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| 11/12/2011 12:00:00 AM

Vidas antagónicas

Un importante periódico inglés registra la coincidencia y la paradoja que hay en la desaparición casi simultánea de Julio Mario Santo Domingo y Alfonso Cano, los dos polos opuestos de la realidad colombiana.

Curiosamente fue un diario inglés, el venerable The Times de Londres, el que registró el simbolismo de los dos fallecimientos. En el lapso de un mes murieron Julio Mario Santo Domingo y Alfonso Cano, los dos extremos de la historia contemporánea de Colombia. El primero representa el éxito en el mundo del capitalismo y el segundo, el fracaso de la utopía comunista.

The Times registra cómo Santo Domingo, en sus 87 años de vida, fue un empresario multifacético con una vida mucho más interesante que la del billonario promedio. Registra cómo al lado de sus triunfos como el zar de la cerveza, era un hombre refinado que hablaba cinco idiomas y que combinaba el mundo de los negocios con el de la cultura y la intelectualidad. Menciona su juventud bohemia con García Márquez y Alejandro Obregón en el grupo La Cueva de Barranquilla y cuenta cómo de ahí pasó a convertirse en un "verdadero conocedor de arte y literatura".

Señala que fue tal la influencia económica de Santo Domingo en el país que alcanzó a tener "un dedo en casi todos los pasteles de Colombia". Tanto que en el "zenith" de su vida su grupo representaba el 5,8 por ciento del PIB. Después de mencionar sus obras filantrópicas como el centro cultural que lleva su nombre, el obituario incluye el curioso comentario de que los colombianos estaban muy orgullosos de que a su muerte fuera más rico que Steve Jobs, el genio empresarial que cambió el mundo.

En contraste con esa vida llena de logros, el periódico relata lo que fue la de Alfonso Cano. Señala que le apostó a una insurgencia que pudo haber tenido justificación en los años sesenta pero que acabó convirtiéndose en una guerrilla "anacrónica en el siglo XXI en América Latina". El obituario llama la atención sobre el hecho de que Cano, siendo un hombre muy inteligente, de una clase media intelectual confortable económicamente (criado en el barrio Santa Bárbara en la capital), le haya dedicado 33 años de su vida a una causa perdida. El marxismo dogmático que pudo haber tenido su razón de ser antes de la caída de la Cortina de Hierro sobrevivió como un dinosaurio prehistórico sustentado por el narcoterrorismo después del colapso de la Unión Soviética, país en donde Cano pasó un tiempo en su juventud.

La explicación que The Times le da a que la guerrilla colombiana se haya convertido tal vez en la más vieja del mundo es que para muchos muchachos campesinos la posibilidad de una comida diaria, un uniforme y un fusil son la mejor opción frente a la vida de un tugurio sin oportunidades. El gran error de Cano, según el escrito, fue no habérsela jugado por la paz en el Caguán y haber engañado al país durante ese experimento. Ese juego sucio desembocó en la pérdida de credibilidad de las Farc ante el país y en los triunfos militares del gobierno de Uribe y Santos, que hoy tienen arrinconada a la guerrilla.

El doble obituario del periódico The Times ilustra las contradicciones dialécticas de la realidad colombiana. Por un lado, el hombre que simboliza el éxito en el mundo empresarial globalizado del siglo XXI, cuya muerte ha sido acompañada de múltiples reconocimientos y homenajes. Por otro, el que le dedicó su vida entera a combatir ese sistema a través de las armas, que acabó siendo dado de baja en una madriguera, en medio del júbilo nacional por su desaparición.
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