Viernes, 20 de enero de 2017

| 2000/11/27 00:00

Vuelve el trapo rojo

El domingo quedó demostrado que el voto de opinión existe en Bogotá, que el conservatismo está por desaparecer y que el liberalismo está vivito y coleando.

Vuelve el trapo rojo

Si algo quedó claro en las elecciones del 29 es que el Partido Liberal se las ingenió para llegar al siglo XXI. Puede que fragmentado y caótico, pero su maquinaria electoral sigue funcionando y ya empezó a ganarse adeptos entre tanto desilusionado que va dejando el gobierno de Andrés Pastrana. Porque los resultados también fueron ungolpe al gobierno nacional.

Se vio además que cuando un gobernante independiente funciona los ciudadanos lo prefieren. Por eso, en Bogotá, fue Antanas Mockus quien ganó —no por barrida, como lo hizo en 1994— con un caudal que sobrepasó los 615.000 votos. Le sacó a María Emma Mejía, casi 10 por ciento de ventaja.

Proyectando los resultados del domingo a la puja por la Presidencia se podría predecir que la opción de Horacio Serpa está más viva que hace un año y que Noemí Sanín tiene en Bogotá su plataforma de despegue.

El gran hit para los liberales —y dicho sea de paso, golpe a las encuestas— fue su triunfo en Antioquia, donde hizo moñona: alcalde con Luis Pérez y gobernador con Guillermo Gaviria. Bastión conservador desde hace años, el pasado domingo este departamento castigó al gobierno que ayudó a elegir en 1998 y a sus amigos políticos conservadores.

En el caso de Noemí Sanín muestra que parte de sus votos independientes no se han esfumado: Antanas Mockus, su compañero del 98, se alzó con la reelección en la capital. Pero la ex canciller tendrá mucho camino por recorrer: Medellín se volvió roja liberal, Barranquilla se la llevó un médico respaldado por liberales oficialistas e independientes y Cali, donde ganó un locutor de radio, nadie puede saber hacia dónde apuntarán ni su apoyo ni los votos de quienes lo eligieron. Más que un voto de castigo a la clase política tradicional fue una acción desesperada de los caleños, que ven a su ciudad en la peor crisis de su historia.



Tres líneas

Desde que se pueden elegir alcaldes y gobernadores, hace 12 años, tres corrientes conviven en la política colombiana y casi que se han institucionalizado en las elecciones locales. La primera es la votación tradicional, que sigue mostrando una increíble resistencia para sobrevivir. Sobre todo el liberalismo, porque el conservatismo con esta elección casi desapareció. Ahora perdió la Alcaldía de Medellín y las gobernaciones de Antioquia y Boyacá, sus últimos bastiones. Sólo consiguió la del Valle con la reelección de Germán Villegas.

El liberalismo está, sin duda, disperso y fragmentado. Pero mutante, disfrazado de independiente, aliado con novedades, como sea, presentó la mayoría de los aspirantes y, al cierre de esta edición, se estaba llevando el 70 por ciento de las alcaldías, según dijo Luis Guillermo Vélez, del directorio liberal.

En Cundinamarca salió gobernador Alvaro Cruz, candidato oficial del liberalismo elegido por consulta, mientras que iba ganando en Nariño Parmenio Cuéllar, liberal no oficialista, apoyado por otro parlamentario veterano, Darío Martínez, aliado con los hermanos Antonio y Jorge Navarro, independientes.

En Boyacá el controvertido Miguel Angel Bermúdez, ex director de Coldeportes, parece revivir políticamente luego del escándalo por acoso sexual que significó su salida del ente regulador del deporte. Su triunfo fue otra conquista más del liberalismo.



Aventureros y cívicos

Otra línea política, o más bien antipolítica, que se está convirtiendo en tradición en la democracia colombiana es la de los ‘aventureros’. Son aquellos aspirantes que han derivado alguna popularidad del teatro, la radio o la televisión y se lanzan al ruedo sin ningún respaldo partidario ni propuestas concretas. Capitalizan el descontento de la gente con los políticos de clientela. Su hastío con la corrupción.

El caso más típico en esta elección es el de Jhon Maro Rodríguez, un locutor de radio que barrió en Cali. Le ganó no sólo a los liberales y conservadores de siempre, sino aun a los cívicos. La dramática situación de la capital del Valle, con crisis económica, escándalos de corrupción por doquier y con graves problemas de seguridad, es la única explicación del triunfo de Rodríguez.

Otro ejemplo de un caso exótico es el del aspirante al Concejo de Bogotá, el lustrabotas Luis Eduardo Díaz. Se inspiró en el personaje de Jaime Garzón, el embolador Heriberto de la Calle, y salió elegido concejal con una de las votaciones más altas: 18.000 votos.

Pero no hay que confundir a los espontáneos en el ruedo con los candidatos alternativos, que se presentaron con el respaldo de algún movimiento, organización o frente.

Esta vez fue el caso de Mockus. En el 94 era un aventurero, un antipolítico. Ya no. Ahora ya ha conformado un partido —y aunque no pudo avalarlo— tiene unas reglas de juego, candidatos a varias alcaldías y concejos municipales.

Los cívicos e independientes ganaron el premio gordo: Bogotá. Pero también sufrieron golpes bajos, como es el caso del aspirante a la Gobernación de Caldas Luis Alfonso Hoyos, quien pese a su brillante trayectoria perdía frente al liberal Víctor Renán Barco y el conservador Omar Yepes, quienes se unieron para vencerlo.

Las elecciones del domingo demostraron que el voto de opinión, independiente y libre, sobre el que construye Noemí Sanín su candidatura a la Presidencia, está consolidado en Bogotá, existe en Medellín —donde Sergio Fajardo, el aspirante cívico, sacó una votación mayor que la de Jaime Arrubla, ex secretario jurídico del presidente Pastrana, apoyado por Fabio Valencia Cossio—. En algunos departamentos como el Cauca, el candidato indigenista Floro Tunubalá, ganaba al cierre de la edición, en una hazaña, al derrotar a las maquinarias tradicionales. Hubo además sorpresas aisladas, como el candidato del movimiento de Ingrid Betancur que ganó en San Vicente del Cagúan, Néstor León Ramírez.

El desafío de Sanín será mantenerse como la candidata que recoge estas votaciones independientes y capitalizar adeptos entre los partidos tradicionales a medida que continúe el fraccionamiento partidista.

El liberalismo, si llega entero a la presidencial de 2002, sigue siendo fuerte y su maquinaria sigue sacando ganadores por todo el país. Por eso estas elecciones dejan a Horacio Serpa posicionado como una opción clara. La elección del 29 hace vislumbrar un futuro competido, con un voto de maquinaria liberal poderoso, fortalecido por el desgaste del gobierno, y uno de opinión, consolidado en Bogotá y disperso por el país, aún demasiado volátil.

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