Lunes, 22 de septiembre de 2014

| 2013/01/26 15:00

"Yo aspiro a una Europa unida y sin naciones"

por María Jimena Duzán

El escritor español Javier Cercas, autor de los éxitos ‘Soldados de Salamina’ y ‘Anatomía de un instante’, habla de su obra, del franquismo, de la crisis de Europa y de su última novela.

"Yo aspiro a una Europa unida y sin naciones" Foto: Andrés Rozo

MARÍA JIMENA DUZÁN: ‘Soldados de Salamina’ y ‘Anatomía de un instante’ son dos libros que tienen el valor de recordarle a uno que el verdadero poder de la literatura es el de contar las verdades que ni los historiadores ni los periodistas se atreven a develar.


JAVIER CERCAS: Es que esos libros no solo hablan de episodios históricos que atañen a mi país. España es, en el fondo, la excusa para hablar de cosas universales. Es decir, de la verdad, de la mentira, de la pasión, de la traición. ¿Por qué en Laponia interesa la historia de un hombre viejo que vivió en La Mancha… pues porque Cervantes convirtió lo particular en universal. ¿Por qué nos interesa una jornada de un tipo en Dublín que es un poblacho de principios de siglo?... pues porque Joyce lo convirtió en universal. La literatura siempre hace eso. Y cuando eso no se consigue pues no es literatura.

M.J.D.: Con ‘Leyes de la Frontera’, su nuevo libro, ya son tres novelas sobre esa época del franquismo y la transición a la democracia. ¿Sigue su obsesión por ese periodo histórico?

J.C.:
A partir de 'Soldados de Salamina', que no es mi primer libro, pero sí es el que me dio a conocer como escritor y que escribí cuando tenía 39 años, hay un cambio en mi escritura. Antes era un escritor posmoderno -y todavía me considero así-, aunque la palabra esté muy degradada; un escritor que hablaba solo del presente, en el que la política tenía muy poca intervención y más bien había una visión de la literatura humorística, lúdica y fantástica. Luego de 'Soldados de Salamina' descubrí que el pasado no es algo que haya pasado. Que es algo que está aquí y que de algún modo es el presente que nunca termina de pasar, como decía Faulkner. De ahí surge una dialéctica entre el pasado y presente. Y aunque 'Soldados de Salamina' y 'Anatomia de un instante' no las considero novelas históricas, sí creo que son novelas que tienen en cuenta la historia. Por otro lado también me doy cuenta de que lo colectivo es una dimensión de lo individual y de que yo no me puedo entender sin los otros. Y de ahí surge la dimensión política de mis últimos libros. De ahí mi interés por la guerra civil española, por la transición a la democracia. En este último libro que presenté en el Hay, 'Las leyes de la frontera', hablo de la transición, pero desde una perspectiva distinta. Si en 'Anatomía de un instante' hablé de la transición desde los altos estrados del poder, este libro la cuenta desde abajo. Es una visión más personal, más social y si quieres más sentimental, porque al fin y al cabo esta novela en el fondo es una larga historia de amor.

M.J.D.: Sus padres vivieron la guerra civil española. ¿Cómo recuerdan ellos esas épocas? 

J.C.:
Mis padres pertenecían al lado vencedor. Eran falangistas y formaban parte de los sectores rurales de Extremadura. El héroe de mi familia era un chico joven que fue a la guerra, que era falangista y que murió en la batalla del Ebro, una gran batalla de la guerra civil española. Mis padres fueron los hijos de esa guerra y los que hicieron la transición  y yo tenía 13 años cuando Franco murió. Soy un beneficiario de la democracia. Un privilegio inaudito. Sin embargo, todavía me acuerdo muy bien como olía la dictadura... ¿Sabes a qué olía?

M.J.D.: ¿A qué olía?


J.C.:
A mierda. Y por eso es que cuando alguien me dice que no hay diferencia entre una dictadura y una democracia me entran ganas de pintarle un bigote en la foto y de pegarle una patada en el culo y mandarle a Pyongyiang, por ejemplo.

M.J.D.: Es cierto que la democracia es mejor que la dictadura, pero cuando las democracias entran en crisis, como le pasa a España, las cosas empiezan a oler mal.


J.C.: Pero es que la crisis no es de España sino de Europa. Es Europa la que tiene que decidir qué quiere ser de mayor. Si quiere ser una Europa unida que es la única utopía razonable que hemos tenido los europeos en los últimos 1.000 años, o si quiere seguir siendo lo que ha sido: una montonera de países cuyo deporte continental es la guerra porque no hemos hecho más que matarnos.

M.J.D.: Usted es de Extremadura, pero en realidad ha pasado más años en Cataluña. Creció en Girona y desde hace un tiempo vive en Barcelona. ¿Cree que los catalanes se van a separar de España y romper el mapa español?

