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| 11/19/2016 12:00:00 AM

Cese al fuego: ¿Se romperá la pita?

Esta semana se conocieron los dos primeros y graves incidentes contra miembros de las Farc. Hay serias razones para temer por la fragilidad de la situación militar en el terreno.

Si algo ha salvado del naufragio al proceso de paz, en medio del limbo en el que está el acuerdo firmado entre el gobierno y las Farc, ha sido el haber mantenido el cese del fuego y de hostilidades a toda costa. Aunque las partes habían advertido que este era frágil, hasta ahora no se habían presentado incidentes armados, y el país había completado 131 días sin heridos, muertos ni provocaciones entre las Fuerzas Armadas y las Farc.

Por el contrario, ha sido sorprendente la confianza lograda entre militares y guerrilleros en todas las regiones. Esta ha garantizado el desplazamiento de los insurgentes hacia las 33 zonas de preagrupamiento donde esperarán que se resuelva la crisis política desatada por el resultado del plebiscito. Sin embargo, el cese es débil, dada la incertidumbre sobre la implementación del acuerdo. Los temores sobre esta vulnerabilidad se confirmaron la semana pasada con los primeros incidentes que constituyen una violación de lo acordado.

El primero es, al parecer, una violación del cese del fuego ocurrida en Mina Golfo, municipio de Santa Rosa, sur de Bolívar. Según el Ejército, tres guerrilleros de las Farc, uniformados y con armas cortas, estaban extorsionando a unos pobladores cuando las tropas los atacaron pensando que eran del ELN. La guerrilla tiene una versión opuesta. Dice que Mónica y Joaco, que resultaron muertos, así como un tercer combatiente que está en poder del Ejército, se estaban movilizando hacia una zona de preconcentración. Las Farc han solicitado un estudio forense que determine las circunstancias de estas muertes, pues les resulta increíble que sus hombres se hubiesen enfrentado con armas cortas a un cuerpo elite del Ejército.

El segundo episodio es igualmente grave. Un guerrillero conocido como Don Y fue asesinado en Tumaco, Nariño. Versiones de los pobladores dicen que las Farc lo citaron para conversar y lo fusilaron en el acto dado que se había declarado en disidencia. Esto sería una violación al cese de hostilidades. Los guerrilleros han dicho extraoficialmente que solo estaban conversando cuando la charla devino en un enfrentamiento armado. No obstante, solo resultó muerto Don Y.

El Mecanismo Tripartito de Monitoreo y Verificación y, en particular, la ONU, que lo coordina y tiene el papel de verificador, están investigando ambos casos. En los próximos días, el organismo internacional tendrá que rendir informe sobre lo que encontró. Estos dos hechos, aparentemente aislados, revelan la complejidad de la situación actual.

El limbo

Luego del triunfo del No al acuerdo de paz en el plebiscito, la prioridad de las partes fue mantener el cese del fuego tan cuidadosamente diseñado en La Habana, que entró en funcionamiento desde agosto. El presidente emitió un decreto para tal fin y se pactó un protocolo para hacer lo que en términos técnicos se llama “separación de fuerzas”. Sin embargo, como no se trata propiamente de una concentración de tropas, el riesgo de choques entre Ejército y guerrilla es potencialmente alto. Cualquier falla en las comunicaciones puede generar incidentes dado que hay presencia de otros grupos en las regiones. Posiblemente lo ocurrido en el sur de Bolívar fue un exceso de confianza. Los guerrilleros creían que el cese los protegía en cualquier lugar, y los militares que cualquier guerrillero fuera de las zonas de preagrupamiento se convertía en blanco militar.

