Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/08/25 00:00

¿Volverá a lanzarse?

Se comienza a hablar de un tercer período de Uribe. ¿Qué tan serio es?

¿Volverá a lanzarse?

Hablar de una nueva reelección del presidente Álvaro Uribe es poco serio. No sólo lo prohíben las normas vigentes, sino que es inoportuno cuando apenas lleva un año de su segunda presidencia. Sin embargo, es el tema de conversación en muchos círculos. El debate está sobre la mesa. El propio Uribe ha contribuido a dejarlo vivo porque cuando le han preguntado, se ha ido por las ramas y hasta ha apelado a expresiones en latín para evitar un 'no' rotundo. En una entrevista con Roberto Pombo en El Tiempo dijo: "Rechazo (la reelección) 'in-límine'. Lo que enseñan en las facultades de derecho es que el rechazo' in-límine', es el rechazo cuando la propuesta no ha entrado del todo".

Pero no ha afirmado en español, con claridad y con contundencia, que no buscará un tercer período o que considera inconveniente volver a cambiar el famoso articulito. La ambigua posición del mandatario, y su actitud de estar permanentemente en campaña a través de los consejos comunitarios, se prestan para suspicacias. Más aun cuando se le midió a la reelección en 2006 después de haber declarado en 2002 que rechazaba esa posibilidad, pues esa figura era una muestra de politiquería.

Una nueva reelección de Uribe no está totalmente descartada. La popularidad del Presidente hace pensar en ella: se mantiene en las vecindades de un 70 por ciento de imagen positiva. En un sondeo reciente de Yanhass para RCN, más de la mitad de los encuestados afirmaron que apoyan un tercer período del actual mandatario. Las cifras que respaldan a Uribe como candidato, en comparación con las de sus posibles rivales, le dan un amplísimo margen. Un cuadro muy similar al de 2004, cuando se planteó la primera reelección, que dejaba claro que no existe gallo para enfrentar al Presidente.

En esta oportunidad el ruido no viene del palacio presidencial ni de los más cercanos amigos de Uribe. Ni Noemí Sanín, ni Fabio Echeverri, ni los del sanedrín han puesto a rodar la bola. En esta ocasión los que hablan de reelección, por lo menos por ahora, son los críticos del Presidente. En la oposición sienten pasos de animal grande y ven una conspiración planeada desde 2002 para perpetuar a Álvaro Uribe en el poder. Dan como un hecho que el Presidente irá por la tercera. En una columna reciente, María Jimena Duzán escribió: “Si Uribe se queda en el poder, los que perdemos somos los colombianos, porque nuestra democracia será falsa”.

Entre los numerosos fanáticos de Uribe también se habla sobre el asunto. Pero en voz baja, y más como una ilusión que como una decisión tomada. No quieren alimentar a la oposición y esperan la llegada de un momento más adecuado que el actual, que está contaminado de consideraciones electorales. En el Congreso se han escuchado argumentos a favor de la reelección de labios de Sandra Ceballos y Jairo Clopatofsky. Carlos García, el presidente de La U, ha insinuado que la implantación de un sistema parlamentario, en el que el período del jefe del gobierno se puede extender mientras conserve las mayorías en el Congreso, podría ser la fórmula. Y el senador conservador Ciro Ramírez, por su parte, ha dado señales de que va a desempolvar su proyecto de reforma constitucional para una nueva reelección.

En los círculos más férreos del uribismo se empieza a pensar que, si no es Uribe, no hay con quién. Los inversionistas extranjeros consideran que las condiciones favorables que han permitido su ingreso al país dependen directamente de la gestión de Uribe, porque no hay instituciones capaces de garantizar la continuidad de sus políticas. La posibilidad de que el péndulo lleve en 2010 al Polo Democrático a la Presidencia, o incluso al Partido Liberal, es para ellos un escenario inquietante. Y aunque en la Casa de Nariño no ha habido reuniones, ni planes, ni charlas informales sobre la segunda reelección, no hay que ser adivino para imaginar lo que pasa por la cabeza de ‘furibistas’ como José Obdulio Gaviria. Al respecto, el periodista de The Miami Herald Andrés Oppenheimer escribió en su prestigiosa columna: “Quienes rodean a Uribe tratarán de convencerlo de que ocho años tampoco serán suficientes”. Y un editorial de El País de España publicado la semana pasada afirmó: “Uribe puede acariciar un tercer mandato, y aunque la acumulación de desgracias debería hacer improbable esa apetencia, también hay uribistas que argumentan, capciosamente, que habría que darle cuatro años más porque sólo él es capaz de resolver el problema”.

