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| 11/3/2007 12:00:00 AM

Yo acuso

Plinio Apuleyo Mendoza defiende en el siguiente texto a la familia Araújo y acusa a la justicia de ceder a presiones políticas y mediáticas., 89285

La ligereza y consecuente injusticia de los cargos que han llevado a La Picota a Álvaro Araújo Castro desde el mes de febrero, habrían estremecido a un Emilio Zolá. No es la primera ni la última que ocurre en Colombia, pero sí una de las más flagrantes. Me escandaliza. Escandalizaría a cualquiera que la examinara de cerca, y no se limitara, como ocurre en nuestro mundo light, dispuesto siempre a quedarse con la consideración simplista de que "cuando el río suena, piedras lleva".

La detención de Álvaro Araújo y la renuncia de su hermana María Consuelo, entonces ministra de Relaciones Exteriores, tiene su punto de partida en un hecho simple e inscrito en la rutina de su despacho: una audiencia no concedida por ella un día de octubre de 2006 al cónsul de Colombia en Barquisimeto, Elías Ochoa Daza. Oriundo como ella de Valledupar, amigo de su familia, antiguo aliado político de su hermano Álvaro que había facilitado y apoyado su elección como alcalde de Valledupar años atrás, Ochoa esperaba ser recibido por la ministra María Consuelo para solicitarle un favor muy especial: el nombramiento, en reemplazo suyo, de Carmen Alicia Rivera, su esposa, al frente del consulado de Barquisimeto.

Ochoa tenía sobradas razones para considerar que su petición sería aceptada. Amigo del vicepresidente Francisco Santos, contaba con su apoyo. Su esposa había seguido en la Cancillería un curso de inducción para el cargo de cónsul solicitado por la propia Vicepresidencia a la oficina de Talento Humano. Aparte de los negocios que esperaba adelantar en Barquisimeto, las razones muy especiales que Elías Ochoa daba para permanecer en Venezuela eran ante todo de seguridad. Temía que las Farc tomaran represalias contra él por haber servido de testigo en el juicio seguido en Estados Unidos a Ricardo Palmera, alias 'Simón Trinidad'.

Pero contra todo lo esperado por él, Ochoa no fue atendido por la ministra Araújo sino por su jefe de gabinete, María Elvira Quintana. No es algo inusual. El país tiene 90 cónsules cuya solicitud de audiencias puede ser rara vez atendida, aparte de que toda canciller tiene una agenda agotadora interferida por frecuentes viajes al exterior. Pero además la razón que Ochoa recibió de ella, a través de María Elvira Quintana, es que el nombramiento de su esposa, después de lo ocurrido en la Embajada en Londres con Vanessa Pretelt, hija de Sabas Pretelt, y con Adriana Foglia, ex esposa de Luis Alberto Moreno (cuya posesión detuvo para evitar lo que dio en llamarse un 'carrusel' de renuncias y nombramientos en el mismo cargo), era imposible. Además estaban de por medio los recelos de los diplomáticos de carrera, cuya crispación ante cada nombramiento que los ignora siempre se ha hecho sentir en el ámbito de la Cancillería. Lo que en su fuero interno pensaba también la Ministra es que, tratándose de un paisano suyo y aliado político de su hermano, fácilmente podían considerar los medios de comunicación que estaba entregada a nombramientos de carácter clientelista.

Ochoa recibió muy contrariado este rechazo. Pero no debió perder las esperanzas de que su esposa fuera nombrada, porque días después, al regresar de un viaje al exterior, la ministra Araújo encontró sobre su escritorio, listo para su firma y la del presidente Uribe, un decreto nombrando a Carmen Alicia Rivera cónsul en Barquisimeto. Había sido remitido por la Secretaria General de la Presidencia, a solicitud del Vicepresidente a través del asesor jurídico de la Casa de Nariño, Mauricio González. Ante este hecho cumplido, María Consuelo Araújo no tuvo más alternativa que explicarle al presidente Uribe las razones que tenía para objetar este nombramiento. El Presidente las entendió. Sólo le pidió a ella que hablara con Francisco Santos a fin de hacerle conocer tal decisión. Santos la escuchó con un perceptible disgusto.

Sólo un rumor

¿Qué ocurrió después? ¿Cómo se produjo la famosa denuncia que días más tarde llegaría a la Corte Suprema de Justicia, enviada con carta del vicepresidente Santos, en la cual se señalaba a Álvaro Araújo Castro y a su padre, Álvaro Araújo Noguera, como responsables del secuestro, cinco años atrás, de Víctor Ochoa Daza, hermano de Elías Ochoa? Este último explica lo ocurrido en la indagatoria que le fuera hecha, algo más tarde, en Barquisimeto. Sus palabras no pueden ser más explícitas. Según él, ante el rechazo de la Ministra, se sintió "ofuscado y desesperado", "frustrado y molesto". La carta que le remitió al vicepresidente Santos, luego de varios correos electrónicos, "era un documento privado, que en ningún momento constituía una denuncia". La acusación a Araújo padre y a Araújo hijo eran, según él, "cosas productos del rumor". Sólo eso. Y no buscaban, desde luego,"convertirlo en un mecanismo de acusación para personas distinguidas de la sociedad de Valledupar", sino sensibilizar a la Ministra a fin de que encontrara una solución.

