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| 1/31/2014 12:00:00 AM

“Una mina en el Apaporis es como un pozo de aceite en la capilla sixtina”

Wade Davis, experto en la selva amazónica, alerta sobre el peligro de permitir la extracción de oro en el parque Yaigoje Apaporis.

Wade Davis es un aventurero. Para su trabajo como antropólogo y explorador de National Geographic ha visitado en el último año 17 países. Pero su primer y quizás más emocionante viaje, hace más de cuarenta años, fue a la Amazonía colombiana. Davis era entonces un joven estudiante de antropología de la Universidad de Harvard. Un día junto con un amigo puso a rodar un mapamundi. La idea era poner el dedo a ciegas y montar una exploración al lugar que le definiera la suerte. Su amigo lo hizo primero y le salió el Ártico, el después y el dedo quedó justo en la selva colombiana.

A las dos semanas Davis estaba ya en el país. Se internó en el corazón de la amazonia colombiana y estudió sus plantas y sus culturas. Atravesó numerosos bosques como el tapón del Darien a pie sin más ayuda que otros estudiantes como él. “Viví este país en un momento en que los colombianos eran libres para viajar a cualquier lugar”, cuenta Davis. Su experiencia en la selva está consagrada en el libro El Río, que es una especie de Biblia para todo el que quiera conocer los secretos de la jungla. “Ese libro realmente es mi carta de amor para este país”, agrega.

Davis es antropólogo, biólogo y tiene un doctorado en etnobotánica de la Universidad de Harvard. Actualmente tiene un proyecto con la revista National Geographic para caminar el mundo durante diez años. Esa revista lo nombró recientemente como uno de los grandes exploradores del milenio. Esta semana Wade Davis está en Colombia para el lanzamiento del libro Savia, un inventario botánico de todas las riquezas de la Amazonia colombiana realizado por el grupo Argos. SEMANA.COM habló con él.

SEMANA: Usted conoce colombiano mejor que los colombianos. ¿Cuándo vino por primera vez?

Wade Davis:
La primera vez que estuve en Colombia fue en 1968. Tenía 14 años y estuve ocho semanas con una familia colombiana cerca de Cali. En ese momento de mi vida, para mí fue una eternidad. Era bastante joven y el país me tocó mucho. A los 20 años volví otra vez para estudiar botánica. Me quedé en Colombia 15 meses, pero nunca dejé de andar: desde el Chocó hasta Vaupés, desde Leticia hasta la Sierra Nevada de Santa Marta, desde los llanos hasta el Uraba.

S: ¿Y al Amazonas cuándo llegó?

W.D:
Eso fue en 1974. Fui desde el bosque del alto Magdalena hasta el Chocó con un grupo de estudiantes de la Nacional. Bajamos de Sibundoy (Putumayo) hasta Puerto Asís. Yo soy antropólogo y me interesa sobre todo los derechos humanos de los indígenas alrededor del mundo. Colombia era muy interesante para mí en ese momento porque era el lugar en donde mi profesor (en Harvard), Richard Evans Schultes, había vivido allí 13 años y él es el botánico más importante en la historia del Amazonas. También me interesaba mucho porque este es el país más rico en el mundo en biodiversidad y me cautivaron tantas y tan diversas culturas, desde la Sierra Nevada hasta el Amazonas: Los makunas, los tanimukas, los arhuacos, los koguis, los paeces, los kankuamos…

S: ¿Y qué fue lo que le cautivó de esas culturas?

W.D: Ellos tienen una manera de ver el mundo muy interesante y unas creencias muy profundas. Entienden el bosque de una manera que muy pocos podemos entender. Hoy la ciencia ha llegado a entender que los mitos que ellos tienen son casi como un plan ambiental muy bien elaborado para explicar como un pueblo puede vivir en la selva de manera sostenible.

S: ¿Cómo explica que los indígenas del Amazonas hayan podido sobrevivir mejor que otras culturas indígenas que prácticamente ya se extinguieron?

W.D: Porque hasta hoy ellos tienen su propia tierra. Lo que pasó en Colombia en esa materia fue realmente increíble. Durante la presidencia de Virgilio Barco en los años 80, el país les entregó a las 57 comunidades indígenas de la Amazonía territorios inmensos, del tamaño del Reino Unido, para que ellos fueran sus dueños. Para los indígenas tener esos resguardos a perpetuidad es como un sueño. Ningún otro país ha logrado algo así.

S: Ya que habla de la tierra de los indígenas, esta semana la Corte Constitucional está debatiendo si es posible realizar una explotación de oro a cielo abierto en el corazón de la Amazonía, más exactamente en el Parque Yaigoje Apaporis. ¿Qué piensa usted de este tipo de proyectos?

W.D:
Yo soy de Canadá. Yo sé que los mineros canadienses están en todas partes del mundo. Pero incluso nosotros, los mismos canadienses, vivimos peleándoles porque ellos tienen ganas de poner una mina en cualquier lugar del planeta. El debate no es si debe haber o no minas, pero si cuántas, en dónde, con qué impacto ambiental y más que todo para quién. Hay sitios donde se puede poner una mina y hay sitios en los que nunca vale la pena hacerlo. Poner una mina para extraer oro en un río como el Apaporis que es un río sagrado para todos los grupos indígenas del Amazonas es como poner un pozo para sacar aceite en la capilla sixtina. ¡Es ridículo! ¡Es terrible! Y más porque quienes tienen derecho sobre esa tierra son las comunidades indígenas.

S: ¿Y qué impacto tendría luego una explotación de oro en un esas comunidades indígenas?

W.D: Tenemos una idea, casi un cliché de que las minas traen trabajo, el trabajo trae sueldos y los sueldos siempre ayudan a la gente, pero no es verdad. Muchas veces cuando un pueblo indígena recibe esos trabajos y a su vez plata vienen muchos problemas.

S. ¿Parece obvio, pero por qué cree que Colombia debería luchar por conservar sus culturas indígenas?

W.D: Porque es una parte fundamental del patrimonio del país. Al mismo tiempo porque la naturaleza de Colombia es muy importante para el mundo entero, es un país que todavía tiene bosques naturales, que tiene de todo…. Sus grupos indígenas no son comunidades ancladas en el pasado sino gente que vive en el presente con sueños, ideas y conocimiento. Ese conocimiento es muy importante para los colombianos y sobre todo para la humanidad. Lo increíble con Colombia es que el país ya está entendiendo la importancia de su patrimonio. Durante los años 70 cuando yo viajaba a la Sierra Nevada, unos amigos me preguntaban por qué me gustaba ir a vivir con la gente sucia. Eso era lo que pensaba la gente en esa época. Y ahora, uno ve que los últimos cinco presidentes colombianos han hecho un viaje a la Sierra para honrar a sus hermanos mayores. Esto es un cambio profundo en la conciencia del país.
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