El debate es incipiente, pero puede crecer en los próximos meses. Sobre todo si se mantienen la buena situación económica y la popularidad del Presidente. Por ahora, los que lo han atacado, como el jefe del Partido Liberal, César Gaviria, han perdido puntos. Tal vez por eso el ex presidente le ha bajado el tono a su discurso antiuribista. Y quienes lo elogian, si bien mejoran su propia imagen, también fortalecen la del jefe. Esto fue lo que le ocurrió al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, en una entrevista que dio recientemente. Dijo que si fuera elegido Presidente, nombraría a Uribe como ministro de Defensa. Una frase ingeniosa que, sin embargo, consolida la sensación de que la guerra no se puede ganar sin el actual Presidente.

¿Se lanzará el Presidente una vez más? Ni de su boca, ni de las de sus más inmediatos colaboradores habrá una respuesta afirmativa en muchos meses. El propio Uribe ha sorprendido a sus ministros recordándoles con frecuencia, como si tuviera un cronómetro en la mano, el número exacto de meses, días y horas que quedan de este período, como si fuera el último plazo que queda para terminar las obras de gobierno. En parte porque plantear una nueva reelección no es sólo políticamente incorrecto sino inmensamente riesgoso. Pero en parte, también, porque el panorama no estaría para nada despejado para sacarla adelante.

Un camino tortuoso

Cambiar el articulito, en 2008, sería aun más difícil que en 2004. Para empezar, por las realidades políticas. Cuatro años atrás, el trámite en el Congreso no fue fácil. Tuvo que atravesar la puerta estrecha de Yidis y Teodolindo, congresistas gobiernistas que se oponían y que al final cambiaron su voto en medio de polémicas versiones sobre contraprestaciones otorgadas por el Palacio de Nariño. Y aunque en el Congreso actual el Presidente tiene mayorías más sólidas que entonces, sacar adelante una iniciativa tan polémica como la reelección sería más difícil. El Partido Liberal, que está en la oposición, votaría en contra. Cambio Radical, cuyo líder, Germán Vargas Lleras, quiere ser Presidente, tampoco le jalaría. El Partido Conservador piensa que para mantener su identidad, en 2010 debe tener candidato propio. Y ni siquiera en La U, la colectividad del Presidente, hay unanimidad al respecto. En la comisión primera del Senado, donde se definiría el primer round de una reforma constitucional, se requieren 10 votos en contra para hundir el proyecto. En la actualidad se sabe que los cuatro senadores liberales, los dos del Polo Democrático y los tres de Cambio Radical, votarían en contra. Y también se da por descontado que algunos uribistas importantes de esta comisión, como el propio presidente del partido de La U, Carlos García, consideran que una segunda reelección sería inconveniente.

Y aunque hubiera los votos, habría otro tropiezo: el fallo de la Corte Constitucional. Cuando el alto tribunal aprobó la reelección anterior dejó muy en claro que consideraba que esa reforma no afectaba el equilibrio entre los poderes públicos siempre y cuando se hiciera por una sola vez. Con esta jurisprudencia sería casi imposible para el Congreso volver a hacer una reforma. Y hay otro grave inconveniente: se necesitarían casi dos años para concretarla. Esto implicaría un largo período de tensión entre el Ejecutivo y el Legislativo, con un enorme potencial de desgaste frente a la opinión pública.

Descartada la reforma constitucional a través del Congreso, sólo quedarían dos opciones para extender el mandato de Uribe: echar mano de la figura del referendo para cambiar la Constitución o adoptar el sistema parlamentario. La última es la menos probable. El régimen parlamentario que rige en las democracias europeas necesita condiciones totalmente opuestas a las que existen en Colombia: una gran confianza en los congresistas, que concentran todo el poder, y partidos sólidos y disciplinados. Meter un caos como el de La U, o el de la proliferación de candidaturas por firmas en un marco tan ordenado y riguroso es como atravesar un elefante por el ojo de una aguja. Y entregarle el poder a un Congreso que para muchos está en manos de los suplentes de los encarcelados por la para-política sería un salto al vacío. Ya en 2005 el Partido Liberal intentó una reforma en este sentido y no tuvo ninguna acogida.

