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lunes, 13 de febrero de 2012
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La cuna vacía

portadaAnálisis de SEMANA sobre la frustrada liberación de los secuestrados.
Sábado 5 Enero 2008
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El desespero del albañil José Crisanto Gómez por recuperar a un niño de tres años cambiaría el rumbo de lo que sería la liberación de secuestrados más esperada de la historia reciente de Colombia.

Este hombre, de 37 años, con facciones bruscas y rasgos indígenas, llegó el 30 de diciembre en la mañana hasta la Defensoría del Pueblo de San José del Guaviare. Reclamaba a Juan David Gómez Tapiero, a quien había dejado dos años atrás en el hospital de ese municipio por su grave estado de desnutrición y leishmaniasis.

El defensor que lo recibió, al ver la ansiedad y la agresividad con la que José Crisanto insistía en la recuperación del niño, decidió llamar a la sede del Bienestar Familiar en Bogotá para reportar el caso, sin saber que esa llamada sería la última pieza del rompecabezas de una de las operaciones de inteligencia más sofisticadas de los últimos años.

Una operación que, el día anterior, 29 de diciembre, había reunido en el despacho del Ministro de Defensa a la cúpula militar, el director de la Policía, la directora del CTI de la Fiscalía y la directora del Bienestar Familiar, con un solo propósito: tratar de establecer la identidad de Emmanuel, el hijo de Clara Rojas que había nacido durante su cautiverio en manos de las Farc. En esa reunión se discutió que, hacía pocas horas, la Fiscalía había ubicado en un hogar del Bienestar Familiar en Bogota al niño Juan David Gómez Tapiero, de quien sospechaban era Emmanuel.

El pequeño se había convertido en el símbolo de los secuestrados y por lo tanto, su suerte era un asunto de interés nacional e internacional. Sobre todo después de que las Farc, luego de que el presidente Uribe suspendió la mediación del presidente Chávez para lograr un acuerdo humanitario, anunciaron que liberarían unilateralmente -y en señal de desagravio a Chávez- a Clara Rojas, Consuelo González de Perdomo y el pequeño Emmanuel, de tres años y medio. Chávez se tardó pocos días en montar un gran operativo humanitario con el apoyo de siete países de América Latina. Con mapa y marcador en mano, y ante las cámaras de televisión, el presidente venezolano trazó el plan para concretar el primer gesto de buena voluntad de la guerrilla, el cual podría abrirle el camino al acuerdo humanitario. Señaló como centro de operaciones Villavicencio, anunció que la liberación se haría ante delegados de la Cruz Roja y siete países como observadores, y se arriesgó a afirmar que una vez el gobierno de Colombia autorizara el ingreso de la misión, la libertad de los secuestrados se produciría en cuestión de uno o dos días.

En esos momentos, el gobierno colombiano se encontraba en una encrucijada. Mientras el presidente Chávez bautizaba la liberación de los secuestrados como la operación 'Emmanuel', el gobierno de Uribe ya sospechaba que la entrega del niño no era posible, pues creía que las Farc no lo tenían. Aun así, se autorizó la operación, pues no descartaba que la guerrilla entregara, de todas maneras, a Clara Rojas y Consuelo González.

El dilema para el gobierno era de marca mayor. Mientras no tenían la certeza absoluta de que ellos tuvieran a Emmanuel, Villavicencio hervía en delegaciones internacionales, los helicópteros estaban listos para despegar rumbo a la selva, y en la prensa mundial corrían ríos de tinta sobre lo que sería la anhelada liberación. Sólo faltaban las coordenadas que las Farc debían entregar sobre el sitio exacto en el oriente del territorio. Chávez era el director de una orquesta muy afinada que tocaba una sinfonía humanitaria y que tenía encantadas a la opinión colombiana y a la comunidad internacional.

Mientras tanto, el gobierno colombiano era sólo un espectador. Chávez coordinaba la orquesta al son de sus movimientos y los altos funcionarios del gobierno colombiano observaban. El presidente Uribe permanecía recluido en su finca en el Ubérrimo, en Córdoba, mientras el Ministro de Defensa tuvo que interrumpir su descanso de fin de año en su finca, para atender la cascada de acontecimientos que se estaban desarrollando. Los dos seguían, paso a paso, los detalles del despliegue que hacían los medios y que tenía como actor principal a Hugo Chávez y actor de reparto al ex presidente de Argentina Néstor Kirchner. Mientras tanto, el alto comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, saltaba matones para organizar a los delegados internacionales que acababan de aterrizar en Villavicencio, una capital sin infraestructura para atender una comisión de este nivel.

