25 junio 2011

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Vuelve 'la mano negra'

controversiaJuan Manuel Santos revive un término que se ha usado para atribuir a conspiradores anónimos lo que debería tener nombre y apellido. ¿Qué hay detrás de 'la mano negra'?

Vuelve 'la mano negra'. No hay colombiano que no haya oído hablar de ella, pero nadie puede señalar a sus presuntos miembros

No hay colombiano que no haya oído hablar de ella, pero nadie puede señalar a sus presuntos miembros

Un fantasma que ha recorrido periódicamente la política colombiana volvió a aparecer la semana pasada, y nada menos que en boca del presidente de la República. Se trata de 'la mano negra', que ha ido y venido en el último medio siglo atribuyendo a anónimos conspiradores lo que la inteligencia oficia
l no puede o no quiere descubrir, y sin que quienes lo utilizan parezcan necesitados de aclarar quién o qué está detrás. El presidente Santos no rompió con la tradición, pero algunos se sintieron aludidos.

El mandatario habló en dos ocasiones de 'la mano negra'. El martes 14 de junio, en el lanzamiento de una campaña de la Federación de Cafeteros, dijo que había no una, sino "dos manos negras que están al acecho. Manos negras de extrema izquierda y de extrema derecha". A la primera le puso nombre y apellido: las Farc. Con la de derecha, en cambio, se atuvo a la tradicional vaguedad. Sin mencionar nombres ni organizaciones, la definió como "la que no quiere que se reparen las víctimas, la que no quiere que se restituya la tierra a los campesinos, la que también quiere exagerar la inseguridad para decir: 'Este país es un caos'".

El sábado siguiente, 18, en la instalación de una de sus reuniones de Acuerdos para la Prosperidad, añadió que esa "extrema derecha" está compuesta por los que "asesinan a los líderes campesinos que están queriendo recuperar su tierra [y] no quieren que se reparen las víctimas, solo los victimarios". La vinculó al narcotráfico, la responsabilizó del petardo en el busto de Laureano Gómez dos días antes y le atribuyó la intención de querer "generar un ambiente de inseguridad para que la gente otra vez se sienta amenazada".

Que el presidente mencionara a 'la mano negra' -en dos ocasiones, a falta de una- devolvió súbito protagonismo a esa gaseosa entidad que hace rato no aparecía en la política colombiana. Pero, como casi todos los que han hablado de ella en el pasado, Santos fue lo suficientemente vago como para que dos cosas claves tras la mención quedaran, como siempre, para la especulación. La primera es: ¿qué es 'la mano negra' y quién o quiénes están tras ella? Y la otra: al hablar de esa extrema derecha, ¿tenía el jefe de Estado a alguien en mente o, al menos, podrían algunos sentirse aludidos?

La mano sin huellas

'La mano negra' es tan imprecisa y paradójica como todo fantasma. Prácticamente no hay colombiano adulto que no haya oído hablar de ella, pero nadie puede señalar a sus presuntos miembros. Desde mediados del siglo pasado, 'la mano negra' se convirtió en una misteriosa entelequia a la que se le atribuyen conspiraciones, asesinatos y actos de 'limpieza' social, pero nunca responsables. A fines de los ochenta y comienzos de los noventa, con esa etiqueta se designaban de manera genérica los autores de campañas de exterminio de indigentes, homosexuales y adictos a las drogas. Varios grupos han actuado con ese nombre. La izquierda ha llamado así, también sin precisar nombres, a lo que considera lo más cavernícola y reaccionario del establecimiento, como hizo en 1971, por ejemplo, un editorial de Tribuna Roja, el periódico del MOIR, que tituló: "El gobierno, la mano negra y los mamertos contra el movimiento estudiantil colombiano". Algunos han visto 'la mano negra' en procedimientos non sanctos de ciertos círculos militares, como la disuelta Brigada 20, de la Policía o del DAS. Y hasta el excontralor de Bogotá Miguel Ángel Moralesrussi alegó que "hay una mano negra para desprestigiarme", cuando estalló el escándalo por corrupción en el Distrito que lo involucraba. Ahora, Santos la sacó de la manga para describir a quienes asesinan a líderes populares y buscan impedir la restitución de tierras a las víctimas.

Como hipótesis o rumor, el fantasma de 'la mano negra' ha aparecido en torno a homicidios célebres, cuya autoría no puede adjudicarse de entrada a la guerrilla, a los paramilitares o al narcotráfico, y que quedan sumidos en el misterio -al menos mientras la justicia da con responsables claros-, como los de Álvaro Gómez Hurtado, en noviembre de 1995; el exministro de Defensa general Fernando Landazábal, en mayo de 1998; el humorista Jaime Garzón, en agosto de 1999, y hasta el de Jorge Eliécer Gaitán, entre otros.

