase de periodistas que escriben lo que piensan, y no sólo lo que puede servir sus intereses, y en consecuencia pueden repetir lo mismo una y otra vez a lo largo del tiempo. No es por eso, sin embargo, que me reconozco en la definición despectiva de "caricaturista" que hacen de mí los caricaturizados por mí (definición que por otra parte es también una caricatura). Me reconozco en ella no por modestia, sino, al contrario, por ambición desmedida. Creo que todo periodista es un caricaturista (bueno o malo, es otro cuento). Y creo que todo escritor es un caricaturista, sea cual sea su intención al escribir: hacer caricatura de humor, o caricatura de horror, o caricatura de solemnidad, o caricatura de propaganda, o caricatura —pues hasta con ilusión demoníaca tiene su sitio aquí— de realidad. E inclusive cuando su intención no es hacer caricatura. La hace siempre, inevitablemente, porque inevitablemente simplifica. La hacen hasta los más grandes.

Se ha dicho que en el Quijote de Cervantes caben más cosas que las que había en la España el siglo XVI. Y eso es cierto. Pero también es evidente que caben menos. Todo el Quijote es una caricatura, a veces de trazo grueso, a veces de trazo fino, en la cual, como en ciertos aguafuertes, están forzadas las tintas y difuminados los fondos. La caricatura, como toda obra de arte que pretenda ser una representación de la realidad, es un ejercicio a la vez de simplificación y de amplificación: y, por supuesto, de selección. Sólo se le pide que sea verdadera en sus propios términos, y no idéntica a la realidad que retrata. No puede abarcar el Quijote, por obvias razones de espacio todos los aspectos de la España del siglo XVI, pero ahí está toda, y más. No entran en la insondable Comedia humana de Balzac todas las particularidades de la Francia del siglo XIX: sólo las que escogió Balzac. Ni siquiera en el pretendido "espejo que va por un camino" de Stendhal, en apariencia más modesto, en realidad más voraz, cabe todo. La realidad entera no cabe en ningún espejo. Se cuenta de William Pitt el viejo que, en su vejez, emprendió la tarea de escribir su autobiografía, y que en redactar la historia de su primer año de vida se demoró dos años. De modo que renunció a seguir adelante por consideraciones aritméticas.

Digo esto de los novelistas, de los historiadores, de los biógrafos: pero también es cierto que los científicos que necesariamente están obligados a coleccionar sólo uno, cuantos datos de la realidad para intentar, no aprehenderla en su totalidad, sino comprenderla en su sentido. Es cierto de los teólogos: todos los infinitos atributos de la Divinidad no pueden caber en las elucubraciones de Santo Tomás de Aquino, con todo y que se llaman Summa. Porque, como decía Shakespeare, "hay más cosas en la tierra y en el cielo, Horacio, que las que caben en tu filosofía": nunca una filosofía podrá contenerlas todas. Vuelvo a otro texto de Borges, en el que caricaturiza, y de paso destruye, las pretensiones científicas de la cartografía, contando el caso de los cartógrafos de un imperio que consiguieron levantar el mapa del imperio tan perfecto que coincidía exactamente con el imperio, en toda su dimensión y en todos sus detalles. Con lo cual no servía para nada: ni como mapa, ni como imperio. Tal vez estoy haciendo demasiadas citas literarias. Pero se me reconocerá, espero, que son todas citas fáciles: las que conoce todo el mundo.