A pesar de que el gobierno colombiano se veía arrinconado, la demora en la entrega de las coordenadas por las Farc jugaba su favor. El gobierno tenía una carta tapada: estaba convencido de que la guerrilla estaba dilatando la liberación porque no tenía al niño.

Para este momento, 29 de diciembre, y debido a la alta exposición mediática que se convertía en una olla de presión, el ministro Juan Manuel Santos empezó a sentir que las Farc podían hacer una jugada maquiavélica: acusar al gobierno de tener en su poder al niño y de ocultarle esa información al país. El ministro Santos decidió reunirse, bajo estricta confidencialidad, con la jefe de la delegación de la Cruz Roja Internacional en Colombia, Bárbara Hitermann, y explicarle la hipótesis del gobierno colombiano y la delicada información que tenían acerca de Emmanuel. Como no se tenía una certeza total de que Juan David Gómez fuera Emmanuel, decidieron no comunicar todavía la situación a la opinión pública y esperar a que se produjera la liberación, la cual, si se producía, estaban seguros de que no incluiría al niño.

Al mismo tiempo, la película de la liberación adquiría ribetes hollywoodescos. El propio Oliver Stone, uno de los directores de cine más reconocidos del mundo, aterrizaba con todos sus equipos en los llanos -invitado por Chávez- para que filmara en exclusiva la liberación de los secuestrados. La capital de Meta se había convertido, en pleno fin de año, en una ciudad sitiada por policías que debían brindar seguridad a los delegados, y hordas de periodistas se habían atrincherado en el aeropuerto, a la espera de cualquier noticia. Dos fincas en el pie de monte llanero se convirtieron en las sedes de las delegaciones extranjeras que, con el paso de las horas, se preguntaban en qué momento tenían luz verde para ir por los secuestrados.

En medio del desorden, la angustia y la expectativa, Luis Carlos Restrepo, comisionado de paz, se percató rápidamente del desconocimiento geográfico y logístico de los delegados internacionales sobre una operación tan riesgosa y decidió tomar el toro por los cachos. Organizó entonces una reunión con toda la delegación y la Cruz Roja y, por instrucciones del presidente Uribe, les planteó los peligros de la operación. Les advirtió que la zona de la posible entrega era inhóspita, selvática y lejana, que una vez en la selva, el Estado no podía garantizarles la seguridad, que las Farc han secuestrado incluso personas que se desplazan con inmunidad diplomática, como el caso del gobernador de Meta Alan Jara, que viajaba en un carro de Naciones Unidas. En fin, en medio de una nocturna brisa llanera, Restrepo hizo un completo resumen táctico-militar que ponía en contexto las complejidades del operativo.

Los delegados, atónitos por tantos detalles no calculados, se limitaron a responder que dependían de las instrucciones del 'cerebro' que había delegado el gobierno venezolano: el ex ministro Ramón Rodríguez Chacín, un personaje enigmático y cercano tanto al gobierno de Chávez como a las Farc (y recién nombrado ministro del Interior de Venezuela).

Al anochecer de ese día la expectativa empezaba a convertirse en desespero. Rumores iban y venían: que las coordenadas ya estaban listas, que Rodríguez Chacín -el hombre clave- estaba a punto de aterrizar en Villavicencio, que autorizaron la entrada de nuevos helicópteros. Hasta hubo enérgicas protestas de los más de 100 periodistas acreditados que se quejaban porque el único autorizado para ir en los helicópteros y presenciar la liberación era el célebre director de cine Oliver Stone. Todo un capítulo de realismo mágico.

Con el amanecer del 30 la fiesta se empezó a aguar. Los titulares de la prensa extranjera denunciaban que operativos militares del gobierno colombiano estaban obstaculizando la operación humanitaria. Esa mañana se conoció la intención de la delegación argentina de empacar maletas con el ex presidente Néstor Kirchner a la cabeza. Pero, minutos antes de que el avión presidencial de la casa rosada -un jumbo 747- despegara de la base militar de Apiay, una singular llamada telefónica que entró al celular del ex Presidente cambió súbitamente los planes. Muchos sospechan que el que lo llamó fue el presidente Chávez.

