Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1999/12/20 00:00

¿Y DESPUES DEL 2000?

Comienza ya el tercer milenio? ¿Qué retos trae para la humanidad? Prólogo del escritor <BR>Fernando Savater al libro 'Los desafíos del nuevo milenio' de la Editorial Aguilar.

¿Y DESPUES DEL 2000?

Antes de intentar hablar de las singularidades de nuestro presente o de los cambios
que podría traer el futuro, mencionemos al menos una constante del pasado que sigue perviviendo hoy
y que sin duda durará tanto como nosotros mismos: la de que nada impresiona tanto a los humanos
como sus propias convenciones. El hombre primitivo prefería enfrentarse a cualquier fiera antes que
profanar la tierra sagrada donde enterraba a sus muertos; en el Japón clásico, cometer una torpeza
involuntaria en el protocolo de una recepción podía desembocar en suicidio (no nos riamos,
porque la guerra de Troya fue motivada por algo tan "convencional" como un adulterio); una falta de
ortografía o una equivocación trivial en los tiempos verbales basta hoy para descalificar
socialmente a cualquiera; en la época de Franco (en España), la censura prohibía con fervor que una
mujer blanca mostrase públicamente sus senos aunque admitía que en documentales más o
menos folclóricos apareciesen mujeres negras desnudas de la cintura para arriba (si no me equivoco,
Juan Pablo II también expulsa de la basílica de San Pedro a las mujeres demasiado escotadas pero
bendice a las que con muy sucinta indumentaria le dan la bienvenida en sus visitas pastorales a
Africa... para luego, eso sí, recomendarles no utilizar la píldora anti-baby). Hay gente capaz de
envenenar a su vecino pero que temblaría ante la posibilidad de eructar ruidosamente en un concierto
de Mozart. Por no hablar de la convención fundamental de la modernidad, el dinero: individuos que
poseen más de lo que podrían gastar en diez vidas se consideran "felices" si aumentan su capital y se
ponen "tristes" si lo ven disminuir por poco que sea... Las convenciones cronológicas despiertan
especial inquietud. Incluso las personas con menos prejuicios hacen interiormente propósitos
constructivos cada Año Nuevo o se sienten notablemente más ancianos el día que cumplen
cincuenta años que la víspera. ¡Y ahora nos acercamos a un nuevo milenio! El año mil estuvo marcado
por múltiples espantos prospectivos (la tesis doctoral de Ortega y Gasset versó precisamente sobre
"Los terrores del año mil") y el dos mil, aunque en tono menos apocalíptico, también va a llegar
rodeado de profecías, sobresaltos, augurios de bienaventuranza o negros indicios decadentistas.
Desde luego, parece que en esta ocasión hay más de espectáculo comercial (¡vender nuevo milenio es
buen negocio!) que de teología en el asunto. Incluso hay más tecnología que otra cosa, lo cual no
tiene nada de extraño puesto que la tecnología es hoy la heredera más directa de los fervores
teológicos del ayer: el nuevo jinete del apocalipsis es la alteración de los ordenadores por un cambio
de dígitos para el que sus programadores no les habían preparado... Pero sea como sea, la convención
sigue imponiéndose y tres ceros en el calendario nos parecen un augurio más significativo o más
inquietante, en cualquier caso más digno de atención, que el hecho ya sabido de que mil trescientos
millones de seres humanos intentan vivir hoy mismo con un ingreso inferior a un dólar diario. ¡Por lo
visto no hay realidad capaz de emocionarnos tanto como las ilusiones normativas establecidas por
nosotros mismos... tal como el niño que juega a disfrazarse de vampiro se asusta al verse
casualmente en el espejo! Por tanto, reverenciemos otra vez la convención y sintámonos
convencionalmente preocupados ante el cambio de milenio. La primera reflexión (y sin duda la más
trivial) es que la convención misma no parece estar demasiado clara. ¿Debemos sentir la especial
conmoción milenarista el uno de enero del año dos mil o un año más tarde, al comenzar el año dos mil
uno? En un largo milenio la verdad es que trescientos sesenta y cinco días no cuentan demasiado,
pero en la vida de un ser humano no son magnitud desdeñable. Y no quisiera yo preocuparme con
excesiva antelación o con tanto retraso... Como otras disputas meramente convencionales, la que
enfrenta a los milenaristas del dos mil con los milenaristas del dos mil uno es a la vez apasionada e
insoluble, según ha demostrado con erudición y humor Stephen Jay Gould en un libro (Millenium)
dedicado al caso. Los partidarios del dos mil uno cuentan con los argumentos más doctos y con los
abogados más insignes, de Rafael Sánchez Ferlosio a Arthur C. Clarke. Resulta por lo demás evidente
que si uno tiene mil pesetas (mejor dicho: mil euros) no se quedará del todo sin dinero cuando se haya
gastado novecientas noventa y nueve, sino cuando logre invertir las mil unidades monetarias. Y
comenzará a derrochar su segundo millar al gastarse la peseta (¡o el euro!) 1.001, la cifra predilecta de
Sherezade. Pero no es tan fácil zanjar el asunto, porque en cambio los años de nuestra vida los vivimos
a partir de cero, no a partir de uno. Nos sentimos abrumados por los cuarenta o los cincuenta el
día que los cumplimos, no cuando ya han transcurrido y cumplimos cuarenta y uno o cincuenta y uno.
