Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2015/09/19 22:00

El esperado regreso de la Unión Patriótica

El regreso del partido a las urnas está marcado por el estigma, los atentados y la falta de garantías para hacer política. ¿A qué pueden aspirar en estas elecciones?

“No podemos repetir la dosis”, dijo angustiada Aída Avella antes de subirse a un avión rumbo a Washington esta semana. La presidenta de la Unión Patriótica se siente insegura y tiene razón. Luego de 12 años en el exilio, el partido regresa a las elecciones en un momento de transición. Se supone que los diálogos de paz abrirán el camino para una apertura democrática en el país. Pero mientras en La Habana soplan vientos de verdad y reconciliación, en Colombia todavía se dispara por política.

Por eso, participar en estas elecciones tiene un enorme significado para la UP. Luego de 5.000 militantes, dos candidatos presidenciales, ocho congresistas, 13 diputados, 70 concejales y 11 alcaldes asesinados, el partido resurge de sus cenizas. Y renace con los pies en la tierra. “No somos ilusos. Si nos medimos con las maquinarias del establecimiento nos estrellamos y no hay que hacer cálculos alegres”, dice Gabriel Becerra, su vocero electoral. La estrategia, más allá de conquistar un gran número de alcaldías y gobernaciones, es que la gente vuelva a tenerlos en el radar. “Que sepan que recuperamos nuestra personería, que tendremos voz y voto y que, a pesar del exterminio, queremos seguir en la política”, remata Becerra. Hoy, mientras el gobierno de Juan Manuel Santos negocia unos acuerdos en La Habana con las Farc, la UP regresa a los tarjetones en 25 departamentos del país.

Llevan 900 candidatos a las elecciones. Compiten, con su logo, en seis gobernaciones. Tres en coalición con el Polo Democrático. En Cesar con Imelda Daza, que regresó del exilio después de 25 años en Suiza, para hacer política; en Norte de Santander con Judith Maldonado Mojica y en el Valle con Alejandro Ocampo. Tienen candidato propio en Risaralda, Antioquia y Huila. Y cuentan, además, con 74 candidatos a alcaldías, 114 listas a concejos y 91 a juntas administradoras locales. Respaldan a Clara López en Bogotá y su cabeza de lista para el Concejo de la ciudad es Aída Avella.

El objetivo, por ahora, es ganar cupos en concejos y asambleas más que conquistar alcaldías capitales o gobernaciones y reforzar su presencia, ya no solo simbólica, sino política, en lugares donde tradicionalmente han tenido fuerza. Por ejemplo, en la región del Catatumbo y Tarra en Norte de Santander, San Vicente del Caguán en Caquetá, Chigorodó en el Urabá antioqueño, Cauca, Nariño y Putumayo, territorios donde el proceso de paz con las Farc se pondrá a prueba de verdad.

El problema es que regresar a la política no ha sido fácil y más cuando cargan el estigma de ser el ‘partido de la guerrilla’. La UP es hija del proceso de paz fallido entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc. Fue fundado en 1985 como parte de una propuesta política legal de varios grupos guerrilleros. En mayo del año siguiente, alcanzó la votación más alta lograda por alguna coalición de izquierda hasta ese momento. Salieron elegidos cinco senadores, nueve representantes, 14 diputados, 351 concejales y 23 alcaldes. El protagonismo apenas les duró cuatro años porque a punta de asesinatos –cerca de 2.500– les quitaron cualquier esperanza de reconciliación. Algunos de los sobrevivientes regresaron al monte, otros se fueron del país muertos del pánico y otros siguieron militando, a pesar de la falta de garantías, hasta que el movimiento perdió su personería jurídica en 2002.

Pero un fallo les devolvió el oxígeno. En julio de 2013, el Consejo de Estado reconoció su personería jurídica y aceptó que fue un error del Consejo Nacional Electoral habérsela quitado. Muchos alcanzaron a decir que no era coincidencia que eso pasara justo cuando las Farc se sentaba en una mesa de diálogos, pero la magistrada Susana Buitrago fue muy clara: “Con diálogos o sin ellos se hubiera emitido el fallo. Es una cuestión de justicia”. Aunque recuperaron su estatus político, nunca se les remuneró económicamente. Por eso hoy los candidatos hacen campaña con las uñas. Compiten contra grandes vallas, carros blindados y decenas de mercados. Tienen una sede en Bogotá que nunca cerraron y desde ahí reparten la plata que les entra por donaciones.

El miedo a que el movimiento recupere lo perdido ya se siente en muchas zonas del país. SEMANA conoció un informe de la Unidad Nacional de Protección (UNP) donde queda claro que los candidatos hacen campaña en medio de la barbarie. Hay 29 casos preocupantes y 27 de ellos, según Diego Mora, director de la UNP, ya tienen medidas. “Sabemos que hay candidatos en peligro y estamos comprometidos con su seguridad. Queremos que la UP se sienta tranquila en estas elecciones”, le dijo a SEMANA. La situación es tan crítica que la semana pasada hubo comité de garantías entre delegados del partido y miembros del Ministerio del Interior y de la UNP para discutir medidas de protección, luego del atentado contra el candidato a la Alcaldía de Los Palmitos, en Sucre, Hugo Sánchez, a quien le dispararon ocho veces y se salvó porque llevaba puesto un chaleco antibalas.

Lo grave es que las amenazas, así como en los ochenta, ya son rutina. A Pedro Quintero, candidato a la Alcaldía de Teorama, en Norte de Santander, lo llamaron en julio a decirle que si no desistía de su aspiración, lo mataban. A Miguel de la Vega, candidato a la Asamblea en Girón, Santander, le llegó un panfleto que decía: “La Unión Patriótica no puede participar en los comicios políticos del año en curso, por su seguridad.” A Esneda del Socorro López le toca andar sola en Apartadó porque no le dieron plata para pagarle los viáticos a su escolta. Jesús María Turizo, candidato a la Alcaldía en Soledad, Atlántico, recibió un panfleto firmado por las Águilas Negras, donde amenazan a los aspirantes a asambleas y alcaldías que representen a la UP. A Imelda Daza hasta hace poco la cuidaba un escolta de Aída Avella en sus recorridos por el Cesar. “La verdad es que esto es más difícil de lo que era cuando me fui. No tenemos garantías económicas ni políticas para competir. Y puede que perdamos, pero aquí me quedo. El exilio es un castigo, así sea un paraíso”, le dijo a SEMANA.

Desde su ideario de paz y apertura democrática, la UP regresa al debate político en un momento crucial. Los diálogos con las Farc ya están en un punto de no retorno, y el posconflicto también se materializa en abrirle la puerta no solo a la guerrilla sino a un partido que fue injustamente exiliado de la política. Aunque es claro que el chance de que conquisten alcaldías de ciudades capitales o gobernaciones es muy poco, lo cierto es que se harán sentir, a pesar de las dificultades, y eso es democracia.

Lo que sí tienen claro sus militantes es que, como le dijo Gabriel Becerra, vocero electoral, a SEMANA: “En Colombia la izquierda por separado no tiene futuro”. La mirada de la UP está puesta, a largo plazo, en lograr un gran movimiento en el que converjan todas las corrientes de izquierda y así pelear para mantener su personería jurídica en 2018, cuando se tengan que medir para las elecciones de Congreso y Presidencia. Nadie dijo que el regreso del partido iba ser fácil y ellos son los primeros en reconocerlo. Lo que esperan ahora que regresan a las urnas es que el país entienda, como dice Becerra, “que somos un retrato de la historia. Pero la historia no ha terminado”.

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