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| 7/4/1988 12:00:00 AM

ZONA DE CANDELA

Cuatro militares y doce campesinos muertos, saldo de la provocación del ELN en Santander.

La última orden que el coronel Rogelio Correa Campos dio a sus soldados, fue cortar un árbol que, desde el alto de la base militar, obstaculizaba la visual hacia la explanada de la quebrada donde la masa de 5 mil campesinos esperaba atenta sus palabras. Eso ocurrió a las 2 y 45 minutos de la tarde del domingo 29 de mayo. Sólo alcanzó a decir dos frases introductorias antes de caer perforado por tres disparos, todos mortales. A su lado cayeron muertos el capitán Alfonso Morales, el cabo Pedro Beltrán y el soldado José Suárez. Tambíén cinco soldados heridos.
Desde ese instante y durante los 3 minutos siguientes, el único diálogo fue el de los fusiles, enloquecidos. La tropa, que replegada estratégicamente, acordonaba la espesa masa campesina, instintiva y automáticamente respondió al súbito ataque, sin blanco fijo, guiada únicamente por el probable origen de los disparos, que oían salir del lado de la quebrada y en todas las direcciones. Y en el centro, aportando a la confusión sus gritos desgarrados y su histeria colectiva, los 5 mil hombres, mujeres, ancianos y niños oían silbar las balas sobre sus cabezas: 26 las sintieron penetrar en sus cuerpos y 12 murieron.
Así, en un combate abierto entre la guerrilla y el Ejército, con centenares de inocentes de por medio y en toda la línea de fuego, terminó la marcha que los campesinos de 60 veredas de los municipios de El Carmen y San Vicente de Chucurí habían emprendido siete días antes.
NO PASARAN
El escenario del episodio, que significó la nota más alta de la escalada violenta que acompañó las marchas campesinas programadas simultáneamente la semana antepasada en los Santanderes, Cesar y el Magdalena Medio, fue la arboleda de una pequeña vega de la quebrada que riega la vereda "Llana Caliente", ubicada al lado de dos fondas camineras y al pie de una base que el batallón "Luciano D'lhuyar" tiene avanzada allí para el control del orden público en esa amplia región del Opón, sembra da de torres de petróleo, cacao, yuca y guerrilleros.
Hasta ese sitio, donde además confluyen tres carreteras intermunicipales, alcanzó a llegar la caravana de vehículos que transportaba los campesinos, cuya meta final era Bucaramanga. De allí no pudieron pasar. El gobierno nacional había impartido la orden de no dejarlos avanzar hasta la capital. El bloqueo se presentó a las 4 de la mañana del lunes 23, pero los campesinos no se devolvieron. Armaron sus cambuches provisorios con palos del monte y hojas de plátano a lo largo de la carretera y en la ribera de la quebrada, improvisaron fogones de piedra y se dispusieron a esperar.
Pero no fue una espera paciente. Desde el primer momento se instauró la tensión, que no hizo sino aumentar con el paso de los días. Ese mismo lunes por la noche la tropa tuvo que hacer descargas al aire para disuadirlos, pues, instalados de nuevo en los vehículos, intentaron forzar el paso. Frente a frente quedaron en una coexistencia espeluznante, alimentada por la incertidumbre, toda vez que para nadie, y menos para los militares, era un misterio que en las entretelas de esas marchas se confundían guerrilleros armados. Prueba de ello eran las escaramuzas y las acciones terroristas que se habían presentado en el sur del Cesar, a costa de la vida de uniformados y campesinos; las declaraciones de campesinos desertores de las marchas, que delataban las presiones por parte de la guerrilla y, sobre todo, lo que ocurrió ese mismo lunes en el paraje "La Fortuna", 10 kilómetros adelante de Barrancabermeja, sobre la carretera que comunica con Bucaramanga, donde otro grupo de 5 mil labriegos, procedentes del valle de Cimitarra, sur de Bolívar y otras veredas del Magdalena Medio antioqueño, se habían concentrado con el idéntico propósito de llegar hasta la capital del departamento. La tropa, acatando la directriz presidencial, los había detenido en ese paraje en horas de la noche. Pero cuando se produjo ese contacto, desde un sitio indeterminado y en la oscuridad, salieron ráfagas de fusilería que recibió respuesta inmediata de los soldados. En el suelo quedaron dos militares y tres campesinos muertos, también varios heridos.
Al calor de ese precedente, pues, se cocinaba la tensión en "Llana Caliente". De un lado una tropa nerviosa, desvelada, irritada al pie de sus fusiles con el dedo engatillado, y de otro una masa abatanada de campesinos acorralados y presionados por órdenes interdisciplinarias y perentorias que se corrían de boca en boca y con sordina, sobre las cuales muy pocos conocían el origen pero llevaban a lo mismo: resistir allí hasta nueva orden. Llegar a Bucaramanga o nada.
En comer, dormir y esperar ocuparon los campesinos la mayor parte del tiempo. El resto se les iba en presionar y hostilizar la tropa con frases desobligantes sobre todo a la caída de la tarde, algo que el coronel mitigó los últimos días con el himno nacional y marchas militares que colocaba por los altoparlantes del cuartel. Algunas noches se vieron parejas bailar sobre la carretera a la luz de los faroles de los carros y la música de sus pasacintas.