En las biografías, es el cero el que marca la entrada en una nueva época. Y resulta que la convención
de los siglos o los milenios tiene más que ver en nuestra imaginación con lo biográfico que con
cualquier otro respetable aspecto de nuestro sistema de pesas y medidas. De modo que apuesto por
la victoria final en el imaginario colectivo de los tres ceros del dos mil. Creo que los partidarios del
2001 son mejores matemáticos pero peores sicólogos... Sigamos adelante. Ortega y otros muchos
hablaron de los terrores del año mil. Ahora por todas partes oímos discutir sobre los temores o al
menos las preocupaciones del año dos mil. Un poco más adelante ofreceremos un somero
catálogo de tales disturbios poco o mucho conjeturales. Antes, otra cuestión previa: ¿por qué se
trata ante todo de sobresaltos, amenazas y negros presagios? ¿por qué no oímos prioritariamente
celebrar las conquistas y los logros de nuestro milenio? Es innegable que algunos beatos
conmemoran llegado el caso con ingenuo entusiasmo la invención de la imprenta, la abolición de la
esclavitud, la Declaración de Derechos Humanos, los viajes espaciales o lnternet. Pero son
escuchados por la mayoría con conmiseración, impaciencia y _si insisten demasiado_ con franca
irritación. ¿Cómo se atreven? ¿Es que acaso no ven los males atroces del mundo en que vivimos
ni son capaces de vislumbrar los escalofriantes síntomas del empeoramiento que nos acecha? Desde
luego nadie mínimamente sensato y por tanto sensible al dolor y la injusticia puede estar
realmente satisfecho del mundo en que le ha tocado vivir. Pero esta constatación es igualmente válida
para cualquier siglo y cualquier época. La nuestra es indudablemente mala pero no por cierto peor
que otras, aunque lógicamente nosotros estemos mucho más familiarizados con sus deficiencias y
espantos que con los del pasado. Habrá quien arguya, no sin buenas razones, que quizás antaño se
confiaba más en una justicia divina capaz de compensar en otra vida las miserias de ésta, al menos a
quienes lo mereciesen: una fe tan consoladora como hoy universalmente debilitada. Y sin embargo
también en el cristianísimo año mil prevalecieron aparentemente los terrores sobre las
esperanzas... Otros señalan, no menos fundadamente, que es la noción misma del progreso _esa
versión laica de la Providencia_ la que ha entrado detinitivamente en quiebra tras un efímero reinado
que se extendió desde finales del siglo XVIII hasta la primera gran guerra mundial. Y sin embargo,
según han documentado historiadores como Jean-Pierre Rioux y otros, tampoco el último cambio de
siglo ni el anterior dejaron de estar presididos por notables voces de alarma. Por cierto que los vigías
que alertaban sobre los nubarrones venideros a finales del XIX previnieron contra horrores tan veniales
como la moda de incinerar los cadáveres o contra ideólogos tan escasamente atroces como los
neokantianos (Rioux dixit), pero no vislumbraron la amenaza del nacionalismo o del racismo, que
habían de traer dos guerras mundiales y el exterminio de millones de inocentes. Apliquémosnos la
lección, ahora que intentamos profetizar las peores sombras que nos aguardan a la vuelta del dos
mil. ¿Por qué somos más sensibles a los males que suponemos próximos que a los bienes de los
que ya disfrutamos? No forzosamente porque éstos sean más escasos o menos relevantes que
aquéllos. Más bien se diría que es la propia condición activa del ser humano la que le obliga a
concebir siempre la realidad existente como un fiasco que debe ser corregido y no como un milagro
que debe ser exaltado. Lo que está bien nos hace pararnos (por ejemplo, Alain señaló que "la belleza
no es lo que nos gusta ni nos disgusta sino lo que nos detiene") mientras que lo malo nos acicatea,
