Domingo, 23 de noviembre de 2014

| 2013/02/16 14:00

¿Vuelve el optimismo a los diálogos de paz?

Tras semanas de escepticismo sobre las conversaciones, repunta la credibilidad.

En las últimas semanas, el ritmo de las conversaciones en La Habana entre el gobierno y las Farc ha mejorado y las partes señalan que empieza a haber puntos de acuerdo. Foto: archivo SEMANA

Por estos días, nadie puede predecir el clima en La Habana. A veces un calor intenso parece derretir el asfalto; otras una brisa serena se cuela entre los árboles, y en ocasiones un chiflón frío desconcierta y paraliza por unos días la agitada vida de la isla. Es como si el cambio de temperatura de la mesa de conversaciones entre las Farc y el gobierno colombiano contagiara a la ciudad.

Hasta hace pocos días, en relación con el proceso de paz, se sentía más el chiflón frío que la brisa o el calor. Pero ante el aparente estancamiento de las negociaciones el escepticismo tomaba cada día más fuerza. Sin embargo, en los últimos días, la sensación general es que esos diálogos han recibido una bocanada de aire. La última ronda había comenzado en medio de una fuerte tormenta de declaraciones airadas de cada parte. Pero terminó con sendas declaraciones de lado y lado que anunciaban al país, de manera serena, que en la mesa hay avances significativos. El más importante de ellos ya se comenzó a escribir. 

Para los conocedores de estas materias, el paso es muy significativo. Ya hay un principio de texto que pone en palabras concretas los primeros acuerdos en el tema agrario, sobre acceso a la tierra. Esa es la razón por la que Humberto de la Calle, jefe de la delegación del gobierno, se ha dedicado toda la semana a enviar el mensaje de que el país está ante una oportunidad real de ponerle fin al conflicto armado. Lo hizo ante el Consejo Gremial y los directores de medios de comunicación. Lo propio ha hecho el Alto Comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, con las comisiones de paz del Congreso y con los alcaldes del país. Y más peso tal vez tuvieron las declaraciones de Iván Márquez. El desafiante jefe negociador de las Farc también ha puesto su cuota desde Cuba, al cambiar su tono y revelar que hay un principio de entendimiento. 

Usando terminología marxista, lo que pasó la última semana fue un “salto cualitativo”. Si se mantiene el ritmo de los últimos encuentros, es posible, según han dicho en privado ambas partes, que se logre un acuerdo marco en cuestión de meses, y no de años. 

Y es que si bien en la mesa nunca ha habido crisis, fuera de ella sí había una sensación de colapso, especialmente después del 20 de enero, cuando finalizó el cese unilateral de hostilidades, y las Farc volvieron a mostrar los dientes en el terreno de combate. 

El proceso de paz había tenido un caluroso recibimiento cuando fue anunciado por el presidente Juan Manuel Santos en septiembre de 2012. La filtración de la noticia de que se había pactado una agenda concreta de cinco puntos para ponerle fin al conflicto tuvo muy buen recibo. El 77 por ciento de la opinión respaldó a Santos en esta iniciativa y el 54 por ciento se declaraba optimista al respecto. Los vientos a favor soplaron porque lo pactado parecía realista y contemplaba como horizonte final la dejación de armas por parte de la guerrilla y su reincorporación a la vida civil. 

Pero a la vuelta de dos meses esta tendencia se revirtió. En noviembre apenas el 57 por ciento estaba de acuerdo con el proceso y menos de la mitad de la gente apostaba por su éxito. De por medio estaban la instalación de la mesa de diálogo en Oslo, en donde Iván Márquez hizo una diatriba contra el establecimiento, y dejó claro, sin decirlo, que no compartía la agenda pactada. También el fallo de La Haya, que le quitó un pedazo de mar Caribe a Colombia, le inyectó una dosis de pesimismo al país y lesionó la imagen del presidente y la credibilidad del proceso. 

Luego vino un vendaval frío. Las conversaciones parecían no avanzar mientras el gobierno mandaba mensajes cifrados y públicos de que necesitaba imprimirle velocidad. Los colombianos olvidaron por un tiempo que se estaba negociando bajo fuego porque las Farc decretaron unilateralmente un cese de hostilidades de dos meses, que finalizó el 20 de enero.

Justamente el mayor conato de crisis vino con el fin de esa tregua unilateral. Ataques a patrullas de militares y de Policía y especialmente el secuestro de dos agentes, sumado al anuncio altisonante de que las Farc se reservaban el derecho de tomar prisioneros de guerra, empezaron a asfixiar el naciente proceso.

Pero el clima volvió a cambiar, y las suaves brisas del optimismo retornaron.