J.C.:
No, eso no va a pasar. Eso es una fantasía de unos cuantos. Cuando empezó esa idea pensé que era una fantasía peligrosa. Ahora solo pienso que es ridícula; que no va a ninguna parte y que, por el contrario, entorpece las soluciones de los problemas reales -¡en España hay 50 por ciento de paro juvenil!-. Por eso creo que el espectáculo que está dando la clase política con esa fantasía es vergonzoso y  deprimente y me encantaría no hablar de ello. Prefiero hablar del Caribe, de su alegría, de sus colores.

M.J.D.: ¿Y qué quiere decir del Caribe? 

J.C.:
Pues que tiene una inclemencia invernal. Es la segunda vez que vengo a Cartagena y nunca había sentido tanto calor.

M.J.D.: Me perdonará que lo saque de su ensoñación con el Caribe para hacerle otra pregunta. Qué es peor: ¿El nacionalismo de derecha o el nacionalismo de izquierda? En Cataluña hay de ambos.


J.C.: Obviamente una izquierda nacionalista es un oxímoron, pero yo diría que todos los nacionalismos son detestables. En Cataluña este germen siempre ha existido, pero desde un tiempo para acá se nos ha convertido en un brote psicótico y en una neurosis que contagia todo lo que toca. Sin embargo, creo que después de lo sucedido en las pasadas elecciones cuando la derecha nacionalista de Artur Mas no obtuvo los votos para separarse de España, esa fantasía murió. Pero también es detestable el nacionalismo español, que dicen que no existe y que es terrorífico porque está ahí, agazapado. Yo aspiro a una Europa unida en la que se acaben los estados naciones. 

M.J.D.: ¿Y en esa Europa unida que usted sueña, sobrevivirían la diversidad y las lenguas como el catalán?

J.C.:
Los idiomas no tienen ideología. Ni son culpables de nada y son de todos. El catalán es de todo el que quiera aprenderlo. Hay una literatura catalana deslumbrante y esa literatura no es de los nacionalistas catalanes que se arrogan el monopolio de la Nación y la convierten en un instrumento político. Yo hablo catalán en mi casa, adoro la literatura catalana, la he estudiado, pero a pesar de que he escrito varios textos en catalán para periódicos y que soy perfectamente bilingüe, escribo en castellano que es el idioma que me sale de las tripas. Al fin y al cabo esa es mi lengua materna y en cierto sentido uno no elige la lengua, sino que la lengua lo elige a uno. Y sí, la Europa a la que aspiro debe encontrar su unidad dentro de la diversidad.

M.J.D.: ¿Qué tanto le ha servido el periodismo para escribir literatura?

J.C.:
Mi caso es un poco diferente de lo habitual. Es muy común el periodista que afina su pluma en el periodismo y que luego pasa a la novela, como García Márquez, Hemingway, Vargas Llosa. Yo era  un profesor de Filología que me ganaba la vida en la universidad y estando allí descubrí que escribir para periódicos –más que el periodismo en sí-, me abría posibilidades que antes desconocía. En la universidad puedes escribir cosas totalmente incompresibles que reciben el aplauso general, porque en la academia, cuanto más incompresible es una cosa más gusta y eso en el periodismo es imposible. Allí hay que aprender a escribir las cosas más complejas de la manera más clara posible y eso es una disciplina extraordinaria. Pero repito: yo empecé a escribir crónicas cuando tenía 35 años. 

M.J.D.: Crónicas que he leído con gran satisfacción. ¿Alguna de ellas le sirvió de inspiración para una novela?

J.C.:
Pues mira: la mayoría de los libros que he escrito, -fíjate, qué curioso-, surgen de crónicas. Por ejemplo, 'Soldados de Salamina' surge de una crónica que hice. 'La velocidad de la luz' surge de una crónica; lo mismo 'Anatomía de un instante' y mi nuevo libro 'Las Leyes de la Frontera'. Es más, lo que estoy escribiendo ahora mismo también surge de una crónica.


M.J.D.: ¿Y de qué va a tratar su próximo libro? 

J.C.:
No te lo puedo contar, porque si lo cuento se evapora. Solo te puedo decir que es una historia que llevo pensando unos ocho años y la tengo por ahí perdida en los archivos de la memoria. 

M.J.D.: ¿Y por qué esa resistencia a reconocerse como periodista?

J.C.:
Hombre, porque un periodista es alguien que está al pie del cañón, que respira noticias, que se va a los lugares. Yo he hecho atisbos de eso en las primeras crónicas que escribí en la prensa. Pero soy más bien un escritor que escribe en los periódicos y que opina. 

M.J.D.: Incursionó en el periodismo a la edad de 35 años y la novela que lo convirtió en un escritor exitoso la escribió casi a los 40 años. ¿Será cierto que los buenos escritores son los que escriben sus obras desde la sabiduría que da la madurez?

J.C.:
Se puede decir que soy un late starter. Lo cual significa que cuando tenga 70 años voy a escribir mi mejor novela y que los mejores libros están por venir. Vamos a ver si eso sucede.

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