Temerosos y ariscos para tratar con la prensa, en sus respuestas los campesinos dejaron ver su desorientación y su miedo. Una encuesta hecha al azar al día siguiente de la tragedia, cuando se disponían a regresar a sus parcelas, bien puede servir de parámetro para medir el callejón sin salida de su situación:
- "Yo no sé a qué vine, si quiere que le diga la verdad. En el campo hay animadores que lo animan a uno a venir y uno se viene por el ánimo de los otros, porque decían que el que se quedaba lo martirizaban", respondió otro, que tampoco explicó el significado de "animadores".
- "A uno lo invitan en las veredas a reclamar a la ciudad y uno se viene confiao. Yo ni sabía que aquí había gente armada y ninguno de los que estaban conmigo puede decir que los vio. Nosotros sólo queríamos pasar a Bucaramanga para que el gobierno nos escuche porque nosotros tenemos muchas necesidades. Nos faltan caminos, agua buena, escuelas, centros de salud y sobre todo tenemos ese problema de la comercialización del cacao eso nos tiene aguantando hambre a las familias. Nos lo compran a mitad de precio y con el plazo que les da la gana y nosotros seguimos endeudados con las entidades sin poder pagar", dijo uno más.
- "Sí, vienen unos señores armados y nos dicen que tenemos que ir con ellos, pues tenemos que ir, sea el Ejército o el que sea. A cualquier grupa armado le tenemos miedo y no nos da mucha alegría verlo llegar a la casa. Nosotros no tenemos la culpa de nada de esto", aclaró otro.
EL ULTIMO DIA DEL CORONEL
El coronel Correa Campos había llegado a la base el jueves de esa semana para dirigir personalmente la situación. Su misión era contener allí a los campesinos; difícil misión que él enfrentó con sus 25 años de experiencía en las zonas más escabrosas de orden público. Pero su reciedumbre castrense no le hizo esquivar el diálogo como arma de disuasión. Más de una vez este "trochero" -nombre que en el argot militar se les da a los oficiales echados para adelante en el monte- se puso al frente de la multitud campesina para escuchar sus reclamos y dialogar con sus dirigentes, desatendiendo las recomendaciones del sargento comandante de su escolta, que le previno sobre los peligros de esa vía diplomática. Las veces que se asomó al diálogo, siempre lo hizo por la misma parte: una piedra saliente de la explanada alta donde está ubicado el cuartel.
Ese domingo los campesinos estaban particularmente inquietos y vociferantes y el coronel se había despertado especialmente optimista y de buen talante. Lo primero porque ese día, por fin, en Bucaramanga se reunían el gobierno y los campesinos para encontrarle una salida a la encrucijada, algo que no se había hecho en toda la semana. Y lo segundo, porque estaba cumpliendo años, 45. Esa tarde su ánimo estaba más ligero. Aceptó salir a dialogar con los campesinos por la insistencia de éstos, no porque lo deseara, porque entre otras cosas estaba retrasado para el almuerzo que en su honor había preparado en la fonda el alcalde de San Vicente.
Contra su costumbre, salió sin la cartuchera, sin sus armas y bártulos de soldado. Los había mandado adelante para la fonda, donde se dirigía a almorzar. Dio la orden de que cortaran el árbol y comenzó a hablar con la multitud. La ráfaga le cortó el discurso y la vida. Lo que siguió en "Llana Caliente" fue el infierno.
Con todo, no está claro lo que realmente ocurrió ese domingo en "Llana Caliente". La investigación quedó en manos de una comisión nombrada por la Procuraduría para desentrañar el grave asunto. Los oficiales militares lo refieren como una abierta provocación del ELN, que "cambió" la vida de un coronel por la de cualquier cantidad de campesinos, porque los muertos pudieron haber sido muchos más y, con base en informaciones obtenidas de un sujeto capturado ese mismo domingo, calcularon en 50 el número de guerrilleros infiltrados en la marcha. Por su parte, los dirigentes de ésta, refieren el hecho como una masacre oficial y sobre el origen de los disparos se abstienen de opinar hasta que no termine la investigación.
Y los campesinos rasos no dicen esta boca es mía. Todos los entrevistados, sin excepción, dijeron encontrarse lejos del lugar en el momento de la balacera y en consecuencia no vieron nada. De lo que sí no parece quedar duda es que la ráfaga que alcanzó al coronel y a los otros militares salió de la parte posterior de la concentración campesina. Uno de los labriegos evacuado hacia Bucaramanga, declaró al corresponsal de un noticiero de televisión que quien disparó había sido un "sapo", un desertor del ELN, para golpear y desprestigiar esa organización, versión que en el contexto demencial que ha adquirido la violencia en el país, es tan descabellada como perfectamente posible.
Tampoco queda duda de que las ya famosa marchas campesinas, después de este incidente, no volverán a ser lo mismo, ni van a contar con la democrática tolerancia del gobierno. Ya son sinónimo de subversión, así la causa que arrastra esas masas humanas sea justa y su abandono por el Estado sea real.
Y el ELN pierde con esto todo el terreno que había ganado en la movilización de masas campesinas. Las marchas perdieron su piso legal y esta agrupación sus argumentos. La muerte del alto militar y de sus subalternos de ninguna manera pueden presentarlos como un trofeo de guerra. Les queda la vía del terror, que, como se sabe, a la larga se convierte en un boomerang implacable.
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