Primero porque Márquez ha cambiado de tono, de lenguaje y hasta de temperamento. Es evidente que el propagandista que llegó a La Habana le ha dado paso al negociador que entiende su papel en la historia. Posiblemente porque entendió que, con Álvaro Uribe respirándole en la nuca, el margen de maniobra de Santos no es absoluto y que una guerrilla desafiante despierta el rechazo de todo el país. Ese cambio de tono no ha pasado inadvertido ni en el país ni afuera. Hasta el diario francés Libération destacó como frase del día el “gracias Benedicto” que las Farc le enviaron al papa al conocerse su renuncia. 

Pero tal vez lo que más contribuyó a que volviera el optimismo fue la decisión de las Farc de liberar a los policías que tenían cautivos. Con ese hecho habían puesto a Santos contra la pared frente a la opinión que visualizaba el regreso del secuestro como instrumento de chantaje, lo cual evocaba los peores días del Caguán. Todo esto daba la impresión de que la guerrilla empezaba a bajarse de la consigna de firmar un acuerdo para regularizar la guerra. Esa aspiración la ha expresado Márquez como el plan B de estos diálogos. Que esta alternativa pierda importancia es clave para que solo quede un plan sobre la mesa: el fin del conflicto. 

Si bien las Farc tienen un poco indigestada a la prensa con un listado extenso de propuestas sobre reordenamiento territorial, cultivos ilícitos y economía campesina, también hay que reconocer que el tono de estas es, en general, constructivo. Aunque hay aspectos que rayan con lo absurdo, como la idea de suspender la construcción de represas, ellos reconocen que esa es su lista de máximos, pero que en la mesa se trabaja para construir unos mínimos. 

Los vientos de optimismo que soplan en La Habana empiezan también a contagiar a la opinión pública. La Iglesia, que había sido tímida en sus declaraciones, le dio su voto público de confianza a Santos en boca de monseñor Rubén Salazar. Las comisiones de paz del Congreso retomaron su agenda para ambientar las reformas que emanen de La Habana; y por lo menos un importante sector de empresarios ha expresado en debates públicos su renovada fe en este proceso. 

Los expresidentes, menos Uribe, han ido manifestando respaldo en esta nueva etapa. Belisario Betancur, en particular, dijo en entrevista con el director de SEMANA sobre la firma de un eventual acuerdo: “Creo que es lo más importante para este país y que va a suceder”. La frase fue retomada por la columnista María Clara Ospina, en El Nuevo Siglo, para declararse optimista con la negociación. 

Otros analistas considerados del almendrón del establecimiento, como Rudy Hommes, se han declarado convencidos de que hay que llegar al final en este proceso y con la defensa que han hecho desde sus columnas de la economía campesina, han tendido puentes entre puntos de vista que parecían irreconciliables. Jorge Orlando Melo, Eduardo Posada Carbó, Salomón Kalmanovitz se cuentan entre los columnistas que, dado el nuevo estado de ánimo, le apuestan al futuro de este diálogo. Y el escritor Héctor Abad Faciolince le ha hecho una crítica contundente en sus columnas y escritos a Uribe por su manifiesta intención de sabotear este intento de alcanzar la paz. 

No obstante el optimismo, los puntos que siguen en la agenda son muy difíciles y pueden aguar la fiesta. Las Farc insisten en que en el ítem de usos de la tierra puede caber todo el debate minero, a lo cual se opone el gobierno de manera contundente. También pretenden que las zonas de reserva campesina tengan autonomía política, lo cual difícilmente va a poder ser aceptado por Santos. Eso no significa que no puedan lograrse fórmulas intermedias. 

Otros puntos complejos serán los de verdad y víctimas. Especialmente porque las Farc creen que ellos no tienen que ser los únicos que deben sentarse en el banquillo de los acusados, sino que el Estado también debe estar allí para responder por temas como el exterminio de la Unión Patriótica y la creación del paramilitarismo. Y la justicia será sin duda un punto muy espinoso. Aunque hay sectores del establecimiento que se oponen a que los cabecillas de las Farc no solo queden libres sino que tengan la posibilidad de hacer política, va a tocar buscar fórmulas aceptables para las dos partes y para el país. Si es que eso es posible. 

El clima favorable con el que empieza este lunes una nueva ronda de conversaciones es alentador, pero puede cambiar de un momento a otro. De la Calle y Jaramillo lo repiten cada que pueden: “Nada está acordado hasta que todo esté acordado”.  

Sin embargo, hay razones objetivas para mantener la esperanza. Por lo menos la página del fin del conflicto ya no está en blanco. Y eso ya es algo.

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