nos estimula, nos convoca, nos mantiene en marcha. Las imágenes recordadas de la Divina
Comedia son las correspondientes al infierno y al purgatorio, punzantemente perturbadoras porque se
trata de sufrimientos contra los que la iniciativa humana nada puede emprender. Nadie llama "
dantescas" a las imágenes de contento y beatitud, de modo que el paseo del poeta toscano por el
paraíso ha dejado sin duda menos huella. Quizá la mejor explicación del fenómeno la ofrece una de las
voces menos conformistas de nuestra época, la del muy heterodoxo sicoanalista y pensador Thomas
Szasz: "En la eterna lucha entre el bien y el mal, el bien tiene una irreductible desventaja: no tiene
futuro, mientras que el mal sí. Como los humanos estamos fundamentalmente orientados
hacia el futuro, tenemos un insaciable incentivo para ser orientados por el mal en todas sus formas,
esto es por la culpa y el arrepentimiento, la pobreza y la estupidez, el crimen, el pecado y la
locura. Cada uno de estos daños es susceptible, al menos en principio, de ser remediado o corregido
de una forma u otra. Pero ¿qué puede hacer una persona con lo que está bien salvo admirarlo? El bien
frustra así precisamente esa ambición 'terapéutica' en el alma humana que el mal satisface tan
perfectamente. Por tanto lo que Voltaire debería haber dicho es que si no hubiese diablo, habría que
inventarlo"

Al mirar hacia el futuro, es por tanto casi inevitable que sea la denuncia o premonición de los males lo
que prevalezca sobre la celebración de los bienes. ¿Cuáles son los que hoy cara al mañana más nos
breocupan? Por lo general las sombras siniestras que se alargan desde el presente hacia el mediato
porvenir suelen dar por parejas opuestamente amenazadoras. La mayoría de los que tocan a rebato
contra no de los perjuicios previsibles permanecen tenazmente ciegos ante el otro, denunciado con no
menor brío por quienes en cambio no reputan como temible el fantasma anterior. De modo que la
mayoría de nuestras Ca sandras son hemipléjicas. Sal vemos al no tan reducido número de quienes
olvidadizos, inconsecuentes o partidarios de los dilemas agónicos tanto nos previenen hoy contra uno
de los extremos malignos como mañana alertan no menos urgentemente ante la inminencia de su
contrario. Por decirlo del modo menos comprometido frente a los denunciantes y más comprometedor
frente a lo denunciado, puede que todos tengan su parte de razón. ..
La amenaza numero uno incluye dos espectros antagónicos: por un lado la homogeneización universal
como consecuencia de la llamada mundialización y, por otro, la creciente heterofobia que convierte
cada diferencia humana en pretexto de hostilidad o exclusión. Por culpa de la primera, el mundo se va
uniformizando y por tanto empobreciendo, desaparecen las diferencias que constituyen la sal cultural
de la vida, por mucho que viajemos siempre encontramos los mismos programas de televisión y los
mismos anuncios de refrescos, nos dirigimos a marchas forzadas hacia un "hamburguesamiento"
cósmico, etcétera... Por culpa de la segunda, aumentan los desmanes del racismo, la xenofobia, el
nacionalismo y la intolerancia religiosa. Crece la hostilidad al mestizaje, principio fecundo de las
edades de oro culturales y de toda innovación (hasta de nuestra vida misma: la reproducción sexual a
diferencia de las mitosis clónicas de organismos inferiores impone un mestizaje genético obligado). Se
mitologiza hagiográficamente lo originario, lo puro, las raíces; la autodeterminación se convierte en un
pretexto para que una parte de la población determine "quién" debe vivir y "cómo" debe vivirse en un
territorio determinado; se decretan identidades culturales y se las acoraza frente a las demás,
etcétera...