Defiendo la caricatura, digo, porque ayuda a entender la realidad, como ayuda a entenderla un mapa a escala. Pido además, para que ese entendimiento, no sea meramente complaciente, que la caricatura sea crítica. Por razones de temperamentopersonal, y también por razones de salud pública, me interesa poco la caricatura hagiográfica, y aún menos la publicitaria. En mi opinión la crítica siempre es sana y necesaria, aunque sea malévola, aunque sea destructiva: muchas cosas merecen ser destruidas. Y esa crítica que llaman "constructiva" es, para mí, la negación de la esencia de la crítica. La modernidad, que trae más bienes que males, empezó en Occidente cuando, en el siglo XVIII, el ejercicio de la crítica dejó de ser castigado con la pena de muerte. En Colombia no hemos llegado todavía de veras a ese estadio de la civilización, pero en esa lucha estamos. Y creo, con inmodestia, que este premio que hoy me dan, un premio a la caricatura crítica, es un paso hacia la modernidad.

Soy un crítico, pues. Lo he sido de casi todo. Crítico de toros, crítico de arte, crítico de literatura, crítico de política. Más exactamente, crítico del poder. Y más exactamente aún, crítico obstinado de eso que llaman los ingleses "el Establecimiento": con armazón de clase, ideología e intereses que constituyen el trasfondo y el motor del poder. Lo he sido con todas las contradicciones que conlleva el criticar el Establecimiento desde su propio seno en el que nací y en el que siempre he vivido. Porque, por razones de privilegio, he tenido desde muy joven la oportunidad de criticar sin contemplaciones al Establecimiento colombiano desde los medio de prensa del mismo Establecimiento (por lo cual, naturalmente, he sido muy criticado también yo). Con excepción de la revista Alternativa, que hice en los años 70 en compañía de otros miembros rebeldes del Establecimiento, de sindicalistas y de subversivos clandestinos: y del Cambio 16 de España de los primeros tiempos, que eran los tiempos del antifranquismo con Franco todavía vivo, ninguno de los medios de prensa en que he colaborado puede ser considerado crítico del Establecimiento, ni aun en el más laxo sentido del adjetivo, ‘crítico’. La BBC de Londres. La revista inglesa The Economist. La agencia de prensa France Presse. Y, en Colombia, periódicos como El Espectador y El Tiempo, y revistas como Cambio y SEMANA, y, en mi juventud, Cromos. Una vez estuve a punto, aunque tal vez ustedes no me lo quieran creer, de entrar a trabajar en la Radio Vaticana. Pero la Iglesia, que es muy vieja y muy sabia, se arrepintió, y no quiso contratarme en el último momento.

Ahora me dan este premio por haber criticado toda la vida lo que estos premios significan. Y me criticarán por recibirlo. Unos dirán: vendido. Y otros dirán: comprado. Probablemente tenía razón el surrealista Paul Nizan cuando decía, hablando de cosas parecidas: "No basta con rechazar la Legión de Honor. Además es necesario no haberla merecido".

Sin embargo, no rechazo este premio. Me parece que si el jurado ha juzgado que lo merezco, debo aceptarlo. La suma de las dos cosas, otorgamiento y aceptación, se me antoja útil en este país envenenado por la intolerancia: porque es una demostración de tolerancia. Que me den este premio a mí, tan crítico de quienes me lo conceden, y que lo acepte yo, tan criticado por quienes me lo conceden, sirve para mostrar que la salida para solventar las divergencias de interés y las discrepancias de opinión no es solamente el tiro en la cabeza de que hablaba al principio. Tal vez resulte pretencioso decirlo: pero al verme premiado por una vida entera (y lo que falta) dedicada al periodismo crítico me siento a la vez excepcional y representativo. Excepcional por haber sido tolerado, y por añadidura premiado; y representativo de tantos otros periodistas colombianos que, por haberse atrevido a criticar, han sido asesinados o forzados al exilio por la ceguera de la intolerancia.

En nombre de todos ellos, sin que esto sea abusivo, y, naturalmente, en el mío propio, le reitero las gracias al jurado que concede este premio, a la empresa de Seguros Bolívar que lo patrocina, a Ivonne Nicholls que lo organiza imperturbable en medio de las críticas, a Carmen Posadas que me lo entrega. Y, claro está, a todos ustedes, que han escuchado mis palabras, muchas gracias.
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