Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/12/06 00:00

León Valencia se confiesa

El libro autobiográfico del antes jefe del ELN y hoy investigador social y columnista de El Tiempo, León Valencia, intenta reconocer su parte de responsabilidad en la guerra colombiana y explica por qué optó por la paz.

León Valencia se confiesa

A continuación el prólogo del libro "Mis años de guerra" de León Valencia, Editorial Norma, 2008.


La traición y la vergüenza

Muchas personas, entre ellas altos funcionarios del gobierno y el propio presidente Álvaro Uribe, me han pedido que cuente la verdad. Me exigen que le diga al país lo que hice en la guerrilla y quienes fueron mis amigos. Se han molestado bastante por mi participación en las investigaciones académicas sobre la parapolítica y porque, desde mis columnas, he adelantado un debate sobre el grave daño que le ha hecho a la democracia colombiana la utilización de la violencia en la competencia política. Quieren hacer ver que no tengo autoridad moral para intervenir en ésta discusión.

Lo hacen en eventos públicos o en réplicas a mis escritos. Señalan una y otra vez que mi pasado me inhabilita para ejercer una labor crítica sobre los acontecimientos de hoy. No quieren que hable de las alianzas entre líderes políticos y jefes paramilitares y de la tragedia que se esconde tras ese compromiso: los miles de muertos y desaparecidos, de torturados y mutilados, los millones de desplazados y ofendidos. Se enojan porque me atrevo a escribir sobre el conflicto armado y sobre la necesidad imperiosa de buscar una salida pacífica para esta dolorosa confrontación.

Entiendo su rabia. Las indagaciones académicas sobre la parapolítica han sido empleadas por la Corte Suprema de Justicia y por la Fiscalía General de la Nación como apoyo para adelantar las investigaciones judiciales. El escándalo político es muy grande y muchos de los amigos del gobierno han ido a parar a la cárcel. Quizás este hecho se convierta en el más grave tropiezo de esta administración.

Podría desechar el llamado a hablar de mi pasado y seguir sin inmutarme en mi labor de escritor y columnista, o decir, simplemente, que formé parte de un acuerdo de paz transparente que se tramitó con arreglo a la Ley de indulto y amnistía de principios de los años noventa del siglo pasado cuando no estaba en discusión el carácter político de nuestro alzamiento armado. Podría, incluso, citar al presidente Uribe que en algunas ocasiones elogió mi compromiso con la paz y señaló que mis amigos y yo le cumplimos al país.

Pero no lo voy a hacer. Quiero ofrecer la memoria de mi paso por la guerrilla. Contar esa historia como la vieron mis ojos. Como la vivió mi corazón. Contar cómo llegué hasta allí y como salí. Será, seguramente, también una memoria controversial. Aspiro, eso sí, a que sea honesta conmigo mismo y con los demás.

Creo entender que muchos dirigentes políticos preguntan por mi pasado con el propósito de restar legitimidad a mis palabras, a mis escritos, y además con el objetivo de avergonzarme. Esto es un acicate para mi espíritu. Hay dos palabras que me perturban demasiado: traición y vergüenza. Mi padre me las metió en el alma a muy temprana edad.
 
No sé cuáles angustias agitaban su corazón cuando las mencionaba, pero le pesaban tanto que dedicó muchos momentos de su vida a forjar en mí una noción de ellas. Decía que aún en la enemistad cabía la lealtad. Decía que las desdichas de un hombre son del tamaño de sus vergüenzas. He dedicado mi vida a espantar el fantasma de la traición y a buscar día tras día que al final de mi vida no tenga motivos para avergonzarme, o que éstos sean pocos y nimios.

Cuando salí de la guerrilla mis antiguos compañeros me acusaban de traición. Me dolía como si rompieran mi piel con un estilete, lentamente, deteniéndose a cada momento para hundir un poco más la cuchilla afilada. Pasaba las noches dándole vueltas a esa palabra y a los múltiples significados que guarda.

