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| 3/28/2009 12:00:00 AM

Ya empezó la cuarta guerra

Álvaro Uribe les acaba de declarar, de manera oficial, la guerra a las bandas emergentes que operan desde hace tres años. ¿En qué se diferencia esta ofensiva de la guerra contra Pablo Escobar o de la guerra contra los paramilitares?

Que un presidente declare una guerra suele ser noticia. Pero en Colombia, el anuncio hecho por Álvaro Uribe hace dos semanas no mereció mayor atención. En parte, porque nadie cree que el país vaya a padecer una guerra igual a las otras tres que le ha tocado en los últimos 25 años.

Pero fue el propio presidente Uribe quien le dio categoría al ofrecer por las cabezas visibles de los nuevos 'ejércitos enemigos' 5.000 millones de pesos, la misma recompensa que ofreció por los comandantes de las Farc, y al reunir en un solo y temible cartel a todos los que antes parecían ser amenazas individuales.

La pregunta que muchos se hacen es si ésta podrá llegar a ser una guerra tan cruel como la de Pablo Escobar contra el Estado o tan sangrienta como la de las masacres de los paramilitares o tan larga y dolorosa como la de las Farc.

Una racha de episodios mortales distribuidos a lo largo de la geografía del país ha disparado las alarmas. En los dos primeros meses de este año los asesinatos aumentaron 150 por ciento, según las cifras de la Policía, en municipios de Antioquia. En Caucasia, otrora pujante capital del Bajo Cauca, aún lloran la muerte reciente de Jefferson Asprilla, de 17 años, elegido como deportista del año en su pueblo y representante del atletismo colombiano en torneos mundiales. El miedo tiene encerrados, literalmente, a los habitantes del Bagre, Caucasia, Tarazá, Zaragoza, Cáceres y Nechí: "Yo estoy mercando de noche, porque me toca por mi trabajo, pero sé que estoy arriesgando mi vida", le dijo a SEMANA Paola Quintero, en Caucasia.

En Cartagena, la semana pasada hombres en moto mataron a tres personas en el mercado de Bazurto y ya son 20 las que han muerto a manos de pistoleros en lo que va corrido del año. En Bogotá aparecieron sicarios profesionales que, utilizando uniformes y vehículos de gama alta, irrumpieron incluso en exclusivos apartamentos y dieron muerte con silenciador, a sangre fría, a ganaderos venidos de otras tierras. En tres semanas se registraron al menos 10 casos de sicariato.

En Córdoba, los homicidios se han multiplicado por tres desde 2005, año en que se desmovilizaron los paramilitares (de 158 a 512 en 2008). En Tumaco, el municipio con más homicidios por habitante, los asesinatos escalaron en los últimos cuatro años de 94 a 235. Y en el Eje Cafetero en dos meses se han perpetrado cinco masacres. En Pereira, la preocupación es tal que, el obispo Tulio Duque se lamentaba en la radio: "Estamos viviendo una ola de violencia peor a la que padeció Medellín cuando estaba Pablo Escobar".

Y como si fuera poco, la misión de la OEA, encargada de verificar el proceso con los paramilitares, le dedicó la mayor parte de su más reciente informe a este tema y califica como una "amenaza" para la paz a las llamadas 'bandas emergentes'. Según las cuentas del presidente Uribe, en la rueda de prensa, estas bandas en los últimos dos años han sumado 6.900 integrantes, entre activos (3.744), abatidos (1.165) y en prisión (2.000).

¿Qué es lo que está pasando? Hay un poco de todo. Hay 'bandas emergentes', que, como su nombre lo indica, son nuevos grupos que surgieron en los territorios de las autodefensas desmovilizadas (las llamadas Águilas Negras son los más numerosos). Otros son paramilitares que nunca se desmovilizaron, como 'Cuchillo' y 'Don Mario', dos de los cuatro hombres que aparecen en el afiche con recompensas de 5.000 millones de pesos, y que hoy se han convertido en los nuevos capos del narcotráfico.

Otro grupo grueso es el de los llamados 'Rastrojos', herencia del último gran cartel del narcotráfico, el del norte del Valle, y en particular el remanente de alias 'Jabón', pues así se llamaba su ejército privado antes de ser asesinado por sus mismos hombres el año pasado en Venezuela. Ahora sus sucesores han expandido el dominio del grupo a Chocó, Nariño y Cauca. Los comanda 'Comba' y estos a su vez tienen algunas alianzas con el 'Loco' Barrera -'Comba' y Barrera completan el temible póquer de capos por los que el Estado ofrece de a 5.000 millones de pesos-.

