Viernes, 31 de octubre de 2014

| 1993/04/12 00:00

"YO DESERTE DEL ELN"

Dramático relato hecho a SEMANA por un desertor que huyó de la guerrilla y hoy colabora con el Ejército.

"YO DESERTE DEL ELN"

HACE YA VARIOS MESES, EStábamos con mi papá trabajando en la parcela que él tiene por allá en San Vicente de Chucurí cuando llegó la guerrilla. Eran 15 hombres, vestidos con uniformes parecidos a los del Ejército y armados con fusiles y machetes. Cuando los vimos llegar no nos preocupamos porque eso por allá es muy común. Van a las fincas, le pegan a los campesinos, violan a las mujeres sin importarles que sean todavía niñas y, como si fuera poco, se roban el ganado y las gallinas. Pero ese día no fueron por ninguna de esas cosas. Tres de los hombres le pegaron a mi papá, lo tumbaron y en el piso le pusieron un fusil en la calleza y le dijeron: "El muchacho se va con nosotros y es mejor que usted no oponga resistencia".
"Ese día, de eso hace ya 17 meses, comenzó mi vida de guerrillero. No porque yo tuviera vocación para esa vaina, ni porque quisiera irme a aventurar al monte. Lo que pasa es que cuando vi a mi papá con un fusil en la caheza, supe que si no cogía mi machete y me marchaba con ellos, frente a mí lo hubieran asesinado. Y no es una exageración la que estoy contando. Durante el tiempo que estuve con una de las cuadrillas del ELN vi fusilar y ahorcar a mucha gente. Muchos compañeros trataron de volarse, pero desafortunadamente para ellos, los volvieron a coger. Me acuerdo de Juán, un muchacho que también se lo llevaron ese día conmigo. Al mes y medio de estar en el monte, una noche le tocó el turno de centinela y aprovechó para escaparse con otros tres compañeros. A él lo capturaron unas horas después y un grupo de guerrilleros lo trajo al cambuche, amarrado de pies y manos. Luego lo ataron a un árbol y el jefe de la cuadrilla lo acusó de traidor y ordenó que lo fusilaran. Eso nunca se me olvidará, Juán suplicaba que no lo mataran, pero no valió de nada. Una cuadrilla de 15 hombres descargó sus fusiles sobre su cuerpo.
Después abrieron un hoyo cerca al árbol donde lo asesinaron y metieron su cuerpo.
"Ese día juré que me volaría. Los meses que estuve como guerrillero fueron muy duros. Todos los días nos levantaban a las cinco de la mañana bajábamos a una quebrada para bañarnos y luego nos reuníamos en una choza para desayunar. Casi siempre era lo mismo: un pocillo de aguadepanela y dos panes. Después nos sentábamos en un potrero y un muchacho leía en voz alta libros que hablaban del comunismo y de vainas que tenían que ver con la lucha de clases y la toma del poder. Cosas que nadie entendía, pero que nadie se atrevía a decir nada o si no la horca lo estaba esperando.
Después colocaban en una grabadora casetes que tenían mensajes del cura Pérez donde hablaba del compromiso que teniamos con el ELN y lo importante que era exterminar al enemigo, o sea el Ejército y los campesinos que ayudan a las autoridades. En las tardes hacíamos simulacros de tomas de pueblos, emboscadas y de asaltos a bancos y oficinas de la Caja Agraria.
"Los entrenamientos duraban tres semanas y después salíamos del monte para poner en práctica lo que habíamos aprendido. Me acuerdo quc un día estábamos cerca de un pueblo que se llama San Pablo, por allá en el sur de Bolívar cuando apareció un grupo de soldados que estaban patrullando la zona. Eran 10 y la cuadrilla de nosotros estaba conformada como por 50 hombres. Entonces el jefe del grupo nos reunió y nos dijo: "Si ustedes le dan candela a esos h.p's, hay un premio de 50 mil pesos para cada uno y ocho días de permiso para que vayan a visitar a sus familias". La gente se puso contenta y se organizó la emboscada. Se hizo en una trocha en las afueras del pueblo. Los soldados venían caminado y con las armas terciadas al hombro. Cuando pasaron frente a nosotros todo el mundo comenzó a disparar.