Me acordaba de Borges y sus alegorías. Un hombre que en el fragor de la batalla abandona las filas en que combate y se pasa al bando contrario y arremete con singular apremio contra sus antiguos amigos. Un hombre que rumia un viejo rencor, quizás el desaire de un amor, quizás el robo de un amor, y se afilia a una cuadrilla que va tras sus compañeros de antaño.

Un hombre que abjura de una idea que ha cultivado por siempre y migra hacia las ideas contrarias y abraza con furor el nuevo credo. El converso, el odioso converso, que conoce con deleite los secretos de su vieja doctrina, que sabe sus puntos vulnerables, que entiende el significado más recóndito de las sentencias más apreciadas de los códigos que fueron tan cercanos a su corazón. Que valido de aquel conocimiento se dedica con una pasión desconocida a desafiar a sus viejos correligionarios.

No era mi caso. No quería ser así. Había dejado las filas guerrilleras porque había comprendido, mediante el dolor de saber a mis amigos muertos, mediante la angustia que trae la pérdida de seres entrañables, que la vida, la que nos ha tocado trasegar o presenciar, está por encima de todos los demás valores. Fue un cambio en la escala de valores lo que me llevó a la paz. No era la ilusión de un mundo mejor lo que estaba dejando atrás, no era ese compromiso con la justicia, esa búsqueda de la equidad social, esa lucha por la dignidad humana, que había aprendido de un obispo y de un grupo de sacerdotes en una región lejana de Colombia, lo que quería abandonar. Le había visto de cerca la cara a la muerte y la sabía más dura, más fría y más inapelable que la pobreza y la exclusión.

La traición es una negación infame de nuestro pasado. No quería esa cruz para mi vida. Había ido a la guerrilla por unas creencias y me devolvía con ellas. Había modificado su orden, su prioridad, en medio de la triste experiencia de acercarme a la muerte.
Mi ruptura con la violencia fue radical, macerada en la introspección, pensada en las noches abismales de las montañas. No obstante, he conservado siempre un respeto enorme por una generación de colombianos que en los años sesenta y setenta del siglo pasado se fueron a la guerra con la quimera de cambiar el mundo.

Desde cuando salí de la guerrilla, hace ya catorce años, he dedicado mis días y mis noches a criticar las armas y a buscar una salida negociada para nuestro inveterado conflicto. Pero también he consagrado este tiempo a contradecir con mi vida la idea de que perpetré una traición. No he logrado lo primero, pero creo que he alcanzado lo segundo.

En noviembre de 2007 me encontré con Nicolás Rodríguez Bautista (Gabino) comandante general del Ejército de Liberación Nacional ELN y pudimos hablar y discutir en un ambiente de respeto sobre la situación del país y sobre la necesidad de la reconciliación.
 
También había hablado largamente con Pablo Beltrán y Antonio García. Eran mis antiguos compañeros en el Comando Central del ELN. Hablábamos ahora desde orillas muy distintas. Sabíamos cuánta distancia teníamos. Pero ellos tenían la certeza de que soy un contradictor leal de su guerra y yo tenía la seguridad de que, ni me han tendido, ni me tenderán nunca, una celada amparados en la calificación de traidor.

Este libro atiende al eco que aún deja en mi interior la palabra traidor, pero sobre todo está dedicado a la palabra vergüenza. ¿Debo avergonzarme de mi pasado? ¿De qué debo hacerlo y de qué no?

En marzo de 2008 me encontré con el senador Mario Uribe Escobar en una oficina de la Fiscalía en Bogotá. Fui a responder por una demanda de injuria que me había hecho el senador a raíz de mis escritos sobre la parapolítica. Era la diligencia de conciliación, pero Uribe llegó visiblemente alterado y se desató en insultos contra mí. Me trató de asesino acusándome de tener una enorme deuda con la democracia que me había recibido generosamente; me reclamaba por haber tenido el descaro de utilizar los espacios que me habían dado en la gran prensa para enlodar a personas decentes como él.
 