Son pues los herederos de varias guerras los que ahora están tratando de repartirse de nuevo el país. La negociación de los paramilitares cambió por completo la escenografía del bajo mundo en Colombia: hace tres años se desmovilizaron 33 estructuras, pero ahora se pueden contar más de 100 núcleos armados, agrupados bajo 21 nombres diferentes con influencia en 153 municipios.

Pero lo más peculiar de este nuevo fenómeno es que por lo menos en seis zonas del país, las llamadas por el gobierno 'bacrim' (bandas criminales) han hecho alianzas con la guerrilla. Se va uniendo para crear una especie de Frankenstein, en donde ya poco importan las ideas insurgentes o las contrainsurgentes, se trata de sobrevivir y hacerse fuertes con el negocio de la droga.

Por ejemplo, los 'Rastrojos' en Nariño trabajan de la mano con reductos de paramilitares conocidos como Nueva Generación y Águilas Negras, y en Cauca en asocio con el ELN. En Norte de Santander, las Farc han hecho alianzas con las Águilas Negras. En los Llanos, 'Cuchillo' y las Farc hacen negocios de droga. En el sur de Bolívar se da una mezcla aún más extraña: las autodefensas unidas bolivarenses, con las Farc y el ELN, para combatir a las Águilas Negras. En el Bajo Cauca, las Farc custodian los cultivos ilícitos y 'Don Mario' comercializa la droga.

"Las alianzas son bastante inestables, no son para patrullaje ni entrenamiento, se hacen por debilidad o problemas financieros de los guerrilleros y se romperán apenas se evidencie la ambición territorial de las bandas", precisa el experto en bandas Mauricio Romero.

Estas bandas comenzaron a recomponerse alrededor de los nuevos hombres fuertes: 'Mario' y 'Cuchillo'. Como una aspiradora, uno y otro han absorbido a cuanto grupo se encuentran en el camino. Curiosamente, los dos han decidido bautizar de nuevo a sus 'ejércitos', tal vez para ir tejiendo un uniforme político que les permita negociar con el gobierno: el de 'Don Mario' se llama Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) y el de 'Cuchillo' Ejército Revolucionario Popular Antisubversivo Colombiano (Erpac).

¿Qué tan grave puede ser lo que está ocurriendo? Es difícil pronosticar hasta dónde pueden llegar estos nuevos grupos. Casos puntuales dan una idea del peligro que se está corriendo, por ejemplo, en el Bajo Cauca, las Farc no tenían más de 180 hombres hace tres años, y ahora, gracias a la alianza con 'Don Mario', suman 750, según una investigación de campo hecha por Romero. Otro ejemplo, en la Costa, están empezando a notar que con el ropaje de bandas emergentes están amenazando a indígenas, sindicalistas y desplazados. En Maicao, a los comerciantes de origen árabe, los hostigan con panfletos que dicen "radicales, islamistas y terroristas".

Sin duda, la decisión del presidente Álvaro Uribe de tomar este toro por los cuernos es importante. El director de la Policía, general Óscar Naranjo, se ha tomado muy en serio el problema y en lo que va corrido de este año ha hecho cuatro ofensivas estratégicas, en zonas críticas como Medellín, contra la 'Oficina de Envigado' y 'Don Mario'; en Pereira contra los 'Rastrojos'; en Barrancabermeja contra las Águilas Negras, y hace dos semanas, en el Bajo Cauca antioqueño.

El general Naranjo, a quien le han tocado de primera mano 30 años de narcotráfico en Colombia, da a entender que esta fase de la guerra es muy distinta a las otras que el país ha pasado. Y, por ahora, es verdad. No hay hoy un personaje con la megalomanía de un Pablo Escobar que pretenda arrodillar al Estado y paralice, a punta de terror, a las ciudades; ni tampoco se ha llegado a una alianza de poderosos 'señores de la guerra', mitad capos mitad paras, que intenten suplantar el Estado y siembren el terror en los campos. Pero lo que sí se puede afirmar es que las bandas emergentes, y la manera como se han ido recomponiendo, son una señal de que mientras el narcotráfico exista, Colombia puede ser terreno propicio para el nacimiento de cualquier otra criatura perversa. n
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