La segunda pareja antitética de espantos pudieran formarla, por un lado, la proliferación ciegamente
destructiva del terrorismo, y por otro, el establecimiento agobiante de un orden mundial con su capital
en Estados Unidos y el pensamiento único neoliberal como dogma ideológico. En el primero de los
casos, gracias a la sofisticación y manejabilidad cada vez mayores de las armas de destrucción
masiva, las sociedades democráticas se encontrarán a merced de fanáticos que practican no sólo una
violencia "instrumental" destinada a conseguir lo que quieren si no ante todo "expresiva" cuyo fin es
afirmar trágicamente lo que son, los cuales, a fin de cuentas, terminarán por lograr literalmente imponer
lo que quieran ser... o por no dejar títere con cabeza. Esta es la perspectiva de perpetua guerra civil de
la que nos previno Hans Magnus Enzesberget o el mundo que se resigna a la generalización del
asesinato en cadena, según el irónico cuadro dibujado por el autor de cienciaficción Stasnilaw Lem en
su trágicamente divertida novela El congreso de fiçturología. En el extremo opuesto, están quienes
advierten el posible triunfo de un control mundial manejado por el omnímodo poder oligárquico de
quienes representan los intereses de los más privilegiados aquellos que disponen de la información, la
propaganda, los medios electrónicos de vigilancia de las vidas privadas y los más feroces elementos
punitivos de represión colectiva. También de la legitimación para actuar: ayer la rebelión era un pecado
contra el poder emanado de Dios, mañana puede convertirse en un crimen contra la humanidad...
según lo entiendan quienes hablan en su nombre y decida el gendarme universal que desde
Washington castiga o sostiene tiranos siempre en beneficio propio.
La tercera plaga enfrenta la dualidad entre la creciente multitud de los miserables, a la vez dignos de
compasión y objeto de temor por su vehemencia reivindicativa, y la extensión cada vez más general del
bienestar sin alma de una abundancia consumista que convierte a sus supuestos beneficiarios en
meros "compradores" o "usuarios" desprovistos de sosiego espiritual. Según la primera y alarmante
perspectiva, se va haciendo más ancho el abismo que se abre en el mundo finisecular entre los pobres
y los ricos. A quienes no tienen casi nada les resulta más fácil perder eso poco que conseguir algo
má$ porque la riqueza ya no sólo es cuestión de dotes personales ni de falta de escrúpulos sino
también de poseer la información adecuada en el momento adecuado... para lo cual hay que estar
enchufado en la red comunicacional pertinente. La multitud de los miserables pone su esperanza en
llegar a acercarse a los lugares donde es posible medrar un poco y recibir cierta protección social, por
lo que se desborda invasora hacia los países más pudientes. En cambio, la inquietud opuesta profetiza
la metástasis de un irrefrenable supermercado planetario en el que cada cual obtendrá más y más
productos pero disfrutará de menos y menos alma, sentimiento, solidaridad, compañía comprensiva...
hasta que llegue a quedar definitivamente anestesiada, a fuerza de "cosas" poseídas, la capacidad
humana de rebelarse contra la embrutecedora acumulación: ¡el agobio del ser por el tener o, mejor
dicho, por el adquirir!
Cuarto dilema atroz: por una parte, las pandemias contagiosas de diferentes plagas ligadas a un uso
vicioso de la libertad individual, desde el sida y la droga hasta la adicción estupidizante a la pequeña
pantalla de la que recibimos órdenes y estímulos; por otra, la imposición obligatoria de cierto tipo de
"salud" pública física o mental por un paternalismo despotico que se considera autorizado para
establecer lo que ha de sentar bien a cada cual.

La primera denuncia la perversión de lo humano por promiscuidad, pedofilia, la droga que todo lo
corrompe o la televisión que todo lo hipnotiza. Nuestros cuerpos están amenazados por los mani-
puladores síquicos a través de la vía libidinal, química o catódica, favorecidos por medios que rebasan
todas las fronteras y son difícilmente controlables. La segunda insiste en que gubernamentalmente sólo
se entiende la vida como mero "funcionamiento" genérico de acuerdo con patrones de ortodoxia
productiva y no como "experimento" personal. Así se pretende establecer de antemano un catálogo
universal de "vicios" que han de ser extirpados por todos los medios, incluidos la eugenesia y la
restricción supuestamente bien intencionada de la libertad de cada cual, de modo que sólo lo
certificado como "sano" tenga socialmente derecho a existir. En algunos casos, siendo quizás el más
evidente la cruzada contra las drogas, las contraindicaciones del remedio se demuestran peores que
cualquier supuesta enfermedad...
