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| 3/19/2001 12:00:00 AM

“Yo capturé a Marulanda”

El mayor (r) Carlos H. Gil, a quien ‘Tirofijo’ pidió volver a ver después de muchos años, cuenta en exclusiva cómo tuvo en su poder al jefe de las Farc.

En uno de los mas recientes encuentros entre Manuel Marulanda Vélez y los negociadores del gobierno, el jefe guerrillero sorprendió a la comitiva oficial al solicitarle que tramitara un encuentro suyo con el mayor (r) del Ejército Carlos Hernando Gil a quien admiraba como combatiente y como oficial. Luego Marulanda narró un episodio desconocido aun para los negociadores. Relató cómo a mediados de los años 60 se le entregó al oficial al verse sitiado por un lado por los soldados y por el otro por un grupo guerrillero que lo perseguía. El entonces capitán Gil recibió a Marulanda personalmente y lo llevó hasta el Batallón Tenerife de Neiva. SEMANA habló con él.

SEMANA: ¿Cómo fue el episodio en que se le entregó a usted Manuel Marulanda Vélez?

Mayor Carlos Hernando Gil Gonzalez: La mayor parte de mi vida como oficial del Ejército transcurrió en misiones de orden público en muchas partes del país. En una de esas comisiones llegué al Tolima en los límites con el Valle del Cauca. Allí conocí de la formación de núcleos de bandoleros. A unos los llamaban ‘Los Limpios’, que eran de origen liberal y los comandaba Jesús María Oviedo, alias ‘Mariachi’. Y los otros eran ‘Los Sucios’, que se decían comunistas. A estos los comandaba Fermín Prías Alape, alias ‘Charronegro’. Esos dos grupos eran irreconciliables y en ese tiempo se dedicaban a asolar las regiones donde operaba el Ejército. Fermín Prías hacía vida marital con una hermana de Pedro Antonio Marín, o Manuel Marulanda Vélez, alias ‘Tirofijo’.

SEMANA: ¿Pero cómo llegó Marulanda hasta usted?

C.H.G.: Después de muchas operaciones en tiempos del doctor Carlos Lleras se le dieron dos zonas de las que hoy llaman ‘zonas de distensión’, o también llamadas ‘repúblicas independientes’. A los de Jesús María Oviedo se les dio la zona de Planadas y sus alrededores, y a Fermín Prías, la zona de Gaitania y sus alrededores. Entre esos bandos había un pacto de no agresión. Para ellos el enemigo común era el Ejército y pequeños grupos de autodefensas, que en esa época también había. Pero después de algunos años la gente de ‘Mariachi’ atacó a la de ‘Charronegro’ en Gaitania y uno que llamaban ‘El Policía’ lo asesinó. En esa época, a mediados de los 60, yo era oficial de planta del Batallón Tenerife en Neiva y el comandante era el general Ricardo Charry Solano, de muy grata recordación. A mí me correspondió la zona de Chapinero, San Luis y La Florida con mi tropa, que eran unos 120 hombres.

SEMANA: ¿Sus tropas se enfrentaron a Marulanda?

C.H.G.: El general Charry me ordenó que me tomara Planadas. Pero la operación no se hizo por orden expresa del señor presidente, doctor Carlos Lleras Restrepo. Entonces replegué mis tropas hacia San Luis, El Carmen y el alto del Indio. En ese momento una patrulla me informó que venía gente armada. Yo tenía lista la emboscada para atacar a los subversivos. Pero entonces una señora que nos preparaba la comida se me acercó y me dijo que desde el día anterior se había aproximado Manuel Marulanda Vélez con algunos de sus hombres y que quería hablar conmigo. La verdad es que a mí los campesinos y la gente me acataban porque yo trataba de ser lo más justo posible.

SEMANA: ¿Entonces qué pasó?

C.H.G.: Yo no tuve ningún inconveniente en recibirlo en la zona del combate. El me expresó que venía en busca de protección porque la gente de ‘Mariachi’ lo estaba persiguiendo. Me dijo que quería entregarse. Entonces le dije que yo cumplía órdenes únicamente de mi comandante de Batallón, que era el general Charry Solano y que por tal motivo yo lo llevaba hasta Neiva bajo mi responsabilidad. Me subí en mi carro, con Marulanda y con dos soldados armados. En el camino él pudo comprobar mi buena puntería: “Tiene usted muy buen pulso”, me dijo.

SEMANA: ¿Cómo los recibió el general Charry Solano?