¿A qué solución se refería? La pregunta no ofrece mayor misterio. El problema, para el cual Elías Ochoa buscaba desesperadamente una solución, era el reiterado nombramiento de su esposa en reemplazo suyo. De alguna manera se le ocurrió que las "cosas productos del rumor", mencionadas en su indagatoria, podían tener un efecto sobre la Ministra para hacerla cambiar de decisión. Tentativa ofuscada y algo pueril, por supuesto, pues la evocación de un chisme o rumor no puede inducir a nadie que se respete a otorgar un cargo diplomático.

Lo que Elías Ochoa nunca imaginó, según lo declaró también, es que el vicepresidente Santos tomara muy en cuenta el rumor y considerándolo como una grave denuncia a la cual estaba obligado a darle trámite, remitiera la carta a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. No llegó a decírselo, en aquel momento, ni al Presidente ni a la Canciller. Remitió la carta el mismo día que la recibió. Considerándola sin duda avalada por él, la Corte procedió a enviar funcionarios suyos a Barquisimeto para tomarle indagatoria al cónsul. Lo que éstos encontraron fue un funcionario despavorido, que miraba con desconcierto la propia carta suya como si ésta hubiese adquirido una dimensión grave e inesperada; un funcionario que sólo atinaba a recordar que ninguna razón podía mover a Álvaro Araújo Castro y a Álvaro Araújo Noguera a secuestrar a su hermano, pues en el momento del secuestro carecían de cualquier razón para instigarlo. En vez de adversarios políticos, eran aliados de Víctor Ochoa. Obligado a explicar de quién procedía el rumor que le había citado al vicepresidente Santos, Elías Ochoa dio el nombre de Rodolfo Díaz Meneses. Aclaró que, a su turno, aquel individuo se había limitado a repetir un rumor escuchado por él. Además no podía dar al respecto declaración alguna porque años atrás había sido asesinado por los 'paras'.

Pues bien, de nada sirvió la retractación y las aclaraciones del propio Elías Ochoa y las de su esposa. Tampoco las del propio hijo del secuestrado, Víctor Ochoa Quintana, cuyas palabras fueron muy categóricas: "en ningún momento acepto ni manifiesto que los señores Álvaro Araújo Castro y Álvaro Araújo Noguera son autores materiales, ni mucho menos intelectuales, del secuestro de mi papá". En suma, nada quedó en pie. No obstante, la Corte Suprema de Justicia dictó medida de aseguramiento contra los dos Araújo por el delito de secuestro extorsivo y concierto para delinquir agravados, dos delitos que de ser comprobados, se pagan con 40 años de cárcel. Y para que el daño no se limitara a ellos, la excelente y brillante ministra de Relaciones Exteriores, María Consuelo Araújo, debió renunciar a su cargo. Un verdadero cataclismo familiar.

Política en predios de la Justicia

¿Cómo explicar que cargos tan deleznables hubiesen sido tomados en cuenta para ordenar detenciones y servirse de ellos como cabeza de un proceso? Aquí es inevitable abandonar los predios jurídicos para entrar en otros que influyen hoy, de una manera muy inquietante, en la acción de la Justicia. Uno es de carácter político y el otro, mediático. No es un secreto para nadie hoy en el país que la Corte tiene un viejo contencioso con el Presidente de la República por atribuciones cuya pérdida le imputan. Dentro de ese clima de soterrado pugilato, cualquier acusación contra un personaje cercano al gobierno tiene -para decirlo en los términos más cautelosos que puedan emplearse- una atención preferencial. Pero si ese magistrado, como ocurrió en el caso de la investigación contra los Araújo, es Iván Velásquez -ya señalado por instigar denuncias contra el presidente Uribe-, su evaluación de los cargos es muy poco confiable.

El otro factor es mediático. El afán de la primicia, en el más inocente de los casos, cuando no hay también razones de orden político, tiende a darle el carácter de revelación a denuncias no comprobadas. En el caso de Álvaro Araújo, bastaría repasar carátulas y títulos para percibir un clima de opinión que podría confundir cualquier exoneración honesta de cargos con falta de rigor por parte de la Justicia.

Sólo hoy, medios de comunicación toman en cuenta hechos como éstos, que acaban por desvirtuar los cargos recogidos contra los Araújo.

1) Elías Ochoa no tuvo inconveniente alguno en asistir como invitado y amigo al bautizo de la hija de María Consuelo, 'Conchi', con la familia Araújo en pleno, el 31 de diciembre de 2002 (ver foto), casi un año después del secuestro de su hermano Víctor. ¿Habría aceptado dicha invitación si creyese que en dicho secuestro estaban implicados los Araújo?