Por lo anterior, el camino que los partidarios de la reelección consideran más factible es el de una reforma mediante un referendo. Algún representante de la sociedad civil se encargaría de reunir las firmas necesarias para solicitar la organización de la consulta, lo que requiere un 5 por ciento del censo electoral, que equivale a 1.400.000 ciudadanos aproximadamente. Después el texto se sometería a votación para hacer valer las apreciables mayorías que respaldan al Presidente. Aunque el Congreso tendría que pronunciarse, no tendría que pasar los ocho largos debates que, en dos legislaturas, requiere un Acto Legislativo. Y ante la opinión pública tendría mejor presentación, por la participación popular, que las discusiones en el Capitolio con sabor a manipulaciones de camarillas políticas.

La palabra referendo, sin embargo, despierta resquemores en el uribismo. La experiencia de 2004 les dejó dos lecciones muy decepcionantes. La primera, que en este tipo de consultas la popularidad de Uribe en las encuestas no se traduce en votos automáticamente. Y la segunda, que el mínimo de votos requerido –una cuarta parte del censo electoral– es muy difícil de alcanzar. Hace tres años sólo fue aprobada una de las 15 preguntas porque en las otras 14, a pesar de haber alcanzado amplias mayorías por el ‘sí’, no obtuvieron ese umbral.

Por lo anterior, si los uribistas decidieran jugársela por la reelección, lo más probable es que empaqueten esa figura en el referendo con una causa de gran popularidad: el acuerdo de paz con el ELN. Este grupo ha dicho que es partidario de someter a una consulta popular la aprobación de los acuerdos que alcance con el gobierno. Un paquete atractivo para los votantes, dentro del cual se podría colgar la controvertida segunda reelección. También se ha rumorado que un elemento adicional para asegurar el éxito de esa estrategia sería bajar el umbral de votos con un mecanismo más o menos factible: incluir en el código electoral que están discutiendo en el Congreso, un artículo para depurar el censo y bajar así el número de votos requerido.

Esta alternativa también tiene problemas. Aunque se escoja el camino de las firmas, el Congreso puede rechazarlo. Y en términos de tiempo no es propiamente un atajo: la recolección de firmas, el paso por el Congreso, la campaña para la votación y eventuales demandas ante la Corte Constitucional, tomarían casi el mismo tiempo de un Acto Legislativo. Sería largo, desgastador, polarizaría a la opinión pública y obstaculizaría el trabajo del Congreso.

Una apuesta difícil

Todo lo anterior demuestra que una nueva reelección, más allá de su conveniencia, tropezaría con muchos obstáculos. Para el presidente Uribe podría ser muy costosa. Si en el mundo consideran a Colombia un país en el que, a diferencia de Venezuela, tiene vigencia el Estado de derecho y cuenta con una mayor fortaleza institucional, una nueva reelección equivaldría a subrayar que pertenece al mismo trópico de su vecino. Y que, como afirma la oposición, Uribe es muy parecido al Chávez que acaba de proponer la reelección indefinida para su país.

¿Se embarcará Álvaro Uribe en una aventura tan arriesgada? ¿Pondrá en juego ante la historia los resultados alcanzados hasta el momento? Estos son los dilemas que ponen a Uribe entre dos fuegos. Por un lado, su esposa Lina y su hijos le dicen que no. Por el otro, los lagartos de siempre le gritan que sí. Dos rasgos de la personalidad del Presidente se enfrentan en este momento: su ambición y su pudor. Sabe que en este momento la mayoría de los colombianos apoyaría su reelección. Pero también es consciente de que embarcarse en ese proceso podría polarizar al país y afectar la efectividad de su gobierno. Será un pulso interior entre el estadista y el político. Hace cuatro años lo ganó el segundo. Ojalá en esta ocasión lo gane el primero.

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