Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 1990/09/10 00:00

VIRGILIO EXPRESIDENTE

Ya se hacen cábalas sobre el impacto de la llegada de Barco al club de los expresidentes.

VIRGILIO EXPRESIDENTE

Aunque para la mayoría de los colombianos la gran incógnita después del 7 de agosto es qué clase de Presidente irá a ser César Gaviria, algunos observadores políticos están formulando un interrogante diferente: ¿qué clase de expresidente será Virgilio Barco?
En Colombia, más que en cualquier otro país del mundo, los expresidentes una vez fuera del gobierno, siguen ejerciendo una influencia enorme sobre el acontecer nacional. Sin embargo, se trata de un poder muy sui generis, ya que ni está contemplado en la Constitución, ni controla directamente el botín burocrático. A primera vista, los expresidentes no tienen mucho en común. Lleras escribe, Pastrana da órdenes, López dice cosas originales, Turbay dice cosas lógicas y Belisario recita poemas. Sin embargo, en el fondo comparten tres condiciones: una gran personalidad, un grupo muy amplio de amigos consolidado en el jercicio del gobierno, y un talante peculiar que, en una u otra forma, hace que algún sector de la población se identifique con ellos. En el país hay llerismo, lopismo, turbayismo, belisarismo, pastranismo e inclusive alvarismo, a pesar de que Alvaro Gómez no ha sido Presidente. Cada expresidente tiene un grupo de seguidores incondicionales que, o por gratitud o por convicción, constituyen unas guardias pretorianas que se encargan de divulgar el dogma y de enfrentar a los enemigos. Con cierto síndrome de Santa Elena, los expresidentes se convierten en comandantes en jefe de sus propios movimientos, y aunque cada uno niega que su respectivo "ismo" existe, y repite una y otra vez que está retirado de la política activa, la realidad es que todos adoran y cultivan ese poder informal que mantienen y que los mantiene permanentemente jóvenes.

Barco, aunque no genera mayores resistencias, es el primer Presidente en la historia de Colombia que no dejó un núcleo de personas que, basadas en afecto, oportunismo o afinidad ideológica, se sientan estrechamente ligadas a él. Ni siquiera sus ministros, que le son leales, tienen expectativas de ver a su exjefe en el futuro más de lo que lo vieron en el pasado, que fue casi nada. Si cuando compartían asuntos de estado no se conocieron, difícilmente lo pueden hacer ahora.

Mucho de la vigencia de los expresidentes se genera en situaciones sociales. Son invariablemente el centro de atracción de cuanta fiesta asisten y es ahí donde las tropas y el jefe se mantienen en contacto. Tampoco les faltan sus musas que son protegidas de ellos y que, a su vez, los protegen más que sus propias esposas. El teléfono es invariablemente su principal instrumento de trabajo. Hablan horas de horas con todo el mundo sobre lo divino y lo humano, y cada opinión es transmitida por el interlocutor e interpretada en mil maneras. Otro ingrediente son los medios de comunicación. No hay Presidente que no sea un "habitué" de los programas matutinos de la radio, en los que Juan Gossain y Yamid Amat los consultan semanalmente como quien consulta a un oráculo sobre el tema del momento. Otra elemento importante es que los "ex," juegan un papel político trascendental. Representan tradicionalmente un bloque parlamentario que se identifica con ellos y casi todos han sido jefes de sus partidos.

En este panorama es difícil ubicar a Virgilio Barco. Sus relaciones con la clase política quedaron en un nivel tan bajo, que así como Barco nunca les pasó al teléfono cuando estaba en la Casa de Nariño, es poco probable que ahora, que no tiene puestos qué ofrecer, Guerra, Name o Santofimio tengan mucha inclinación a pasarle al teléfono, si por cuasualidad llega a llamarlos. En cuanto a carreta verbal en los matutinos radiales, pocos visualizan al doctor Barco dándole rienda suelta a su lengua, recién salido de la ducha. Y en lo que se refiere a la vida social, la sola idea de una fiesta barquista parece entrañar una contradicción conceptual.

Barco cuenta con la admiración de quienes lo conocieron. Lo que pasa es que lo conocieron demasiado pocos. Germán Montoya, Fernando Cepeda, Maria Mercedes Cuéllar, Gustavo Vasco, y unos pocos más, serán la escolta espiritual de la gestión Barco a partir de ahora. Pero la mayoría de sus funcionarios, más que solidaridad automática, sienten más bien el vacío de no haberlo conocido.

Todo esto permite pronosticar que el curso de la tradición presidencial se verá alterado con la llegada del primer expresidente que presumiblemente no tiene intenciones de perpetuar su influencia en la vida nacional. Este desprendimiento del poder puede en realidad ser muy sano, en un país en cierta forma saturado de poderes vitalicios. No son pocos los comentaristas que ven en la indiferencia de Barco, un primer paso hacia unas instituciones políticas más maduras que el paternalismo expresidencial vigente. Pero no faltan quienes desde ya estan haciendo una advertencia diferente: dejen de ilusionarse los que creen que llegó la era de la desaparición del poder expresidencial, pues a partir del 7 de agosto de 1994, Colombia tendrá un expresidente de menos de medio siglo con otro medio de kilometraje por delante.

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