Este catálogo de amenazas contrapuestas podría sin duda extenderse aún bastante, incluyendo
lúgubres perspectivas ecológicas o demográficas, etcétera... Todos los casos mencionados (y otros
semejantes que añadiésemos) comparten dos características: primero, la de no ser cada uno de
ambos extremos tan incompatible con el otro como pudiera creerse a primera vista. Quizá sean en
cierto modo complementarios y uno de ellos nazca precisamente como reacción exagerada contra su
inverso. En segundo lugar, lo que se contrapone en todos los ejemplos es, por un lado, la pretensión de
establecer pautas comunes universales que garanticen cierta armonía entre las sociedades
ultramasificadas, y por otro, la exasperación de lo diverso y particular, que reivindica la irreductible
variedad de las formas de entender lo humano. Por un lado los peligros de la excesiva variedad, que
impide la armonía y alimenta los antagonismos; por otro los de una hegemonía que impone el beneficio
o los ideales de unos cuantos a costa de todos los demás. ¿Pueden intentarse propuestas que
favorezcan la reconciliación de intereses a tan gran escala? Supongo que en eso consiste la principal
tarea política y aun ética que deberemos afrontar a comienzos del nuevo milenio.
Permítanme una breve digresión sobre el fundamento de la concordia entre seres pensantes. En las
disputas científicas o filosóficas el entramado causal de la realidad física, lo que llamamos el "mundo
exterior", es a fin de cuentas el arbitraje decisivo entre las diversas teorías propuestas. Por muy
posmoderna que sea nuestra perspectiva y por más flexibles o relativos que sean nuestros criterios de
verificación, la última instancia sigue siendo la adecuación o no de lo que profesamos con la terca
realidad. Sólo las descripciones que se parecen al mundo logran funcionar en él. Pero, en cambio,
cuando se trata de valores éticos o políticos (y desde luego también hay valores políticos, más allá de
la simple apetencia de conquistar el poder y conservarlo a toda costa) falta ese último tribunal de
apelación: en el terreno moral no hay algo análogo a la causalidad física o al "mundo exterior", aunque
muchos moralistas postulan un arbitraje semejante acudiendo a Dios del que sabemos poco o a la
Naturalezae cuyos propósitos normativos conocemos aun peor. Como bien ha señalado Bernard
Williams, cuando la pregunta es "¿,qué debo creer?" ~. (por ejemplo, sobre la altura del Mont Blanc o
acerca de si el estroncio es un metal) cabe una respuesta en tercera persona basada en la realidad
física; pero en lo tocante a la razón práctica, es decir a la pregunta " ¿qué debo hacer?", sólo puedo
ofrecer razonamientos en primera persona que justifiquen mis motivos de actuar. Tales
argumentaciones también procuran apoyarse en lo real aunque siempre de un modo mucho más
aleatorio que en el caso de las ciencias; busco ganarme las adhesiones razonables de mis
interlocutores pero no puedo aspirar salvo superstición, es decir, salvo imponer una estructura valorativa
arbitraria universal a un árbitro objetivo y no meramente intersubjetivo que zanje suficientemente la
disparidad de criterios. En los valores no todo es meramente relativo pero nada resulta inequívocamente
absoluto: el mejor razonamiento en este campo nunca excluye sino que toma en cuenta, tras el debido
debate, las razones del otro.
Tras declarar este planteamiento, voy a atreverme a proponer ciertas orientaciones sobre la forma de
afrontar en la práctica los temores convencionales que marcan el cambio de milenio. Creo que todas
las culturas, desde la más primitiva hasta la tecnológicamente más desarrollada, tienen dimensiones
que las cierran sobre sí mismas hasta llegar a blindarlas frente a las otras (la acertada expresión es de
Giacomo Marramao). La proclamación defensiva o agresiva de "identidades culturales" responde a este
repliegue belicoso, siempre basado en el neurótico esquema entre lo "nuestro" y lo "ajeno", lo "propio"
y lo "impropio", etcétera... Pero las culturas no tienen como única función identificar a los miembros de
un grupo: también sirven para desarrollar idiosincrásicamente lo que no pertencece a ningún grupo en
concreto, aquello que nos identifica con lo distinto y no só lo con lo próximo y lo igual; en una palabra,
lo que nos abre a la pluralidad universal de lo humano. En cada cultura, la superstición, el capricho o el
afán de rapiña alejan de los otros, pero la creación artística, el conocimiento científico o la compasión
moral nos aproximan al resto de nuestros congéneres. Podemos llamar "culta" a la persona que
conoce blen su propia tradición cultural y quizá los rasgos importantes de algunas más; pero sólo es
"civilizado" quien desde su propia cultura o desde varias aspira a reconocer, fomentar y reconciliar lo
que tienen en común todos los seres humanos. Las culturas y subculturas son y deben ser, tal es su
encanto voluntariosamente distintas; pero la civilización humana ya no puede ser más que una en lo
esencial, y tal vez en ello estriba lo más noble de la por tantas otras razones sospechosa
"mundialización". Posiblemente, el reto del próximo siglo (me resisto a hablar del próximo milenio,
porque mil años no me parecen medida adecuada para proyectos humanos... ¡sólo la inhumanidad de
los nazis pretendió un Reich de mil años!) consista en potenciar la civilización a partir de cada una de
las culturas y no cada cultura en detrimento de la común civilización...