C.H.G.: El general estaba muy serio. Se extrañó mucho al verme llegar, pues asumía que yo debía estar en la zona de operación: “Gil, ¿y usted qué hace aquí? Usted es el comandante”. Yo le dije que consideraba de mucha importancia traer personalmente al segundo comandante del personal subversivo de ‘Charronegro’ para que dialogara con la autoridad militar y el gobernador, que era Felio Andrade Manrique.

SEMANA: ¿Pero, por qué llevó usted personalmente a Marulanda?

C.H.G.: Porque él se me había entregado y había que respetar sus derechos. Yo no quería que de pronto ocurriera un accidente de esos que algunas veces ocurren y las cosas terminaran mal. Desde un comienzo asumí que la vida de Marulanda era mi responsabilidad. Eso sí durante el trayecto no le quité los ojos de encima. Si hubiera hecho un movimiento sospechoso yo no hubiera fallado.

SEMANA: ¿Qué pasó después con Marulanda?

C.H.G.: El se acogió a una amnistía que decretó el gobierno y duró trabajando como capataz, o jefe de personal, de la empresa que laboraba en la construcción de la carretera que iba hacia el Valle del Cauca. Un día cualquiera se llevó una dinamita y se volvió a enmontar. Al poco tiempo realizó una emboscada a un oficial compañero mío de nombre Hugo Páez. Uno de los muertos fue mi asistente, el soldado ‘Poloche’, un joven respetuoso y leal. Yo llegué justo cuando estaba a punto de morir.

SEMANA: ¿Por qué cree usted que Marulanda se le entregó?

C.H.G.: A mí Marulanda me pareció un hombre con mucha personalidad y muy franco en su manera de hablar. El me expuso con suficiente seguridad su problema y me manifestó su deseo de entregarse. Ese gesto lo encontré plausible. Y por eso ni lo maltraté, ni usé contra él ninguna clase de retaliación. Pero que quede claro que en combate mi proceder hubiera sido otro.

SEMANA: ¿Qué consecuencias tuvo su gesto humanitario de entregar a Marulanda?

C.H.G.: Hubo un sector del Ejército que me criticó el hecho de haberlo entregado con vida. Pero mis principios no me permiten actuar de otra manera. Repito: lo entregué personalmente porque era mejor evitar cualquier accidente, quizás provocado, que le pudiera costar la vida. El bando de ‘Mariachi’, que lo perseguía, también cuestionó mi accionar.

SEMANA: ¿Cuándo volvió a tener noticias de Marulanda?

C.H.G.: Después de que él se volvió a enmontar yo lo perseguí mucho. Y él me dejaba razones en cajetillas de cigarrillos en la selva. En ellos me decía que no lo persiguiera. Pero yo estaba muy sentido con él porque había asesinado a ‘Poloche’. En mi búsqueda de Marulanda diseñé una serie de estrategias muy efectivas. Una de ellas era moverme en la noche con mis hombres y cuando llegaba la madrugada, en puntos dominantes, observaba donde salía humo y me aproximaba y les caía. Así capturé a ‘Alambique’, lo cogí en las Lucas, por Riochiquito; y a los hermanos González, entre otros.

SEMANA: ¿Usted estaría dispuesto a entrevistarse nuevamente con Manuel Marulanda?

C.H.G.: Si se trata de interceder por gente combatiente, que no haya entregado sus armas y que haya resultado herida en combate, sí. De resto no. Las cuestiones políticas las maneja el gobierno y yo nunca he sido político. Y pienso, además, que el Ejército tiene sus pautas y sus derroteros a seguir los cuales son inequívocos. Yo los respeto y los acato.

SEMANA: ¿Pero el gobierno le ha hecho saber el deseo de Manuel Marulanda de entrevistarse con usted?

C.H.G.: Sí. En algunas oportunidades he recibido ese tipo de mensajes, pero les he hecho saber también que el motivo que había para encontrarme con Marulanda ya no existe. Me imagino que él lo sabe.

SEMANA: Y para terminar, ¿cómo ve el proceso de paz?

C.H.G.: Si fuera que el proceso dependiera sólo de Marulanda yo creería en él. Pero no se puede desconocer que en las Farc hay muchos mandos. Además hay presiones nacionales y extranjeras que hacen imposible un completo desarme y una completa pacificación. Los intereses creados son muchos y muy complejos.

SEMANA: ¿Y al Presidente cómo lo ve?

C.H.G.: Hay que reconocer que el presidente Pastrana ha tenido muy buena voluntad. Ha sido muy magnánimo y condescendiente, pero no le han retribuido suficientemente su gran esfuerzo. De todas maneras nadie puede decir que no ha puesto empeño y dedicación.
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