'La mano negra' es un pariente cercano de las 'fuerzas oscuras' y de los 'enemigos agazapados' (de la paz, del cambio, de las reformas). Como ellos, ha servido para designar a una extrema derecha tan cruenta como anónima. Ni un nombre, ni una sigla salen a la luz. Nadie sabe -y si lo sabe, no lo dice- si se trata de organizaciones estables, de logias de amigos que se juntan con algún propósito macabro para luego disolverse, o de momentáneas y tremebundas coincidencias de intereses entre sectores disímiles animados por un propósito común, una coyuntura, una animadversión.

Por todo esto, 'la mano negra' no es una organización sino una etiqueta, y, en el fondo, en lugar de explicar, sirve cuando no se tiene explicación. "Es un tema que se inventa para atribuir algo a una conspiración, para decir que hay una asociación donde realmente no la hay", dice el historiador Jorge Orlando Melo. Cuando se busca responsabilizar a alguien por algo pero no se dispone de los elementos probatorios, cuando la necesidad política indica la inconveniencia de señalar con nombre y apellido, o, simplemente, cuando no se tiene explicación, entonces se frota la lámpara de 'la mano negra'. "Eso sí que es un hueco negro. Sirve para tirar la piedra y esconder la mano", añade Fernán González, investigador del Cinep.

La mano del presidente

En los últimos años, el término había caído en desuso, en parte porque violencias como la del paramilitarismo y sus lazos con sectores o individuos en el Estado, la política y la economía han empezado a destaparse; en parte porque conductas ilegales de agentes estatales han sido objeto de escrutinio. "'La mano negra' es un nombre genérico para tratar de identificar un fenómeno que no se conoce mucho, pero, en el caso colombiano, decir que no se conoce mucho es relativo, porque en los últimos siete años se ha identificado mucho cómo funciona ese fenómeno y que tiene que ver con estructuras del Estado", precisa Mauricio Romero, investigador del paramilitarismo. La desmovilización de las AUC e investigaciones como la parapolítica o las 'chuzadas' del DAS sacaron muchas cosas a la luz. Aunque aún falta mucho por descubrir, atribuir hoy a 'la mano negra' desapariciones forzadas como los 'falsos positivos' o asesinatos en los que es evidente la mano de los paras o los narcos sería un despropósito.

Un caso ilustrativo es el de José Miguel Narváez, profesor de Inteligencia de los militares, asesor de Fedegán y Fondelibertad, fundador del G-3, un grupo de inteligencia que se dedicó a 'chuzar' periodistas y magistrados, y exsubdirector del DAS en tiempos de Jorge Noguera. Ahora, está en la cárcel por su presunto papel en los asesinatos de Jaime Garzón y Manuel Cepeda y en interceptaciones ilegales. Varios jefes paramilitares han hablado de sus relaciones con Carlos Castaño, lo han vinculado al secuestro de Piedad Córdoba y hasta contaron que les habría dictado el curso 'Por qué es lícito matar comunistas en Colombia'. Aún están por salir a la luz los verdaderos jefes tras personajes como este, pero si hasta hace unos años su existencia, sus múltiples relaciones y sus actividades, sumidas en el más completo anonimato, podían caer bajo la etiqueta de 'la mano negra', hoy en día la justicia está tratando de probar que llevan su firma. A diferencia de esa mano sin huellas dactilares, las violencias en Colombia tienen hoy, cada vez más, nombres y apellidos.

De allí que la decisión del presidente de revivir 'la mano negra' tenga no pocos peros. Para empezar, para algunos, los términos que empleó no fueron tan vagos. Sus alusiones a quienes no quieren la reparación de las víctimas y exageran la inseguridad atizaron de inmediato sensibilidades en la derecha -dentro de la cual hay gente que a nadie se le ocurriría asociar con conspiraciones para cometer asesinatos y poner bombas- y en el uribismo puro y duro, ya bastante exaltado con lo que considera la voltereta del exministro de Defensa de Uribe. "Santos dividió al país en dos. Él y sus amigos son los demócratas liberales. Las Farc son la extrema izquierda. Y los que pensamos que su gobierno está fallando en muchos y decisivos asuntos somos de la extrema derecha. Con todo y bombas incluidas", se quejó Fernando Londoño, en una de sus columnas. Ernesto Yamhure, columnista cercano al expresidente, criticó a Santos porque "sacó el temita de la mano negra para fustigar a quienes creemos que la Ley de Víctimas es un imposible fiscal".

En segundo lugar, ¿para qué usar una categoría que, en lugar de aclarar, no nombra responsables, cuando estos serían identificables con relativa facilidad si se hacen esfuerzos de investigación serios? ¿Por qué no nombra Santos a quienes están tras los asesinatos de las víctimas y ordena a los organismos de seguridad tomar las medidas apropiadas? En la vieja tradición nacional, 'la mano negra' ha sido menos una acusación que una disculpa para no actuar. Hoy, el futuro de herramientas claves como la Ley de Víctimas depende de que se tomen a tiempo medidas contundentes contra los individuos y los grupos, perfectamente identificables, que se le están atravesando. Quizá es hora de que el presidente, que declaró esa pieza legislativa como central en su mandato, le ponga a 'la mano negra' nombre y apellido.
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