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| 8/2/1993 12:00:00 AM

YO LO DEJE FUGAR

Al cumplirse un año de la fuga de Pablo Escobar, SEMANA obtuvo el testimonio de uno de los soldados que le dejó escapar.

ESE DIA, 21 DE JULIO DEL año pasado, había mucha tensión. Todos corriamos de un lado para otro. Mi general Pardo Ariza impartía órdenes a cada uno de los pelotones que llegaban al puesto de mando ubicado a unos tres kilómetros de la carcel de la Catedral. Nadie sabía nada de lo que estaba pasando. La orden de mi general era rodear la cárcel y disparar si alguno de los presos trataba de fugarse.
A las 7:15 de la noche logramos tomar posición en el puesto de vigilancia que nos habían asignado. Era en una de las garitas que estaba pegada a la malla de seguridad que rodeaba la carcel. Ahí montamos la metralleta punto 50 y cada uno de nosotros se ubicó a 15.metros, como lo había ordenado mi capitán Suárez, uno de los comandantes que ese día estuvo al frente del operativo. La noche estaba muy oscura, llovía intensamente.
Por el radioteléfono escuchabamos que llegaba más tropa al puesto de mando. Las luces de la cárcel se apagaron pero dejaron prendidos los reflectores. Estos se movían de un lado para otro tratando de ubicar el sitio donde se encontraban los soldados y el puesto de mando.
Luego los apagaban y otra vez se escuchaban los gritos de los presos: "Aquí está todo el Ejercito, nos van a encender a plomo".
A las 9:30 de la noche mi teniente Aranzales, otro de los comandantes de tropa, pasó revista por los seis puestos de vigilancia. Llegó hasta donde nos encontrabamos y nos dijo:
"Hay que tener los ojos muy abiertos.
No quiero sorpresas, no quiero que esta vaina se vaya a complicar. Mucho cuidado soldados', y continuó su recorrido.

EL PRIMER CONTACTO
Como no paraba de llover, decidimos montar un refugio para protegernos de la lluvia. Era una carpa de campaña y por turnos nos guarecíamos del aguacero que a esa hora caía. Yo estaba dentro de la carpa con otros tres soldados cuando de pronto escuchamos unos gritos. Era un guardián de la carcel que se acercó a la malla y gritó: ¿"Quieren repelo"?, es decir comida. Mi sargento Joya, que estaba al mando del puesto de vigilancia. entró a la carpa y le dijo a dos soldados que fueran hasta donde estaba el guardia y averiguaran qué era lo que estaba pasando.
Salimos con otro compañero. Prendí la linterna y mire el reloj.
Eran las 10:45 de la noche. Nos acercamos a la malla y el guardián nos dijo: "Parsas, ustedes deben estarse muriendo de hambre y aquí hay suficiente comida. Entren por ella y le llevan a sus compañeros". Saltamos la malla y entramos.
Con la linterna hicimos una inspección y en el piso había dos ollas con bastante comida. Las recogimos, y antes de saltar de nuevo la malla el guardia nos dijo: "Díganle al comandante del pelotón que si deja salir a siete trabajadores que se quedaron dentro de la cárcel y que no pudieron abandonarla porque las tropas que están en la entrada del penal no dejan salir a nadie. Hablen con él a ver que dice'.
Regresamos al refugio con las ollas y mi sargento Joya preguntó qué era esa vaina. Le dijimos que era comida y que nos la había regalado el centinela. Yo le dije que el guardia quería hablar personalmente con el sobre el asunto de unos trabajadores. Mi sargento Joya no contestó nada. Salió de la carpa, dio una vuelta por los puestos de vigilancia que habiamos montado y regresó unos minutos más tarde. Luego, llamó a uno de los soldados y le pidió que lo acompañara hasta la garita donde se encontraba el centinela.
Cuando llegamos a la malla Joya le dijo al carcelero: "Hermano, que es lo qué lo que usted quiere'. Ellecontestó: 'Entre y hablamos ". Joya me dijo que lo acompañara. Pasamos el alambrado y nos metimos detrás de una pequeña loma. Muy cerca de nosotros se escuchaban voces.
Provenían de las cabañas, las "caletas" que habían construido los presos fuera del perimetro de la carcel. y que les servía de escondite. Por el ruido que hacian notamos que había varias personas. Creo que casi todos los presos estaban allí reunidos.
El guardían comenzó a hablar." comandante hay siete obreros que necesitan salir. Ellos no tienen nada que ver con este asunto. Sus familias no saben nada de ellos y están muy preocupados. ¿Usted les puede ayudar?". Mi sargento se quedó callado y el vigi lante insistió. Entonces Joya le dijo que lo iba a pensar y que más tarde volvían a hablar.
Cuando regresó al refugio, el sargento Joya sabía muy bien que no podía ayudarlos. Tenía el mando de un puesto y no quería verse involucrado en ningún problema. Si algo pasaba, la primera cabeza que rodaba era la de él. Le mandó a decir al vigilante que se olvidara de esa vaina y que lo mejor era dejar las cosas quietas. Entonces decidió reunir a la tropa y nos dijo que debíamos estar alertas que cualquier cosa podía pasar y que no iba a permitir que alguien se volara.

