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| 3/8/2017 1:08:00 PM

Algo pasa en las universidades: abuso, acoso y violencia sexual contra la mujer

Recientes denuncias en instituciones de educación superior revelan que estas han desdeñado el problema por años y que hoy no están preparadas para afrontar la situación.

Han pasado más de 82 años desde cuando las mujeres en Colombia empezaron a abrirse campo en la educación superior, pero la igualdad todavía está muy lejos de ser una realidad, y aunque parecen nuevos los casos de abuso sexual en las universidades, esta es una problemática que viene de años atrás. Lo único que ha cambiado es que las mujeres han empezado a denunciar.

El caso de Juanita Díaz (publicado en la revista Vice), una estudiante de Artes Plásticas de la Universidad Javeriana de Bogotá que denunció el abuso por parte de un compañero de clase, es apenas uno de cientos que ocurren en el campus de muchas claustros en Colombia y que se demoran años en resolverse si es que llegan a ser conocidos.

Porque aunque es claro que la violencia de género ocurre con más frecuencia en los hogares (12.817 casos en el 2016), y en la mayoría de los casos es cometida por familiares o personas cercanas, en las instituciones educativas también sucede: 379 casos en el 2016, incluidos colegios.

Una de las tantas historias que nunca salieron a la luz pública fue la de Johana Paola Vargas Núñez, estudiante ejemplar de biología de la Universidad Nacional, con matrícula de honor en cuatro ocasiones. Pero en 1999 las cosas cambiaron cuando se vio envuelta en una situación de abuso por parte de su director de tesis.

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Cuenta que el docente, de quien prefiere no dar el nombre, comenzó a llevar trago a las asesorías y a alargar las reuniones en su oficina después de las 6 de la tarde. Hasta que llegó el día en que pasó al abuso sexual, “ese día este señor se me abalanzó y quedé totalmente petrificada, le dije no y él me dijo: ‘no ve que yo soy puro’, yo no entendía nada”.

Los abusos cada vez subían más de tono, “empezó a besarme a la fuerza, después a cogerme los senos y la cola, pero afortunadamente no llegó a violación”. El docente se aprovechó de que la familia de Johana estaba pasando por un mal momento económico y se convirtió en su salvador, le pagaba el almuerzo, la cena, le daba para el taxi y le decía que se quedara con el cambio. “De todos modos él ya me había lavado mucho la cabeza, estaba convencida de que era mi protector, además era una figura de autoridad a la cual le tenía cariño”, cuenta Johana 16 años después.

El detonante para que decidiera parar la situación fue la denuncia de otra estudiante a la cual en un primer acercamiento con el profesor, este quiso tocarle sus partes íntimas. “Cuando salió a la luz lo de la otra chica, caí en la cuenta de todo lo que me estaba pasando y empecé un proyecto súper largo, donde debía decidir si denunciar o no. Fue muy difícil porque sentía miedo y me sentía sola”, afirma Johana. En esa época eran cinco los profesores de la facultad de biología que tenían ese tipo de comportamientos, según cuenta.

Cuando denunció, se le presentaron un sinnúmero de trabas para hacerlo, además del desconocimiento, la inexperiencia y la imposibilidad de pagar un abogado que la acompañara en el proceso.

El primer paso fue denunciar en la Facultad de Ciencias, donde no obtuvo ninguna respuesta; luego fue a la Comisión de Investigación de Asuntos Disciplinarios del Personal Docente, donde la escucharon, pero meses después la llamaron para decirle que el proceso se había archivado por falta de movimiento y que el profesor le iba a poner una contra denuncia por calumnia. Le tocó seguir el proyecto paso a paso, durante tres años y sin ninguna clase de asesoría.

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La denuncia fue interpuesta en el 2003 y a comienzos del 2006 salió la resolución en la que la universidad decidió alejar al profesor del cargo por un año. Sin embargo, con ayuda de su abogado, el docente logró que lo suspendieran solo seis meses.