2) En carta fechada julio 13 de 2006, cuatro años después del secuestro, Elías Ochoa saluda con alegría el nombramiento de María Consuelo como ministra de Relaciones Exteriores y la felicita por la labor que desempeñó al frente del Ministerio de la Cultura. La pregunta anterior puede aplicarse en este caso.

3) Finalmente, siendo cónsul en Barquisimeto, cinco años después del secuestro, Elías Ochoa expidió un certificado de sobrevivencia a Álvaro Araújo Noguera. Esto le costó el cargo por no haber informado al gobierno. ¿Habría tenido este gesto deferente con el secuestrador de su hermano?

Araújo y los paramilitares

Por otra parte, el delito de concierto agravado para delinquir no ha encontrado tampoco, en este caso, sustentación alguna. Los testimonios juegan en el sentido opuesto. Así, en el mes de septiembre de 2002, en una reunión de los altos mandos regionales celebrada en el Batallón La Popa de Valledupar con el presidente Álvaro Uribe, la ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, y el coronel Hernán Mejía, Álvaro Araújo expresó su pública preocupación por la injerencia de los paramilitares en la política del norte de su departamento. Como consecuencia de esta denuncia, fue reforzada la seguridad de la región con la presencia de un batallón de Policía Militar. De su lado, Elías Ochoa reconoce que, a raíz de esta denuncia, el ambiente de las autodefensas de 'Jorge 40' con Álvaro Araújo era muy malo, hasta el punto de que esto implicaba problemas para su seguridad.

Finalmente, el informe de la llamada Corporación Arco Iris, señalando votaciones atípicas en algunos municipios por supuesta influencia de los paramilitares en beneficio de la candidatura para el Senado de Álvaro Araújo, es desmentido por las propias cifras electorales. No es realmente atípico un porcentaje mayor del 30 por ciento de la votación en beneficio suyo. Setenta y cuatro senadores registraron un porcentaje igual o mayor en 28 de los 32 departamentos de Colombia. Además, las votaciones recibidas por Álvaro Araújo Noguera y luego por su hijo Álvaro Araújo Castro mantienen parecidos guarismos desde hace más de 20 años. La votación de este último en 2002 fue del 58 por ciento en Cesar y del 42 por ciento en el resto del país.

Al comprobar todos estos hechos, uno se pregunta: ¿dónde están los delitos que justifican una medida de aseguramiento? Hacer justicia no puede ser sólo condenar. Tal vez es una distorsión del sistema penal acusatorio. Los administradores de justicia tienen que tener la capacidad de establecer una terminante diferencia entre las percepciones que a veces predominan en los medios y las pruebas que hacen parte de un proceso. En el caso de los Araújo, el reto que tiene la Fiscalía es mostrar firmeza frente a cualquier percepción mediática, y saber absolver cuando la evidencia así lo demuestra.

Los escándalos judiciales en torno al paramilitarismo han llevado a confundir en Colombia justos con pecadores. La complicidad abierta con 'paras' o guerrilleros (no hay que olvidar a estos últimos) debe ser castigada, pero sin olvidar el abandono de muchas regiones donde empresarios y campesinos quedaron a merced de cualquiera de estas dos fuerzas al margen de la ley, convertidas en un real Estado. No es cierto que todos los políticos de la costa hayan establecido contactos con unos u otros. Los padecieron de muy diversa forma (amenazas, extorsiones, secuestros). Nos consta a los periodistas que recorrimos muchas de estas regiones, como ha sido mi caso.

Hay un punto que la Justicia no ha tomado en cuenta debidamente: la credibilidad de los testigos. No todo testimonio acusatorio es una moneda de oro. Hay manipulaciones. Deben ser descubiertas y denunciadas. Encuentro siempre irrisorio y tal vez algo más: repugnante, que un Rafael García, el delincuente llevado a la cárcel por Jorge Noguera, se haya convertido en su principal y tal vez único acusador. Otra injusticia, sin duda.

El drama vivido por la familia Araújo es terrible. Creo conocerlo de cerca. Visité a Álvaro Araújo en La Picota, antes de que una isquemia cerebral y tres infartos en el cerebelo lo pusieran al borde de la muerte, sin duda por efecto de un agudo estrés. Recuerdo su pequeña celda, con el olor mortecino que llega de los alrededores apenas amortiguado por un sahumerio y la cinta pegante constelada de moscas muertas que colgaba sobre su cama.

¿Había derecho a esta tortura por obra de un Iván Velásquez que resolvió darle valor a un simple y malévolo chisme, traído a cuenta en un momento de furia por el señor Ochoa y del cual a la hora de la verdad se retractó bajo juramento? Sí, yo no soy ningún Zola, ni pretendo serlo, pero acuso de ligereza a todas estas instancias empeñadas en convertir en culpable a un inocente. Todo lo que puedo recordar como punto final de estas páginas es que si María Consuelo Araújo hubiese nombrado cónsul en Barquisimeto a la señora Carmen Alicia Rivera, hoy seguiría siendo nuestra rutilante canciller, y su hermano Álvaro, senador de la República. Ni Secuestro Extorsivo Agravado ni Concierto Agravado para Delinquir. Así de simple.
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