LA NEGOCIACION
Una hora después, relata uno de los soldados, el guardia regresó a la malla y gritó que necesitaba reunirse con el comandante. Mi sargento Joya llamó al soldado Muriel, y otra vez se fue hasta donde estaba el guardian. Allí llegamos, y esta vez el vigilante nos dijo: "Aquí hay una persona que quiere hablar con ustedes. El es un hombre muy importante, le dicen 'Angelito', vengan y se los presento". Era un señor bajito, fornido, tenía puesta una gorra y un delantal de cocina color azul. "Parsas, necesito salir con otras personas. Ustedes nos pueden ayudar, hay mucha plata para que arreglemos esta situación". El hombre se agachó y levantó un costal y nos dijo: "Aquí hay 100 millones de pesos. Esto es de ustedes. Si quieren llévenselo. A cambio de ello necesitamos 10 soldados y un comandante para que nos protejan hasta estar a salvo".
Mi sargento le contestó: "Si sacamos ese costal de acá nos vamos a meter en problemas. Cómo lo vamos a llevar si estamos en pleno operativo y además cómo cargar con un saco repleto de billetes por este monte tan verraco. Esa vaina no funciona así". El hombre contestó: "Eso es muy fácil de arreglar. Ustedes saben ya qué son los 'bonos' o 'fichos' ". -Eran una especie de cheque al portador que se repartían entre los soldados que estaban en los retenes en la vía que conducía de Envigado a la carcel para que permitieran el ingreso al penal, especialmente los viernes en la noche, de personas no autorizadas, mujeres y grupos musicales-. Yo me acordé de esa historia, pues muchos amigos soldados me la habían contado. Ellos recibían el "bono" y cuando tenían día libre bajaban hasta una de las corporaciones de ahorro que había en Envigado, donde les cambiaban el vale por plata.
El "Angelito" sacó de uno de sus bolsillos un papel y escribió un bono por 100 millones de pesos y después se lo entregó a mi sargento Joya, quien lo dobló sin mirarlo y después lo guardó. Antes de volver a saltar la malla "Angelito" dijo: "Vamos a prepararnos y les avisamos". Cuando salimos y nos dirigíamos al puesto de vigilancia yo enfrente a mi sargento y le dije que esa gente no salía de allí. Mi sargento me contestó:
"No sea huevón que yo estoy al mando". Comenzó a caminar, entró a la carpa que habiamos montado se sentó junto a otros soldados.
A la 1:15 de la madrugada "Angelito" se asomó a la malla y le avisó a mi sargento que ya estaban listos. Uno de los soldados que estaba con nosotros montó el fusil y se colocó en posición de ataque. Mi sargento le gritó: "Soldado H.P. baje esa arma. Yo soy su comandante y hace lo que le ordene". El soldado se quedó quieto. Volvió a ponerle el seguro al fusil y lo dejó a un lado.

LA FUGA Era la 1:35 de la madrugada cuando el primer hombre saltó la malla. Detrás de el salieron muchos más.
Realmente nunca supe cuantos eran. Llevaban pelucas, delantales azules y machetes. Yo nunca había visto mujeres peludas, robustas y con machetes. Como tampoco nunca había visto a Pablo Escobar, no lo conocia y cuando pregunté cual era él, mi sargento Joya respondió: "No pregunte pendejadas" .
Pero me llamó mucho la atención que los hombres que habían salido de la reja rodeaban a una "gorda" con bigote y que caminaba con dificultad. Ninguno de ellos daba un paso sin el consentimiento de la "gorda". Cuando todos estuvieron afuera le dijeron a mi sargento Joya que ya no necesitaban de los soldados porque varios de ellos conocian muy bien el terreno. Preguntaron dónde estaban ubicados los puestos de vigilancia y Joya les señaló cada puesto. Luego se internaron en el monte y comenzaron a bajar por una trocha que los llevaba a la carretera que conectaba la cárcel con el municipio de Envigado.
En el puesto de vigilancia nadie hablaba. A las tres de la mañana un comandante del puesto de base se comunicó por radioteléfono y preguntó si había alguna novedad. Mi sargento Joya contestó que todo estaba bajo control. Cortó la comunicación y nos dijo: "Aquí no ha pasado nada. Esperemos que todo este asunto pase y después arreglamos las cosas por las buenas... ".
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