Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1993/08/30 00:00

¿Zona rosa o zona roja? Las víctimas hablan

El crimen y las drogas se tomaron al más exclusivo sitio de diversión de Bogotá: la calle 82.

¿Zona rosa o zona roja? Las víctimas hablan

HASTA HACE UN AÑO, LA calle 82 de Bogotá -conocida como la zona rosa- era un orgulloso compendio de algunos de los sitios más cosmopolitas del mundo. Trataba de imitar algo de la Quinta Avenida de Nueva York, con sus tiendas exclusivas y sofisticadas; y un poco del barrio latino, de París, con sus románticos y esnobistas cafés. Mientras en Salomé o en Café Libro se escuchaban los sones de Benny Moré, o en Soho y Music Factory el estruendo de Guns and Roses sacudía a los bohemios, afuera, en la calle, el ambiente mostraba un mundo apacible. Era una Bogotá inusual, que nada tenía que ver con esa otra ciudad de arrabal y malevaje, de puñalada y cantina, de amores pagados y de alegría sórdida en la que en décadas pasadas acostumbraban a rumbear los jóvenes bogotanos.
Sin embargo, de la noche a la mañana esa misma zona rosa se transformó en una zona roja. Está invadida por vagabundos y pandillas juveniles, droga y crimen organizados. La situación ha llegado a límites dramáticos: las cifras oficiales revelan que cada fin de semana se presentan cuando menos 15 riñas callejeras y seis heridos de gravedad con arma de fuego o cuchillo; y cada mes, cuatro muertos. Las urgencias de la Clínica del Country y la Fundación Santafé aledañas al sector permanecen congestionadas hasta el amanecer de sábados, domingos y días festivos.
Pero lo sorprendente del asunto es que la mayoría de estos delitos no son cometidos por delincuentes o atracadores profesionales, sino -en palabras de las autoridades- por "niños 'bien', drogados o borrachos". "Por la sola necesidad de divertirse -agregó la fuente-, rompen con piedras o varillas los automóviles que encuentran a su paso. O buscan pleitos, bajo cualquier pretexto, con las parejas de transeúntes. Y cuando andan en banda o gavilla, desencadenan sangrientas peleas con los grupos rivales ".
Como si fuera poco, a este negro panorama hay que agregar los robos cometidos por delincuentes profesionales, que asaltan a las personas cuando salen de los establecimientos. Varios testimonios recogidos por SEMANA dan cuenta de un nuevo tipo de delito. La historia parece repetirse noche tras noche. Mujeres hermosas entran a los bares y discotecas. Buscan a los hombres solitarios. Les proponen una noche de placer. En algunos casos acuerdan con ellos un precio. En otros, simplemente les crean la ilusión de un levante ocasional. Pero camino al amor, los duermen con escopolamina. Las víctimas no sólo son despojadas de sus pertenencias -incluyendo las ropas- sino que además pierden sus carros. Esta modalidad de delito va en aumento: ya son más de tres cada fin de semana.

