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| 4/22/2010 12:00:00 AM

Dos abuelas que luchan contra la impunidad

Rosa Roisinblit se enfrentó a la dictadura argentina desde la Plaza de Mayo buscando a sus nietos secuestrados. Fabiola Lalinde se hizo oír tras la desaparición de su hijo en las montañas de Colombia.

Si les preguntan sus edades, ambas señoras coinciden en que el sufrimiento les ha hecho vivir por lo menos 200 años. Responden pausado, pero piden que les hablen fuerte. Una juega con su bastón mientras con acento argentino relata la búsqueda de sus nietos. La otra lleva colgada en su cuello la foto de su hijo, torturado y asesinado hace 25 años. 
 
Coinciden también en la búsqueda de la verdad y exigen justicia sin contemplaciones. Fabiola es una paisa que se enfrentó al poder político y militar colombiano y logró que la OEA condenara al Estado por el asesinato de su hijo. Rosa y su grupo de abuelas de la Plaza de Mayo han recuperado de las manos del secuestro durante la dictadura a 101 nietos, que ya no son niños. Hoy están nominadas al Premio Nobel de la Paz.

Desde el II Congreso Mundial de Trabajo Psicosocial en Desaparición Forzada, Procesos de Exhumación, Justicia y Verdad, que por estos días se celebra en Bogotá, hablaron con Semana.com.

“El mejor premio Nobel es encontrar a nuestros nietos”

Rosa Roisinblit, vicepresidenta y fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, la asociación de mujeres que se formó en Argentina hace 33 años para luchar por la libertad de aquellos que la dictadura les arrebató, dice que siguen buscando incansablemente para conocer la verdad y exigir justicia.

“Queremos saber quién se los llevó, por qué se los llevaron y exigimos que los culpables sean castigados. No está dentro de nuestros planes olvidar a nuestros hijos y nietos”, afirma una de las abuelas más aguerridas en la pelea contra el olvido y la impunidad.

Cuenta que su lucha ha dado buenos frutos pero que no desisten de ella. De 500 niños desaparecidos durante la dictadura han encontrado a 101, que obviamente ya son hombres y mujeres cercanos a los 30 años de edad. Rodolfo Pérez, su nieto, fue el primer niño recuperado que se encontraba en manos de la Fuerza Aérea de ese país, en 2001. “Sabemos, por nuestra edad, que no los vamos a encontrar a todos”.

Por segunda vez y en reconocimiento a su incansable labor, este grupo de mujeres está nominado al Premio Nobel de la Paz.

Rosa ve con buenos ojos la nominación y cree que “sería un gusto muy grande poder obtenerlo. Pero el mejor Nobel es encontrar a nuestros nietos”.

Al preguntarle su opinión sobre el conflicto colombiano, advierte que no se mete en los problemas de otros países porque cada región tiene sus luchas, pero que su principal aporte es relatar lo que ha vivido.

Dice que desde que Argentina tiene gobiernos democráticos las abuelas ya no van más a la Plaza de Mayo, aunque no prohíben ni exigen a las nuevas generaciones de mujeres que siguieron su lucha que hagan presencia en el histórico lugar. “Además ya no tenemos edad para marchar”.

Su memoria intenta recordar si son siete u ocho los nietos que han encontrado sin vida pero recuerda que uno de ellos fue hallado muerto en el vientre de su madre en el momento del parto. “Lo mataron de un tiro en la panza cuando su madre lo estaba pariendo”.

Lamenta que la justicia argentina aún considere el secuestro de un niño como un delito menor, al que no le dan más de 7 años de prisión. Pero ve con satisfacción que los represores y asesinos de hace 30 años, hoy están empezando a ser juzgados con todo el peso de la ley.

A paso lento pero firme, las Abuelas de la Plaza de Mayo continúan en su lucha por la verdad y la justicia, en un país que está reconociendo la barbarie y que empieza a castigar a los represores, asesinos y secuestradores durante los años aciagos de la dictadura.

Me enfrenté al poder político y militar colombiano con la 'operación sirirí'

A Fabiola Lalinde le desaparecieron, torturaron y asesinaron a su hijo hace 25 años. Desde entonces no ha descansado en la búsqueda de la verdad y la justicia.

“Luis Fernando, mi hijo mayor, fue detenido, torturado y desaparecido en zona rural del Municipio de Jardín, Antioquia, el 3 de octubre de 1984, en el marco del proceso de paz del presidente Belisario Betancur con varios grupos al margen de la ley, entre ellos el EPL (brazo armado del Partido Comunista). Al momento de su detención, Luis Fernando militaba en la Juventud Revolucionaria Marxista-Leninista y en el mes de diciembre se graduaba como sociólogo de la Universidad de Medellín”.

Fabiola cuenta que su hijo fue detenido por razones políticas y que en esos casos sólo la familia se interesa por el paradero del desaparecido.

La búsqueda de la verdad sobre la suerte de Luis Fernando tardó 4.428 días hasta que el 18 de noviembre de 1996 lograron rescatar sus restos, plenamente identificados, de la bodega de la Octava Brigada del Ejército. Recibieron una caja de cartón con 69 huesos.

El entierro de sus restos mortales no fue suficiente para Fabiola, quien emprendió lo que ella llama “operación sirirí” en su insistencia por conocer la verdad, buscar la justicia y recuperar la dignidad de su hijo que figuraba como un NN.

Según narra, sirirí es un ave que representa y simboliza la persistencia porque persigue a los gavilanes que se llevan a los polluelos hasta que logra recuperarlos.

Fabiola estuvo privada de la libertad por unos días porque la acusaban de narcotraficante tras un allanamiento que encontró en su casa en Medellín una cantidad de cocaína escondida en un closet. “Fue un montaje de desprestigio y persecución”, afirma.

El 16 de septiembre de 1988 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA condenó al Estado Colombiano por el "arresto y posterior muerte" de su hijo, un logro que cuenta con lágrimas en los ojos.

Conoció la verdad: que su hijo fue asesinado por miembros del Ejército colombiano. Pero su corazón de madre le dicta que debe seguir luchando por la justicia, porque ninguna persona ha sido castigada por el crimen. A eso dedica cada día de su vida.

Por eso está presente en foros y conversaciones donde las víctimas narran sus testimonios. Carga su expediente y se ha convertido en una “militante del dolor de las madres”, porque las acompaña en los procesos de búsqueda de sus desaparecidos y es capaz de escarbar con sus propias manos en las fosas comunes buscando una señal de los seres queridos.

“Llegamos a la verdad, pero está pendiente la justicia y no hemos renunciado a ella. La verdad no excluye la justicia”, repite en cada frase para que no se le olvide a ella ni a quienes la escuchan.

Su corazón no alberga odio porque cree que la única forma de vivir en paz es la reconciliación, pero eso, reitera, sólo se logra recuperando la memoria.

Fabiola propone declarar las armas como un símbolo de cobardía y cambiar el combate por el debate, porque “como madre y abuela me duele cada gota de sangre que nuestros hijos y nietos derraman sobre esta maltratada Patria”. 

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