Todo el proceso de Johana fue manejado únicamente en la instancia de la universidad. Acudió en ese momento a la Unidad de Delitos Sexuales de la Fiscalía, pero le dijeron que en su caso, al ser mayor de 14 años, el acoso sexual no estaba tipificado como delito.

Si bien esta circunstancia cambió en el Código Penal en 2008, la inexperiencia de Johana le impidió tomar conductos que en esa época le hubieran podido ayudar. La falta de acompañamiento de la universidad es la razón por la que muchas de las denuncias no prosperan.

Johana nunca ejerció la biología, pero por medio de la danza, su actual profesión, y con el apoyo del colectivo feminista Blanca Villamil de la Universidad Nacional, se relaciona con mujeres vulnerables y víctimas de abuso. El grupo nació hace casi tres años por la iniciativa de unas estudiantes de humanidades que vieron las necesidad de denunciar y visibilizar los casos de abuso sexual en la universidad. Como este, existen otros en diferentes universidades de Bogotá, que por la urgencia y gravedad del problema se han ido creando en los últimos años.

Jóvenes unidas por el cambio

La Universidad de los Andes cuenta con dos colectivos, Pares de Acompañamiento Contra el Acoso (PACA) y No es Normal, que en este momento es el colectivo con más fuerza, pues ya tiene el apoyo de tres instituciones más: La Javeriana, la Universidad del Rosario y El Externado.

Por su parte, La Javeriana tiene el colectivo Polifonía, La Universidad del Rosario trabaja con Rosario Sin Bragas y El Externado con el Semillero de Derecho y Género. Un común denominador en casi todos ellos es que están trabajando y pidiéndole a la universidad la realización de un protocolo que puedan seguir los estudiantes que sufran acoso sexual, porque hasta ahora ninguna universidad tiene uno que haya sido verdaderamente útil.

Y aunque estos colectivos son bastante jóvenes y carecen de apoyo institucional, han logrado grandes avances. En la Universidad de los Andes desde mediados del 2015 se ha castigado a cuatro profesores -más que en toda la historia de la universidad- por conductas discriminatorias y de maltrato.Todo por campañas de estudiantes que han ayudado a identificarlos y han acompañado a las víctimas a seguir la ruta correcta.

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Sin embargo, es preocupante que sean los colectivos estudiantiles los que se den cuenta de este tipo de conductas, y no las universidades. Como se lee en el estudio sobre violencia de género de la Universidad de Antioquia, uno de los más completos que se han hecho en el país, “los planteles educativos deben tener conocimiento de las situaciones acaecidas sobre este tema para poder aplicar correctivos específicos y efectivos; por eso es necesario que las universidades conozcan la magnitud del problema -la existencia en su interior de diversas formas de violencia de género-, tarea nada fácil por la escasez de estudios sobre la materia y el silenciamiento que rodea y que en parte caracteriza a esta problemática”.

Uno de los factores más graves de este fenómeno es precisamente el silencio y el tabú que lo rodea. El no querer ensuciar el nombre de la institución por encima del bienestar de los estudiantes y sacar la excusa de que es responsabilidad de la víctima denunciar y llevar el proceso. “Creo que las universidades lo ven como algo ajeno. Creen que son iguales a un salón de té en donde si a alguien lo violan ahí, es responsabilidad de esa persona denunciar, no es problema del salón de té. Pero resulta que la universidad no es un salón de té”, dice Isabel Cristina Jaramillo, directora del doctorado en Derecho y directora del Grupo de Investigación en Derecho y Género de la Universidad de los Andes.

De igual forma, expresa que las universidades no están haciendo lo suficiente para entender lo que está pasando dentro de sus campus, no saben cómo responder y entender cuál es su papel como institución.

Como asegura Federico Mejía, abogado, feminista y catedrático de género, eso debería implicar un cambio en la forma de enfocar el problema. “Es momento de que desde el colegio, el barrio, el transporte público, las empresas, lo estatal y obviamente las universidades se empiecen a generar genuinos actos de transformación social por medio de la educación y la prevención del maltrato hacia la mujer”, dice.

Texto de Lina Hernández Caicedo

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