Miraba sus ojos azules chispeantes, sentía su ira enorme, desafiante, inquisidora, y mientras mi abogado le decía que me respetara, pensaba si tendría algo de razón, si debía retractarme y callarme, si el compromiso innegable que tuve alguna vez con la violencia insurgente me obligaba a guardar silencio frente a los días aciagos que ha vivido mi país en los años posteriores a mi pacto con la paz. Pensaba en las historias paralelas que teníamos Mario Uribe y yo. Habíamos nacido en el mismo pueblo, en Andes Antioquia, a unos quince minutos en auto de Salgar, la cuna del presidente Álvaro Uribe Vélez.
 
Habíamos tenido la fortuna de nacer en las mismas tierras del “Indio Uribe” y de Gonzalo Arango que, aunque en épocas distintas, ambos habían escandalizado con su palabra esa tierra dormida y lejana. Pero era evidente que habíamos elegido destinos opuestos y ahora estábamos allí para discutir frente a frente sobre la vergüenza, acerca de cuál de los dos podía levantar los ojos hacia la justicia con una serena dignidad.

En el verano europeo de 2007 leí Pelando la Cebolla, la autobiografía del escritor alemán ganador del Premio Nobel de literatura Günter Grass. El libro está dedicado a explorar una vergüenza, la de haber mirado para un lado, la de haber callado, en momentos cruciales del ascenso del nazismo, la de haber tenido unas relaciones fugaces con la SS, la tropa élite del ejército alemán. El libro se me convirtió en una obsesión desde cuando tuve la primera noticia de su existencia.
 
Pensaba en la aflicción enorme que cargó durante un tiempo infinito el autor. En algún momento le propuse a un amigo que domina el alemán que me hiciera el gran favor de leer conmigo el libro. No tuvo que hacerlo porque pocos meses después éste traducido al español. Lo compré en una librería de Barcelona la misma noche en que viajé a Berlín para estar dos días allí. Lo leí en dos tirones hasta comprobar que estaba escrito con la urgencia de alguien que necesitaba reconciliarse consigo mismo, con el pavor de tener que cargar con una deuda pendiente en la conciencia, una deuda de honor con la verdad.
 
Nadie le había pedido a Günter Grass que hablara de su pasado, quizás nadie sabía de esta vergüenza o quizás toda memoria se había perdido en el algún pliegue azaroso del tiempo, pero la angustia estaba ahí y el viejo escritor consagrado y glorioso no se quería ir del mundo sin contarla, sin desnudar su miseria. Volví a sentir el pálpito de mi padre ante la vergüenza.

En los días en que empezaron las discusiones que me llevaron a dejar el ELN, a finales de 1989, hablé muchas veces con el cura Manuel Pérez, jefe máximo de la organización. Él, que adivinaba fácilmente los miedos y los dolores de las personas, supo que me aterraba el mañana. En mi llamado a buscar urgentemente unas negociaciones de paz, en mis críticas a la degradación de la guerra, veía asomar la preocupación por el futuro, por la explicación que daríamos de nuestros actos en los años por llegar.
 
Trataba de apaciguar mi espíritu convenciéndome de los horrores que tanta gente había padecido en la década de los ochenta, las muertes incontables de la izquierda, la rudeza infinita con la que se trataba a la oposición, el carácter implacable de la dirigencia del país. Desdeñaba los reclamos que nos harían en un incierto porvenir. El futuro ya está aquí y el padre Pérez se ha ido y no podrá leer algunos cosas que contaré de aquellas conversaciones.

Antes de que se desataran las exigencias para que hablara de mi paso por la guerrilla tenía el compromiso con mi amiga María Elvira Bonilla, de Editorial Norma, de escribir un libro sobre esa etapa de mi vida. La exigencia de los amigos del gobierno convirtió el propósito en una obligación ineludible. Tengo además la pretenciosa, y quizás vana, aspiración de que algún día muchos de ellos, incluido el presidente, tengan el mismo apremio y acometan la tarea de dar cuenta de su pasado.

Buenos Aires, julio 31 de 2008.

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