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| 10/10/2012 12:00:00 AM

"Yo soy zorrero desde antes de nacer"

Semana.com acompañó a uno de los líderes de los carreteros en Bogotá en su jornada con el primer caballo que será dado en adopción en diciembre cumpliendo con el decreto que obliga a la sustitución de las zorras por motocarros.

“Yo nací en una carreta. Dicen que cuando mi mamá empezó el trabajo de parto la subieron a una para llevarla al hospital y tan pronto se recostó nací (…) yo soy zorrero incluso antes de nacer”, asegura Alexander Rozo, uno de los líderes de los carreteros de Bogotá, orgulloso de su oficio y autodeclarado amante de los animales.
 
Rozo no encaja en el estereotipo del zorrero. Le gusta leer el periódico y ver noticieros para enterarse de lo que sucede en el mundo. No toma trago y no permite que sus hijas se relacionen con el mundo de las carretas, una estudia criminalística y la otra pronto se graduará de bachiller. Montó un salón de belleza en compañía de su mujer y es uno de los creadores de la propuesta de modelo económico para sustituir la forma de hacer su oficio, que cientos de carreteros respaldan en Bogotá y Villavicencio.
 
Chatarra en polvo
 
La jornada comienza a las cinco de la mañana. Cuando apenas despuntan los primeros rayos de sol sobre la ciudad, los dos Alex, caballo y carretero, salen del establo improvisado en el hueco de una antigua cantera de piedra, frente al Hospital de Meissen en Ciudad Bolívar al sur de Bogotá.
 
Cada día hacen una ruta diferente. En la primera parada de este recorrido encuentran botín inesperado: chatarra en polvo, la limadura de hierro acumulada durante toda una semana los aguarda. Cargarla no es sencillo, el fino polvo de hierro que se mete por la boca y la nariz, irrita la garganta y los ojos no tardan en lagrimear.
 
Mientras Alex, el carretero, carga el primer botín de la mañana, ‘Alex’, el potro, devora un pequeño parche de pasto en el andén. El estómago de los caballos está hecho para la hierba verde, no para los restos de legumbres marchitos y las zanahorias viejas con que suelen ser alimentados en la ciudad.
 
De vuelta a la carreta, Rozo mira los cascos herrados con varillas de construcción del potro que tira su carreta, del modelo más grande que circula en Bogotá: 2,50 metros de largo por 1,50 de ancho. Sólo el pito de un taxi al que se le atraviesa para cambiar de carril opaca el sonido de los cascos y lo saca del silencio que acompaña el recuerdo de su primer caballo, que él mismo ayudó a criar y que le robaron a punta de pistola en el barrio Santander al sur de la ciudad.
 
Alex comparte su nombre con su caballo. “Porque él ya es parte de mi vida y de mi familia; a una hija mía, por ejemplo, no le voy a poner Pinina o algo así”, dice tratando de contener una carcajada.

“Este caballo lo utilizaban para robar -dice mientras tiempla las riendas-, él era muy bravo, muy arisco, andaba muy rápido y no se dejaba tocar. Hasta que, cuando tenía un año, en medio de una balacera le pegaron un tiro en una pata. Iba a pasar al matadero para convertirse en carne”, y remata: “yo lo vi, me gustó, lo mandé operar y ahí lo tiene, camellando”.
 
Rozo, de 37 años, lleva toda su vida recorriendo las calles a bordo de una carreta. Su madre era propietaria de varias ‘zorras’, como son conocidos popularmente los carros tirados por caballos, de ahí que a los carreteros los llamen también zorreros, un oficio que debería cambiar a otras condiciones y a otros medios de transporte, como ha sucedido en otros países.
 
Se acaba el ‘camello’
 
“A mí no me gusta estar gritando por la calles chatarra, cartón, huesos… Yo tengo mis contratos fijos y mi forma de trabajo. Por eso no estoy de acuerdo con que se le imponga a los carreteros un modelo de negocio, porque cada uno debe ser libre de escoger lo que más le convenga, eso sí sin que les vayan a dar en la cabeza”, cuenta al pensar en que los días de su oficio están contados.
 
Entre finales de este año y principios del 2013 desaparecerán las carretas de la ciudad. Un decreto del Gobierno Nacional conmina a que se sustituyan los animales por motocarros, para mejorar la movilidad en las ciudades y frenar el maltrato al que son sometidos muchos caballos.
 
