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| 5/24/2015 8:00:00 PM

“A cada congresista lo comprábamos con 5.000 dólares”

William Rodríguez Abadía detalla en un libro la más explosiva e impactante revelación de la penetración de la mafia en el congreso. 'No elegí ser hijo del cartel' se publica esta semana.

“Durante ese tiempo, muchos políticos pasaron por mi mano y hasta tuve la osadía de ingresar al edificio del Congreso con un maletín con varios miles de dólares para garantizar las votaciones que nos favorecieran”. Esta frase resume el papel corruptor que jugó William Rodríguez Abadía a mediados a los años 90, después de que su tío Gilberto y su padre Miguel, los poderosos capos del cartel de Cali, fueron capturados por la Policía.

Esta y otras revelaciones están contenidas en el libro No elegí ser el hijo del cartel, en el que Rodríguez Abadía se refiere a numerosos temas, entre ellos su azarosa relación con su padre, la financiación de la campaña presidencial en 1994, la guerra con Pablo Escobar, el proceso 8.000, la corrupción en el Congreso y la Fuerza Pública, los Pepes, y su negociación con Estados Unidos.

En 16 capítulos y 268 páginas, el heredero del poder de los capos de Cali relata que no tuvo otra opción que asumir la defensa de su padre y su tío a finales de 1995, y emprender la protección del emporio financiero y económico que ellos montaron en dos décadas de carrera delictiva.

Así, William Rodríguez se encargó de impedir que el Congreso aprobara leyes –sobre enriquecimiento ilícito y extinción de dominio- que afectaran los intereses económicos de la familia. En otras palabras, se convirtió en un corruptor del Congreso. Para hacerlo –describe en el texto- contó con la ayuda de los congresistas Marta Catalina Daniels, Jairo Chavarriaga y Carlos Oviedo Alfaro.

Según relata en uno de los capítulos, él personalmente le entregó 50.000 dólares al representante Heyne Mogollón para absolver al entonces presidente Ernesto Samper en la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes. También asegura que le dio 100.000 dólares al congresista Jorge Tadeo Lozano (quien falleció hace un par de años), ponente de una ley sobre enriquecimiento ilícito, para que la norma no tuviera aplicación retroactiva, sino hacia el futuro.

Es muy descarnada la manera como Rodríguez describe su papel en el recinto del Congreso: al congresista que se limitaba a votar, le daba 5.000 dólares; si uno de ellos conseguía más votos para bloquear una ley, le daba 15.000 y si era un destacado orador, 50.000 dólares.

En otros apartes del libro, William Rodríguez se refiere a la muerte de Pablo Escobar. De acuerdo con su relato, pocos días después de que el jefe del cartel de Medellín fue abatido, el Bloque de Búsqueda recibió diez millones de dólares ofrecidos por los capos de Cali.

Con respecto a los equipos de intercepción telefónica con los cuales fue localizado Escobar, Rodríguez sostiene que su papá y su tío los donaron al bloque de búsqueda. “Tiempo después, el general Hugo Martínez Poveda, padre del oficial que manejaba los equipos de intercepción, aportó el facsímil de la supuesta donación de esos aparatos por parte del gobierno francés. Pero no tuvo en cuenta que el documento había sido fechado seis meses antes de la muerte de Escobar, y que esos mismos equipos fueron usados en la localización del “Mexicano”, tres años atrás. En aras de la verdad que se pretende con este libro es necesario aclarar ese punto”.

Según el hijo de Miguel Rodríguez, a finales de 1993, tras la muerte de Escobar, su padre y su tío sufrieron un cambio: se creyeron los todopoderosos del país. En la fiesta de año nuevo alguien le preguntó a Miguel qué pedía para 1994 y él respondió sin dudarlo: “Poder, más poder”.

Por aquellos días William se casó con su actual esposa, después de que ella quedó embarazada. Organizaron una gran fiesta y acordaron que Miguel y Gilberto asistirían a la recepción, pero el lugar solo se conocería horas antes por razones de seguridad. Aun así, entró en funcionamiento todo un entramado de protección: desde el bloque de búsqueda de Cali les avisaban cualquier movimiento de tropas; desde el aeropuerto de Palmaseca, los movimientos de aviones y helicópteros; y varios grupos de guardaespaldas vigilaban la autopista y todos los sitios aledaños al club el Remanso, donde fue la boda.

Pero sucedió algo digno de El Padrino: la fiesta en realidad no era para celebrar el matrimonio de William y María. Miguel y Gilberto, sentados en mesas diferentes con sus esposas, eran saludados por los invitados primero que los novios. Personajes de la política, la vida social y la mafia asistían al reconocimiento público de ellos como jefes de jefes de la mafia colombiana. Furioso, William recriminó a su papá y le dijo que respetara su boda.