En segundo lugar, para ambas partes hay una situación nueva. Desde el pasado 14 de noviembre la manutención de las Farc corre por cuenta del gobierno, para garantizar que la guerrilla no viole el cese de hostilidades al acudir, por ejemplo, a la extorsión. Esto le corresponde al Fondo de Inversiones para la Paz que depende de la Oficina del Alto Comisionado. Esto ha implicado un esfuerzo logístico y económico de proporciones inmensas. Solo la alimentación cuesta 3.000 millones de pesos al mes, los kit de aseo 600 millones, sin contar la ropa, las comunicaciones y la salud, en la que hay casos muy críticos. Aunque el fondo tiene asegurados los recursos para financiar el cese hasta el final, si el limbo se prolonga, y el preagrupamiento dura más de lo esperado, la situación financiera se puede complicar.

En tercer lugar hay que reconocer que el resultado del plebiscito, las reuniones con los líderes del No y el nuevo acuerdo, al cual todavía los jefes de las Farc no le han podido hacer pedagogía en sus campamentos, han avivado la desconfianza de los guerrilleros de base en el gobierno y en el propio devenir del proceso. Esa fue la mayor angustia de los jefes de la insurgencia durante la última ronda de La Habana. Incluso, luego de que el presidente anunció el nuevo acuerdo en televisión se desató una tormenta entre ambas delegaciones que obligó a publicar, dos días después, el texto completo.

Al parecer, en los campamentos muchos guerrilleros tuvieron una sensación de desconcierto ante la posibilidad de que sus jefes hubieran cedido demasiado y lesionado sus intereses, especialmente en lo que tiene que ver con la seguridad jurídica. Para Márquez y otros delegados de ese grupo, fue un error de comunicaciones del gobierno. Esa desconfianza se vio incrementada por los incidentes recientes y las declaraciones de las partes a los medios. Solo el pronunciamiento de la misión de la ONU puede terciar y dar una versión más transparente sobre lo ocurrido. Además, darle seguridad a la opinión pública de que se sabrá con objetividad lo que está ocurriendo en terreno.

Monitoreo en camino

A todas estas la misión política de la ONU está en pleno montaje, y todavía no se encuentra desplegada en el territorio, dado que los observadores llegan en forma progresiva y la logística es complicada. Actualmente se han instalado diez puntos para el mecanismo en los diferentes lugares donde están las Farc.

Pero más allá de la logística, el dispositivo tiene otros desafíos. Por un lado, para todos es algo nuevo, y a pesar de que hay gran trabajo de equipo entre partes que hasta hace poco se enfrentaban a bala, todavía se están acomodando unos a otros. De otro lado, los protocolos existentes para el preagrupamiento, al igual que los que ya existen para la dejación de armas, pueden tener interpretaciones diferentes, como lo ha demostrado el incidente del sur de Bolívar.

Quienes conocen de treguas y armisticios saben que más allá de los tecnicismos, en los que los acuerdos con las Farc son generosos, lo que más importa para un cese del fuego exitoso es la confianza, una buena comunicación y paciencia para entender que los errores son parte de la puesta en marcha de algo novedoso, en un territorio como el colombiano, bastante inhóspito.

La urgencia de implementar

Aunque suene paradójico, hasta ahora la mayor ancla para el proceso de paz en medio de la tormenta ha sido el cese del fuego. Al mismo tiempo, si esa ancla falla, puede traer consigo un verdadero tsunami. El temor del gobierno es que el cese comience a deteriorarse por la base y no por la cúpula, como suele ocurrir en estos casos. Es decir, que la incertidumbre política, la desconfianza hacia el Estado o los cambios abruptos en la vida cotidiana de los guerrilleros terminen por horadar la unidad de las Farc. Eso es algo que los jefes guerrilleros descartan de tajo. Sin embargo, parece urgente que ellos regresen de La Habana, para garantizar en terreno la cohesión de sus fuerzas. Ese regreso, a su vez, requiere que el gobierno ponga en marcha, urgentemente, una serie de garantías tanto materiales como jurídicas.

El riesgo de que el cese del fuego se resquebraje está latente y, por eso, tanto el gobierno como las Farc, así como los alcaldes, gobernadores y comunidades de las zonas hoy en tregua son conscientes de que no hay mucho tiempo. La implementación de los acuerdos se está convirtiendo en una urgencia para todos.

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