Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/08/09 00:00

Yo, antiuribista

Los colombianos que no apoyan al presidente Uribe parecen una especie en vía de extinción. Antes eran el 30 por ciento y ahora son el 10. ¿Cómo es la vida de un antiuribista?

José Fernando Isaza

En el costado derecho de la página web de la Presidencia de la República hay un calendario que día a día descuenta el tiempo que falta para terminar el mandato del presidente Uribe: "Trabajamos con sentido de urgencia, nos quedan 729 días", decía el viernes pasado.

Lo que podría ser simplemente un detalle creativo que resalta el trabajo incansable del gobierno, para un grupo de colombianos tiene otro significado: los días que faltan para que acabe su 'tortura'. Se trata de los antiuribistas. Ese reducido porcentaje que marcan las encuestas, que son los críticos del presidente Álvaro Uribe y que no creen en las bondades de sus políticas o de cada uno de sus actos y oraciones.

Esta especie de colombianos en vía de extinción (antes el 30 por ciento, y ahora, el 10 por ciento) están desperdigados en todos los sectores sociales y las actividades económicas. Los hay entre los más pobres, en particular a los que no les ha llegado nada, hasta los más ricos, a los que les ha llegado tanto, que se avergüenzan. Unos, intelectuales y académicos que se pellizcan incrédulos para comprobar que realmente les está tocando vivir esto; y también existen los que en solitario se enferman con Uribe y se tapan los ojos para no oler, ni ver, ni oír porque nada pueden hacer. Sin contar con los que están en la oposición política, que es un tipo de antiuribismo más frentero y llevadero.

Conscientes de su distancia con las masas, los antiuribistas tienen una vida amarga. Levantarse por las mañanas es empezar a vivir la pesadilla. Uribe en la radio, Uribe en la prensa, Uribe en Internet. Uribe y uribistas por todas partes y para siempre, como una cadena perpetua.

Pero ¿por qué puede llegar a ser tan difícil pensar distinto en un país democrático, libre y en pleno siglo XXI? Pocos se lanzan a dar la respuesta libremente y con la frente en alto. Por lo menos ocho de las personas entrevistadas para este artículo manifestaron su antiuribismo total, pero al tiempo se negaron a ser citados con nombre y apellido. Un consultor de temas económicos internacionales, un gerente de una empresa de comunicaciones y lobby; un contratista de obras civiles del Estado; un sacerdote y académico; una funcionaria del Estado y hasta un caricaturista. Ninguno quiso "meterse en problemas" por contar cómo son su vida y su trabajo en el país de las mayorías uribistas. La razón para ocultar su identidad es en esencia la misma: todos tienen un jefe, un cliente, un amigo o una familia que puede tomar mal el hecho de aparecer en una revista confesando públicamente su antiuribismo. En otros casos la prevención está ligada a temor por su seguridad: creen que al declararse 'anti', cualquier fanático podría atacarlos.

"Es que la seguridad democrática va contra la democracia", dice Guillermo Hoyos, director del Instituto Pensar de la Universidad Javeriana. Él, que es un antiuribista que habla sin tapujos y con foto, está convencido de que lo más complicado del Presidente es que desactivó el compromiso civil de poder opinar lo que se quiere: "Uribe desmovilizó el 100 por ciento del sentido ciudadano de la participación democrática, que es el sentido de la diferencia".

Hoyos, filósofo y especialista en temas de ética política, dedica buena parte de su tiempo a analizar las actuaciones del Presidente de las que informan los medios, y ahí le nace otra preocupación. "Los medios no se cansan de seguirlo y de lisonjearlo y de ensalzarlo. De lo que no se dan cuenta es de que una democracia no necesita héroes, necesita el bien común y el Estado de derecho".