Hay un vínculo estrecho entre civilización y ciudadanía, entendida como el derecho de cada persona a
su autonomía, inviolabilidad y dignidad propia, sea cual fuere su origen étnico, su nacionalidad, su
sexo, su comunidad cultural de pertenencia. No es que la civilización exalte a los individuos como
independientes de sus grupos culturales, sino que entiende tales grupos a partir de los individuos que
los forman y a éstos como nunca del todo reducibles a sus rasgos de identificación colectiva. Tal es
precisamente el sentido de la Declaración de Derechos Humanos, cuya prueba de fuego estriba en
reconocérselos no a los compatriotas o a quienes nos son más próximos y parecidos, sino al que viene
de fuera: al inmigrante, al exiliado, al apátrida, al distinto y distante, a quien no tiene el respaldo de su
afiliación a un país poderoso sino sólo su pertenencia inerme a la humanidad que los demás han de
confirmarle. Sin duda, los derechos humanos implican una concepción de lo social profundamente
subversiva de prejuicios atávicos y modos de pensar tradicionales.
Sus críticos los consideran meramente una imposición imperialista del etnocentrismo occidental y
reivindican el derecho frente a ellos a la autoafirmación de colectivismos tribales, olvidando que en su
raíz revolucionaria (se impusieron por primera vez en América gracias a una sublevación y en Francia
tras cortar la cabeza a un rey) esos principios univer salistas también subvirtieron a los viejos
regímenes europeos y siguen hoy subvirtiendo cuando se los reclama de veras el propio tribalismo
consumista, acumulativo, depredador y excluyente del modelo occidental de sociedad.
Un mundo de ciudadanos no es meramente un conjunto de tomos regidos por el principio
seudodarwinista de la ley del más fuerte sino un campo abierto en el que las determinaciones
tradicionales influyen pero no constriñen hasta la asfixia. Un pensador actual (Z.Bauman) habla de una
pluralidad de hábitats de significados personales que se solapan y coexisten denlro de cada una de las
áreas culturales y cuya proliferación armónica podría ser precisamenle la cifra de esa civilización a la
que aspiramos. Por supuesto desde la vieja democracia ateniense sabemos que no puede haber
ciudadanía efectiva sin un mínimo económico garantizado: la miseria sin remedio ni esperanza convierte
a las democracias en parodia y a los ciudadanos en esclavos o marionetas. Por muy personal e
individual que sea la iniciativa que enriquece a los unos, la creación misma de abundancia es un
proceso social del que nadie debe verse plenamente descartado por sus circunstancias personales o
por las exigencias del mercado. De modo que la exigencia de una renta básica de ciudadanía, un
ingreso mínimo común garantizado a todos como un derecho y no como forma de caridad, es uno de
los objetivos irrenunciables dc la civilización venidera. Permitiría además que cada cual regulase de
acuerdo con sus preferencias su entrega a la productividad y al ocio, favoreciendo el reparto del trabajo
que en muchos países aparece como la única alternativa digna imaginable (frente a la aniquilación dc
las garantias sociales y la degradación de la mano de obra) ante el paro endémico de las sociedades
altamente industrializadas.
Una última indicación: hablar del futuro de las culturas y dc la civilización implica, necesariamente,
hablar de educación. Mientras millones de niños en todos los continentes carezcan de los elementos
básicos del conocimiento laico y racional, mientras crezcan desatendidos por sus mayores,
abandonados a su suerte o aún peor -utilizados como minisoldados, como mano de obra barata, como
esclavos del placer de adultos sin escrúpulos-, la civilización seguirá siendo un sueño impotente o una
vil coartada para que las multinacionales extiendan la red de sus negocios. Y esa es la sombra más
oscura que lanza sus tinieblas sobre el nuevo milenio, como entenebrece nuestro presente ahora
mismo.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.