Yo LE VENDO, VENDO...
Si la mayoría de las veces los hijos de papi son quienes imponen la ley de la selva en la zona rosa, son los jíbaros o expendedores de droga los que han impuesto el vicio y el deterioro de varios locales. Quizás en ninguna otra zona de la ciudad hay un mercado más organizado de tráfico de drogas como el que existe allí. Se consigue desde un cacho de marihuana, pasando por un paquete de basuco y un gramo de cocaína de la más alta pureza, hasta otras drogas más duras como heroína o cualudo. Y se venden en las calles como si se tratara de simples chocolatinas o de un paquete de Marlboro. A pesar de los operativos que han hecho las autoridades, estas organizaciones siguen actuando en la zona como Pedro por su casa. Según una fuente de la Policía "la captura de un grupo de distribuidores una noche no logra evitar que al día siguiente vengan otros a reemplazarlos, pues el mercado es tan atractivo que siempre hay quien está dispuesto a correr el riesgo de salir a vender". Pero además de los jíbaros, otro ingrediente se suma a la manzana podrida en que se convirtió la zona rosa: son los grupos de vagabundos y limosneros que tras la consabida "monedita", arrastran con bolsos, billeteras, relojes y dejan uno que otro carro desvalijado.
La ola de inseguridad es a calle abierta. Por ahora los establecimientos han permanecido relativamente inmunes a este flagelo. Pero como soldado advertido no muere en guerra, algunos de ellos han creado pequeños ejércitos de detectives para vigilar y proteger a sus clientes. En Soho, por ejemplo, sus administradores infiltran a guardias de seguridad en la pista de baile y en los baños. Los porteros tienen la estricta misión -como en los mejores clubes sociales de la capital- de reservarse el derecho de admisión.
Otros sitios, como La Tienda de Guasca, Music Factory, Pipeline, Up & Down, Karaoke y el restaurante Nad Zarovia, comparten los servicios de vigilantes callejeros. No se trata de los tradicionales centinelas de linterna y escopeta de fisto. Por el contrario, parecen un moderno grupo de choque al estilo del cuerpo élite de la Policía. Visten un impecable overol negro y van acompañados de un contundente bolillo y de un perro detector de bombas, pues entre los dueños de los bares nadie olvida que la calle 82 siempre ha estado en la mira del narcoterrorismo.
Music Factory ya empezó la batalla contra la inseguridad y decidió separar a su clientela de los "chicos malos". Para poder ingresar a este establecimiento los clientes deben sacar previamente un carné de identificación. "Su obtención es tan complicada como lograr una visa para los Estados Unidos", le dijo a SEMANA un conocedor de la materia. La persona debe someterse a una rigurosa investigación de su hoja de vida, que incluye datos tales como nombre, dirección, teléfono, lugar donde estudia y hasta el grupo musical favorito. Los que no tienen carné sólo pueden entrar como invitados de los socios o por su "buena pinta".
Otros establecimientos también han tomado cartas en el asunto. Al fin y al cabo, si no logran detener el deterioro sus negocios comenzarán a tambalear y las ventas de la zona, que se calculan en poco menos de 100 millones de pesos durante las tres noches de gran movimiento del fin de semana (jueves, viernes y sábado), se irán a pique.
A la campaña por limpiar la zona rosa se ha integrado también la Policía, después de que el propio comandante, el general Luis Enrique Montenegro, metiera baza en el asunto y diseñara una serie de redadas antecedidas de labores de inteligencia con las que las autoridades buscan no sólo detener vendedores de droga y atracadores, sino tratar de desmantelar las redes del crimen desde sus operadores callejeros, hasta sus jefes y organizadores. Pero las perspectivas de lograr resultados pronto no son muy halagueñas. "La realidad -sostuvo el dueño de uno de los locales- es que dentro de los establecimientos es posible garantizar algún margen de tranquilidad y seguridad, pero en la calle resulta prácticamente imposible".

Las víctimas hablan
UN GRUPO DE AMIGOS: "Caminábamos en la zona rosa cuando se parqueó al frente del sitio donde estábamos un jeep con su radio a todo volumen. Nosotros les pedimos que bajaran un poquito el volumen, porque nos incomodaba. Pero los de ese carro ignoraron lo dicho. Al ver que no hacían nada al respecto, volvimos a insistir. Entonces se bajaron y empezaron a insultarnos. De un momento a otro, uno de los tipos sacó un pica hielo y se lo clavó a uno de mis amigos en el estómago".
UNA MADRE DE FAMILIA: "Yo estaba en el semáforo de la 82 con carrera 11 . Tenía la ventana abajo y se me acercó una viejita que no parecía limosnera. Me preguntó una dirección y esto es lo último que recuerdo. Después supe que la viejita se había montado en el carro con un grupo de ladrones y que yo misma los había llevado hasta mi casa, donde me robaron todo lo que tenía. Parece que me dieron escopolamina".
UN UNIVERSITARIO: "Vimos a una muchacha muy bien vestida y muy atractiva. Charlamos y yo decidí dejar a mis amigos para irme con ella. Lo último que recuerdo es que pasé por el frente de la Hacenda Santa Bárbara hacia el norte. Me robaron todo lo que tenía y me lanzaron del carro cuando aún estaba en movimiento. Me encontraron en la carrilera del tren con toda la cara y un hombro raspados".
UN GRUPO DE ESTUDIANTES: "Estábamos sentados tomándonos un trago en una de las terrazas que dan sobre la 82. De repente unos tipos armados y malencarados se acercaron a uno de nosotros, lo tomaron por el brazo y se lo llevaron hasta la mitad de la calle. Allí uno de ellos empezó a darle una golpiza impresionante, pero nadie podía hacer nada porque el resto de los tipos armaron un círculo alrededor y nos amenazaban con las pistolas. Cuando por fin el tipo decidió dejarlo, nos lo llevamos de inmediato a la clínica. Le habían roto todos los huesos de la cara. Al día siguiente nos enteramos de que a nuestro amigo lo habían confundido con alguien que tenía "cuentas pendientes" con ese grupo de hampones".

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