Fue terrible. Tres soldados quedaron heridos y unos guerrilleros se les acercaron y les dispararon en la cabeza. Luego el jefe dio la orden de salir corriendo de allí y nos internamos en el monte. Esa noche nos reunieron y el encargado de la cuadrilla llamó por radioteléfono a uno de los jefes superiores para decirle que habíamos combatido al enemigo cuando nos habían atacado. La gente se molestó mucho. Todos sabían que eso no era verdad. Después nos dijeron que no había plata para darnos y que los guerrilleros no tenían derecho a visitar a sus familias porque cuando uno se mete en esto, los padres y los hermanos ya no existen. Que teníamos que aprender a verlos como personas extrañas y que en el mejor de los casos nos hiciéramos a la idea de que estaban muertos.
"Eso es muy verraco. Uno está allí obligado, se puede decir que secuestrado, y ni siquiera tiene derecho de visitar a la familia o escribirle para decirles que uno está vivo. Después supe que a mi papá lo habían ido a visitar para decirle que el Ejército me hahía matado y que ellos iban a vengar mi muerte. Mi padre les pidió que le entregaran mi cadáver, pero ellos le contestaron que ya me habían enterrado en uno de los montes cercanos a San Vicente de Chucurí con todos los honores de un guerrillero que había sacrificado su vida por un cambio en el poder.
"Después de la emboscada a la patrulla de soldados, no volvimos a salir a los pueblos. Nos metieron monte adentro en una zona muy lluviosa. La gente comenzó a enfermarse y no había droga ni médicos que los atendieran. La comida comenzó a hacer falta y sólo nos daban una porción diaria. La situación era muy de sesperante. Las ejecuciones de compañeros que trataban de volarse eran casi todos los días. Nos prohibieron oír noticias en la radio para que no nos enteráramos de los golpes que el Ejército le estaba dando a la guerrilla. Nos decían que eso eran tácticas que utilizaba el enemigo para desmoralizar a las cuadrillas. Que no nos preocupáramos por eso, que estábamos muy cerca de alcanzar el poder.
"En las noches, la vigilancia se redobló, no sólo para cuidarnos del enemigo sino para evitar las fugas de compañeros. Se llegó a tal punto que una simple sospecha se pagaba con la vida. Había mucho sapo que por ganarse unos pesos o una porción más de comida, iba donde los jefes y les decía que sabían que fulano de tal se iba a volar. Entonces de inmediato hacían consejos de guerra y ordenaban su fusilamiento.
"Estaba muy desesperado y decidí volarme como fuera. Un día nos sacaron a un pueblo por los lados de Barranca para recibir a un gringo que lo habían secuestrado y que nosotros teníamos que cuidar. En el momento de recibir al secuestrado, cuatro com pañeros lograron escaparse y comenzó una cacería por entre el monte. Hubo una gran confusión. Cada quien cogió para un lado diferente y yo, junto con otros cinco compañeros, emprendimos la huida. Nos internamos por el monte en busca del río. Seguimos su curso hasta salir a Barranca. Llegamos como a las dos de la mañana, o sea que caminamos como 10 horas, pero por fin estába mos a salvo.
"En Barranca, dos de los muchachos decidieron seguir su camino ha cia Puerto Berrío donde vivían sus familiares. Los tres que quedamos buscamos un lugar seguro en el monte y enterramos las armas y las municiones que llevábamos. Luego fuimos hasta el pueblo en busca del batallón del Ejército. Allí llegamos medio muertos, pero contentos. Por las armas y la munición que entregamos, recibimos una buena recompensa. Ahora estamos colaborando con las autoridades y, a cambio de ello, recibimos protección y muy posiblemente nos van a reubicar en otra región del país. Mis padres hace tres días supieron que estaba vivo y en unos días me reuniré con ellos".

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