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| 1/31/2014 12:00:00 AM

¿Vale la pena hacer tantas elecciones?

Congreso, presidencia y ahora revocatoria. ¿Terminarán fatigados los electores este semestre? Análisis de Semana.com.

“La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, decía solemnemente Winston Churchill. Y a eso habrá que aferrarse al sentir el peso del calendario electoral que se nos vino encima: revocatoria el 2 de marzo, en Bogotá, para decidir la permanencia del alcalde Gustavo Petro; elección de Congreso y Parlamento Andino, el domingo siguiente; primera vuelta presidencial, el 25 de mayo; y una probable segunda, el 15 de junio.

La sola lectura del párrafo anterior fatiga a más de uno. Ahora hay que ponerse en los zapatos de un ciudadano de la calle al que le dicen que estos domingos no habrá fútbol profesional, pero sí ley seca. Para ese ciudadano, el cansancio se convertirá en molestia cuando se le cuente lo que esto vale en millones de pesos. Las cifras son altísimas. El Ministerio de Hacienda informó en la mañana de este viernes que ya giró un cheque por 35.000 millones de pesos para la votación de la revocatoria en la capital.

Mauricio Cárdenas, el hombre que maneja las finanzas nacionales, contó también que estas elecciones de Congreso y Presidencia serán las más caras de la historia: costarán 900.000 millones de pesos. La cifra triplica la de hace cuatro años.
¿Por qué tanta plata? En el caso de Bogotá, 16.000 millones de los 35.000 millones son para los equipos de biometría. Y eso no es un capricho. La Ley 1474 de 2011 hace obligatoria la biometría en todas las elecciones, que no es otra cosa que poner lectores ópticos para la huella en cada una de las mesas.

Históricamente, la suplantación era el tipo de fraude electoral más recurrente. En la ciudad hay 490 puestos de votación y una población apta para votar de unos 5 millones de personas. Es para defender los derechos democráticos de cada uno de esos ciudadanos que resulta necesario este avance tecnológico.

Este año, sin embargo, las cosas cambiaron de manera radical, al menos para los habitantes de la capital, pues se enfrentan a un calendario que tendrá una primera elección en la que los vaticinios indican que no va a pasar nada. En general, las empresas encuestadoras prevén que no se alcanzará el umbral necesario, que es cas 1’200.000 votantes. Así que como dicen por ahí, esa plática se perdió. Y, obvio, la molestia de muchos aumentará. Y no ayuda para nada la zigzagueante posición de los protagonistas de la revocatoria. Gustavo Petro y su círculo de poder sumaron unos 220 hechos entre acciones de cumplimiento, tutelas e, incluso, una denuncia penal ante la Fiscalía para dilatar o evitar la revocatoria.

Eran los tiempos en que las encuestas lo castigaban con severidad. Ahora –cuando tiene una opinión favorable surgida por la desmesura del procurador, Alejandro Ordóñez, de decretarle muerte política con 15 años de inhabilidad–, el burgomaestre cambió de idea y saltó al otro extremo para convertirse en el defensor número uno de ese mecanismo. Y lo que faltaba: el conservador Miguel Gómez, quien durante meses se dedicó con paciencia a conseguir los miles de firmas para activar el proceso, ya no quiere que se realice. En su caso, es por la situación contraria: presiente que la va a perder.

En el ámbito nacional la tensión también es inmensa. Las Fuerzas Armadas tienen que mover a sus 500.000 hombres. Los funcionarios públicos alcanzan por su parte altísimos niveles de estrés, pues saben que la Contraloría, la Procuraduría, la Veeduría y en general todos los órganos de control aumentan la vigilancia para evitar anomalías que por cierto son muchas en esta época. Y eso para no hablar de la surrealista posición de los partidos de la Unidad Nacional que no van a presentar candidatos al Parlamento Andino porque se descubrió que eso no sirve para nada.

Y entre tanto y al final se dirá que el 50 por ciento de los ciudadanos prefirió marginarse del proceso y se abstuvo de participar. Este es a grandes rasgos el asfixiante escenario en el que entramos. ¿Pero vale la pena todo esto? Sí. Y si porque a pesar de todo es “el menos malo de los sistemas políticos”.
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