Rozo duda de que esto se cumpla. “Vamos en octubre y todavía no se han establecido los modelos de negocio y sustitución, no se han empezado las capacitaciones para conducir los nuevos vehículos y no pretenderán meter más de tres mil carreteros a estudiar al tiempo”.
 
Los carreteros de la ciudad tienen muchos líderes que pelean intereses propios y los modelos de negocio que ofrece el Gobierno no los convence. “Nosotros hemos hecho propuestas de manejo de basuras, de recolección de escombros y desperdicios que hoy se acumulan en las esquinas pero, como cada uno tira para su lado, pues nada que se llega a acuerdos”.
 
Las siguientes paradas del recorrido llenan la carreta de sobrantes de figuraciones de hierro y acero. Kilos y kilos de briznas de metal se van acumulando en la carreta y el paso del caballo reduce su velocidad. Son más de 400 kilos los que debe jalar hoy. “Pero él ha jalado hasta tonelada y media” sostiene su dueño.

Cuadrando caja

Ya en la chatarrería el trabajo de toda la mañana se transforma en números sobre una báscula. Cada gramo cuenta, cada partícula de polvo vale. Por eso, escoba en mano, Alex y Roberto, su silencioso ayudante, barren a fondo la carreta y el piso a su alrededor. La chatarra va a la balanza y los billetes al bolsillo: cien mil pesos que deberán ser repartidos entre el pago al ayudante, la comida y el cupo en el establo de ‘Alex’ y ‘Miguel’, el otro caballo de este carretero, que no puede trabajar pues está flaco y enfermo.
 
Lo que sobre irá para los gastos de la familia: sus dos hijas estudian, una criminalística y la otra termina el bachillerato y piensa estudiar administración de empresas. “Todo a punta de chatarra”, dice Rozo soltando una carcajada. A su esposa le ayudó a montar una peluquería con la que completa para los gastos de la casa, pues la madre de sus hijas vive con ellas en otra parte.
 
“Cervecita no, porque ya no tomo, es que yo no me aguanto un chiste, yo me conozco y entre carreteros las peleas son a cuchillo”, asegura con una seriedad que transforma su cara bonachona quemada por el sol y el viento sucio.
 
Terminada la jornada, ‘Alex’ acelera su galope. “Sabe que vamos para la casa, por eso corre. Él ama su cuartico”, dice su dueño. Es probable que el constante ruido de los motores y pitos de los carros, no haber tomado agua durante toda la mañana y sólo haber comido el pasto corto, sucio y pisoteado de un andén sean las verdaderas razones de su afán para llegar.

La casa

Doce caballos habitan las desvencijadas caballerizas de propiedad de una tía de Rozo. Su casa queda cerca pero no permite que sus hijas se acerquen a las “caballerizas” o a otros carreteros, “Mis hijas están para cosas más grandes, yo no me rompo la espalda trabajando para que terminen igual que yo o con un reguero de peladitos detrás”, dice.

Sin dudas el potro negro que trabajó toda esta mañana es el de mejor semblante, se nota mucho más macizo, su pelo brilla, a lo mejor por el aceite de bebé que su amo le aplica, y su “cuarto” está limpio. Un pequeño anciano recoge con una pala los desperdicios de los caballos, algunos anaranjados y acuosos evidencian que la zanahoria es reina entre muchos equinos bogotanos.

Algunos hocicos se asoman entre las rendijas de sus improvisados cuartos de madera y ‘Miguel’, su otro caballo, sale del establo. Su pelo opaco y sus costillas marcadas no hablan bien del trato que ha tenido. Rozo asegura que está en un proceso de recuperación porque lo tenían en una finca y allí lo maltrataban y alimentaban muy mal.
 
Lentamente le acaricia el hocico y el cuello señalando en donde le implantaron el chip de identificación, que lo acredita como tenedor del animal. Les quedan pocos días juntos. Rozo entregará a ‘Alex’ en diciembre a una finca en La Calera, al nororiente de Bogotá, que adoptó al caballo para sacarlo de las calles y ‘Miguel’ será entregado a más tardar el 31 de enero del 2013, cuando vence el plazo dado por la Alcaldía.

Su sueño ahora es comprar cuatro ponis que paseen a los visitantes por el parque ‘El Tunal’. Mientras cierra la puerta del cuarto ‘Alex’ remata: “Es que yo nací entre caballos y me quiero morir igual”.
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