A medida que pasaban las horas, el ambiente contra el gobierno en las delegaciones extranjeras se enrarecía aun más. Esa noche, Restrepo acudió a una cita con la delegación internacional en la que le propusieron el cese de las acciones militares por 48 horas en todo el país porque, según ellos, esto impedía que las Farc entregaran la coordenadas. El gobierno, por razones obvias, se negó rotundamente y recalcó con vehemencia que en la zona de la liberación se habían suspendido los operativos militares, e indagó de nuevo por la procedencia de tal información. Esto empeoró el ambiente.

El vicecanciller venezolano, Rodolfo Sanz, que para entonces era el único delegado de Chávez en Villavicencio, admitió que desde hacía 48 horas no tenían comunicación con las Farc, pero insistió en la urgencia de cesar los operativos militares. El comisionado les propuso a los delegados que salieran y le dijeran al mundo que las Farc habían incumplido como una salida política para lo que ya se vislumbraba como un desastre para los gobiernos que estaban allí representados. Kirchner apoyó esa idea, pero los delegados de Bolivia, Ecuador y Cuba se opusieron a asumir esa postura. Fue entonces cuando Gustavo Larrea, el representante del gobierno del presidente Rafael Correa de Ecuador, promovió infructuosamente una declaración pública de toda la comisión culpando al gobierno colombiano del fracaso de la liberación.

En la mañana del 31 de diciembre, el presidente Uribe y el ministro Santos cambiaron entonces de planes. Tenían pensado dar el discurso de fin de año desde Malagana, Bolívar, pero dados los graves hechos que se estaban presentando en Villavicencio, se fueron a poner la cara y a frentear el asunto. En pleno vuelo, la directora de Bienestar Familiar llamó al ministro Santos y le contó que un hombre de San José de Guaviare estaba bucando desesperadamente a Juan David Gómez Tapiero. Ese dato cerraba el círculo de la hipótesis de los organismos de seguridad. Ese niño posiblemente era Emmanuel, y las Farc querían recuperarlo a como diera lugar.

A su llegada a la base militar de Apiay, el Presidente fue recibido por los representantes internacionales, incluido el canciller venezolano, Nicolás Maduro, que había llegado horas antes. Uribe se reunió con todos ellos y -junto a la cúpula militar- explicó la posición de las tropas colombianas y desvirtuó las versiones sobre operaciones que impedirían la entrega de los secuestrados.

En medio de la reunión, Maduro sacó un papelito y leyó unas cuantas líneas del mensaje que las Farc le enviaron al presidente Chávez en el que anunciaban la suspensión de la operación por los supuestos operativos. Pocos minutos después, Uribe fue informado de que Chávez estaba al aire en la televisión venezolana, haciendo eco de esta versión de las Farc, y dándole toda la credibilidad a la guerrilla.

En ese momento la paciencia de Uribe se agotó y decidió contarle a la comisión internacional la hipótesis del gobierno: que Emmanuel estaba en Bogotá bajo protección de Bienestar Familiar y que esa era la verdadera razón por la que no habría liberación de secuestrados.

Los delegados internacionales quedaron perplejos. De inmediato, el canciller venezolano llamó al presidente Chávez y le informó los últimos acontecimientos, y éste en Caracas suspendió la rueda de prensa.

A estas alturas, el gobierno sintió que tenía que hacer pública la información que tenía sobre Emmanuel. Las palabras del presidente cayeron como un baldado de agua fría sobre las esperanzas de los colombianos. La Navidad empezó con la ilusión del regreso a la libertad y el año nuevo terminaba con una puñalada a la esperanza de los familiares. En cada hogar de Colombia Emmanuel se había convertido en el tema de conversación, y el dolor de sus familiares era el dolor de todo un país una vez más engañado por las Farc.

Antes de que cayera el sol del último día del año en Villavicencio, los aviones de los delegados internacionales encendieron sus motores. Tenían pocas horas para llegar a sus países, invadidos por la frustración. Fueron los invitados de honor a uno de los episodios más vergonzosos de los que se tenga noticia.