El libro No elegí ser el hijo del cartel también revela nuevos detalles de la financiación de la campaña presidencial en 1994. Dice que el cartel de Cali dio en realidad 10 millones de dólares, no solo en la segunda vuelta, y no solo seis, como se ha dicho siempre. Fueron cuatro en la primera y seis en la segunda.

Los Rodríguez dispusieron un avión 24 horas para que el periodista Alberto Giraldo trajera y llevara razones de Cali a Bogotá y viceversa. En ese avión viajaron Giraldo, el tesorero Santiago Medina y alias el Ovejo, un hombre de confianza de Miguel, para transportar el dinero aportado por el cartel. Cuando no logró ganar en la primera vuelta, Samper envió mensajes urgentes pidiendo ayuda financiera.

William Rodríguez también da cuenta de un par de reuniones que sostuvo con el exministro de Defensa Fernando Botero, quien estaba detenido en la Escuela de Caballería del Ejército en el norte de Bogotá. Al primer encuentro asistieron él, el congresista Jairo Chavarriaga, un hombre conocido como ‘el Gordo’ y el entonces ministro del Interior, Horacio Serpa. La charla, según Rodríguez, tenía como fin convencer a Botero de mantener su silencio en torno a la financiación de la campaña. A cambio, los capos de Cali se comprometían a hundir una ley sobre enriquecimiento ilícito que cursaba en el Congreso y que de ser aprobada afectaría inicialmente a Botero.

Pero la ley fue aprobada y Botero citó nuevamente a William en la Escuela de Caballería y le dijo que iba a contar todo. Era el 19 de enero de 1996. Botero le insinuó que le pidiera a Miguel Rodríguez que respaldara la versión que daría porque era lo mejor para el país. William se reunió de inmediato con su padre y su tío y éstos se negaron a respaldar a Botero. William les sugirió por primera vez negociar con EE. UU. pero ellos dijeron que no porque en el fondo esperaban que Samper cumpliría su palabra. Tres días después se produjo la fallida confesión de Botero con Yamid Amat.

Parte importante del texto de Rodríguez –quien hoy vive libre con su familia en EE. UU. luego de pagar cinco años de cárcel- tiene que ver con la guerra entre Escobar y los capos de Cali.

De acuerdo con el relato, el choque entre los dos carteles fue desencadenado por el asesinato en EE. UU. del Negro Luis, un trabajador de Escobar que robó un cargamento de coca de Pacho Herrera, pero uno de sus trabajadores lo mató. Escobar exigió la entrega del empleado pero el cartel de Cali en pleno se negó.

El comienzo de la guerra era inminente y por eso los Rodríguez contrataron al ingeniero Canaro para hacerle inteligencia en Medellín tanto a la familia como a los lugartenientes de Escobar. Un allanamiento demostró que Escobar no se había quedado quieto y también había ordenado seguimientos a las familias y a los cuatro capos de Cali. El primer golpe de Escobar era inminente y por eso se adelantaron al detonar un carro bomba en el edificio Mónaco –donde vivía la familia Escobar- en enero de 1988.

Capítulo aparte del libro de William Rodríguez es el club América de Cali. En 1979, Miguel Rodríguez regaló tres jugadores al club: los paraguayos Juan Manuel Battaglia y Gerardo González Aquino y el argentino Carlos Alberto Gay. Ese año contrataron a Gabriel Ochoa y por primera vez América quedó campeón. Miguel se hizo mecenas del equipo y trajo a Willington Ortiz, Ricardo Gareca, Roberto Cabañas, Julio César Uribe, César Cueto y muchos más. Así consiguió cinco títulos en línea y tres subcampeonatos de la Libertadores.

En 1989, William entró al América a manejar las divisiones inferiores y en 1995 tras la captura de su padre asumió el manejo del equipo profesional. En 1997 contrató al ‘Chiqui’ García, pero Miguel se opuso porque lo asociaba al ‘Mexicano’ y a Millonarios. Finalmente aceptó y ese año quedaron campeones en Colombia y otra vez subcampeones en la Libertadores. Pero Miguel insistió en sacar al ‘Chiqui’ y William renunció a manejar el equipo, desencantado por el comportamiento de su padre.

Dos años después y después de fracasar con Diego Umaña, William asumió el manejo del equipo, con Jaime de la Pava, con quien ganó dos campeonatos nacionales y la copa Merconorte. Pero nuevamente Miguel se atravesó en sus planes y William renunció en forma definitiva. Logró cuatro títulos nacionales, dos subcampeonatos, la copa Merconorte y el subcampeonato de la Libertadores.
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