El antiuribista se reconoce como minoría y como tal actúa y organiza la cotidianidad de su vida. Algunos llegaron a acuerdos con su familiares para evitar el tema en las conversaciones de la casa. El gerente de una multinacional de comunicaciones, por ejemplo, dejó de hablar como lo hacía con sus padres y sus hermanos porque ellos se desviven por el Presidente. Esto lo llevó a refugiarse en ambientes más acordes con su apasionado antiuribismo y desde la reelección tiene un grupo de amigos con quienes revisan los temas que les ratifican sus teorías sobre el gobierno. "En el 90 por ciento de los casos he dado en el clavo, este gobierno tiene un discurso para cada cosa y lo utiliza a su antojo; siempre con una frase bonita y siempre para esconder una mentira o para tapar otra; lo que más me duele es que sean los más pobres, que son los más engañados, los que más lo quieren", asegura con vehemencia. De nuevo insiste en que no puede aparecer porque ya ha perdido muchos clientes por ser un antiuribista de raca mandaca.

José Fernando Isaza ha sido catalogado como uno de los cerebros más brillantes del país. Hoy está en la rectoría de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Es uno de los antiuribistas reconocidos, que desde el primer gobierno de Uribe empezó a hacer sus críticas en columnas de prensa. Isaza se sorprende a sí mismo cuando reconoce que tiene miedo. "No me da vergüenza decir que tengo miedo", repite, como cayendo en cuenta de la profundidad de su frase. "El fanatismo es lo peor".

Ese miedo está sustentado en lo que para él representa este gobierno: la militarización de la sociedad, la descalificación de las voces que ponen el dedo en la llaga, el señalamiento de terrorista al que plantee el camino del diálogo. Isaza dice que hay que decirlo así: existe un odio por los que quieren mirar otro matiz de la realidad nacional. Siente ese odio en el nivel personal, y su familia vive una gran preocupación por él y por su integridad. "Es un asunto serio, más de lo que usted se imagina", sentencia.

Otra cara es la del antiuribismo en la política, del que es un buen ejemplo la senadora Cecilia López. Para la ex ministra, vivir en la oposición es un estímulo intelectual y en eso ha convertido este momento de su vida: más estudio, más lectura, más análisis. "Es mejor ejercer el antiuribismo desde la política quee desde la sociedad civil. Aquí uno tiene como defenderse, pero afuera, ¿uno que puede hacer?". Lo que sí es igual en ambos escenarios, el público y el privado, es el sufrimiento de su hija, quien le administra su página en Internet. "Para ella es muy difícil, vive en Estados Unidos y desde allá lee los insultos de los foros, las amenazas que me hacen las Águilas Negras, y todo lo que dicen de mí, por ser una opositora del gobierno; ella no ha podido manejarlo".

La distancia de esta senadora con el gobierno radica en la política social, el tratamiento de los temas del agro y los desplazados. Y pese a que dice que algunos ministros la escuchan, en su vida personal las cosas han cambiado. "No voy a nada social, es muy agresivo el ambiente en todas partes y son diálogos de sordos, la gente no oye, no respeta, sólo dicen que están felices porque ya pueden ir a Anapoima".

Cuando el Presidente cumple seis años en el poder y tiene todavía tantos números a su favor, para los antiuribistas el camino aún es más largo. Los 729 días que marca el calendario para el 7 de agosto de 2010 no son pocos para ellos. Y como desconfían tanto de cada acto del gobernante, creen que ese calendario está ahí para despistar a los que aún no creen que se lanza para otro período.

Algunos tienen la decisión tomada de salir del país en caso de que eso suceda: "Cuatro años más de desgaste personal para nada, no quiero vivirlos", asegura uno de los 'anti' que no puede dar su nombre. Otros, por el contrario, están dispuestos a dar la pelea hasta el final para demostrar que tenían razón. "Yo me quedo porque pronto se verá que Uribe va dejar el país acabado, con la ética por el suelo, con los bandidos en el poder y más pobre que nunca".

Lo cierto es que el antiuribismo existe, no sólo en las posturas ideológicas con las que siempre se identifica, sino que es muy variado en sus orígenes, sabores y colores.

Y sí piensan así y esto es una democracia, están en todo su derecho.

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