La odisea de Emmanuel

El ejército colombiano supo de la existencia del niño desde noviembre de 2004, cuando las tropas del Plan Patriota llegaron a un campamento en Guaviare donde había una cuna de bebé, y donde claramente estaba -hasta pocas horas antes de la entrada de los soldados- un numeroso grupo de secuestrados. Documentos encontrados en este campamento arrojaban serios indicios de que el niño era hijo de Clara Rojas y desde ese momento se iniciaron pesquisas para conocer sobre su paradero. En abril de 2006, el periodista Jorge Enrique Botero divulgó la noticia en una novela basada en hechos reales. Para entonces ningún organismo de inteligencia tenía rastros del bebé.

Hasta mayo del año pasado, cuando el policía John Frank Pinchao, que se fugó de un campamento de secuestrados de las Farc, confirmó que Clara tenía un hijo y que se llamaba Emmanuel. En privado, Pinchao brindó mayores detalles sobre el niño. Contó que tenía el brazo izquierdo dislocado, que había sufrido enfermedades tropicales y que la guerrilla lo había separado de su madre porque no podían mantenerlo en la selva, en medio de operativos militares.

Hace aproximadamente tres meses, cuando el presidente Chávez empezó a actuar como mediador del acuerdo humanitario y les pidió públicamente a las Farc que liberaran a Clara Rojas y su hijo Emmanuel, los organismos de inteligencia empezaron a recibir llamadas anónimas en las que les aseguraban que el niño no estaba en poder de las Farc. Pero nadie decía dónde estaba. Vino a ser el anuncio de las Farc de que lo liberarían lo que desató una verdadera ola de informaciones más precisas. En concreto, que el niño había salido de San José del Guaviare y que estaba en un hogar sustituto en Bogotá. Mientras tanto, informantes del Ejército infiltrados en las Farc confirmaban que 'César', comandante del frente primero, y 'Gentil Duarte', del frente séptimo, estaban presionando a 'Jerónimo', guerrillero encargado de cuidar al niño, para que lo devolviera. Y que al tiempo este guerrillero buscaba desesperadamente a un hombre apodado el 'Indio', al que le habría entregado el niño. Todo parecía indicar que la cúpula de las Farc no sabía lo que había ocurrido con el niño, y que creían que estaba bajo buen recaudo.

Con esta información, los organismos de inteligencia y el CTI consultaron las bases de datos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Encontraron tres niños que encajaban en el perfil de Emmanuel. Al primero lo descartaron porque provenía de Arauca. Tenían dos de la misma edad, y provenientes del Guaviare. Pero uno de ellos, Juan David Gómez Tapiero, tenía un brazo dislocado, como lo había descrito Pinchao, además de una cicatriz de leishmaniasis en el rostro y otras señas que lo hacían inconfundible. Sus ojos vivaces y su nariz redonda eran muy similares a los de Clara Rojas.

Al consultar la historia del niño, se comprobó que en junio de 2005 había sido llevado al hospital de San José del Guaviare, y que Bienestar Familiar lo había tomado en protección porque presentaba huellas de maltrato histórico y permanente. Con el convencimiento de que ese niño era Emmanuel, fue trasladado por razones de seguridad el 28 de diciembre, al tiempo que los organismos de inteligencia buscaban en Guaviare al hombre que dos años atrás lo había dejado abandonado. No fue necesario buscar demasiado. El 30, Crisanto Gómez se presentó ante el defensor del pueblo, convencido de que podía recuperar al niño.

Con el rompecabezas armado, el gobierno lanzó públicamente la hipótesis sobre la identidad de Emmanuel. Aunque al principio nadie le creyó, los hechos empezaron a darle la razón. El 2 de enero ya Gómez había contado pormenores de los hechos. Que 'Jerónimo' le entregó el niño para que lo cuidara, cuando él y su familia vivían en El Retorno, Guaviare, y que al llevarlo al hospital lo perdió para siempre. Y que ahora las Farc le instaban a recuperarlo o lo matarían a él y toda su familia.

Y el viernes pasado la prueba de ADN despejó prácticamente todas las dudas. Juan David Tapiero Gómez, el niño que el albañil de la Macarena, José Crisanto Gómez reclamaba angustiado en Guaviare, el mismo que desde 2005 está en Bogotá, que goza de buena salud y un perfecto desarrollo, que tiene rostro alegre y habla con tranquilidad, es Emmanuel, el hijo de Clara Rojas, que nació en cautiverio.

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