Sábado, 21 de enero de 2017

| 1983/01/31 00:00

VIOLENCIA ULTRA

VIOLENCIA ULTRA

A finales del año pasado, el MAS hizo su irrupción como cuerpo clandestino y armado, organizado por la mafia, supuestamente para defenderse de los secuestros de que era víctima. En el transcurso del 82, llegó a convertirse en un elemento político de incidencia en la vida nacional, que justificó catalogarlo como el fenómeno más alarmante del año.
Ante las dimensiones que cobró el fenómeno, el presidente de la República, en una de sus primeras alocuciones, lo denunció llamando al "desentrañamiento y sanción ejemplar del siniestro MAS y sus similares". En ese momento se pronunció también el Ministro de Defensa, general Landazábal, para conminar al ejército a acabar con lo que él llamó "organismos clandestinos llamados a sí mismos paramilitares".
Tales organismos habían multiplicado sus acciones amparados por el clima de angustia e incertidumbre que la delincuencia común, y en muchos casos los atentados políticos, habían sembrado en el país. Esto hizo que su aparición fuera vista con cierta simpatía por algunos sectores, ya no limitados al núcleo inicial de la mafia.
Pero el MAS fue extendiendo su campo de acción, y fue dejando a su paso cadáveres no sólo de secuestradores, sino también de abogados, dirigentes sindicales, militantes de grupos legales de oposición. Más adelante ya no fue sólo el MAS, sino también la Mano Negra, Alfa 82, Boinas Negras, Escuadrón de la Muerte, Triple A, Sangre y Fuego. Distintos nombres para un mismo fenómeno: la violencia de ultraderecha.
Como contraparte, una ultraizquierda desvertebrada y difusa, a veces indentificada con siglas antes desconocidas ORP, FRUP otras veces anónima también aportó su cuota de sangre. Testimonio de ello fueron los asesinatos de los niños Alvarez y de Gloria Lara. Una izquierda en crisis y fragmentada por diferencias ideológicas y amenazada por lo que ella misma denomina "lumpenización", dió lugar al desprendimiento de una serie de elementos desclasados, cuyos móviles políticos se confunden con los lucrativos y cuyos métodos no se diferencian de los del hampa.
Sin embargo, en Colombia el fenómeno de la violencia de ultraderecha y de ultraizquierda es aún incipiente, si se lo compara con las dimensiones que alcanzó en otros países latinoamericanos, como Argentina, donde la antesala de la dictadura militar fue la guerra privada entre grupos de uno y otro bando.
La Colombia del MAS y de los asesinos de Gloria Lara todavía dista mucho de ser la Argentina de la Triple A y del ERP, y si hay una minoría interesada en que se recorra el camino entre una y otra, parece haber también una clara oposición, oficial y pública, a que ésto suceda.

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