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| 3/10/2014 12:00:00 AM

El Senado recupera su peso político

Uribe, Robledo, Claudia, Serpa, Navarro y Viviane, entre otros, le imprimen un nuevo tono al Legislativo. Análisis de Semana.com

Por algunos de los nombres que ocuparán las curules del Senado de la República es previsible que esta corporación recuperará su papel protagónico en la discusión pública. Hoy es una de las instituciones, según todas encuestadoras, peor valoradas por los ciudadanos. Los resultados de las elecciones de este domingo 9 de marzo muestran que esa perspectiva debería cambiar.

De hecho, al nuevo Senado llegan dos expresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente que creó la Carta Magna que hoy nos rige: Horacio Serpa Uribe y Antonio Navarro Wolf. Está también el expresidente más popular de los últimos años, Álvaro Uribe Vélez; una exfiscal general de la Nación, Viviane Morales; los dos hijos del caudillo liberal Luis Carlos Galán, asesinado por la mafia del narcotráfico: Carlos Fernando y Juan Manuel Galán, entre otros.

Es seguro que estas, más otras influyentes figuras políticas, imprimirán un carácter más deliberativo al Senado. A vuelo de pájaro puede afirmarse que el Senado deja de ser un simple apéndice del Ejecutivo. La personalidad y el carácter de cada uno de estos parlamentarios aumentarán el grado de dificultad para que desde la Casa de Nariño se imponga su voluntad.

Hoy la discusión pasa por cómo será el poder de Uribe en el Congreso y qué hará para oponerse al presidente Santos en el aguerrido pulso que libran desde hace un cuatrienio. Su papel será definitivo en asuntos cruciales como la paz y la seguridad nacional. Todos los analistas coinciden en sentenciar que Uribe se convertirá en una piedra en el zapato para la gobernabilidad de Santos. Eso es cierto. Pero también está la otra cara de la moneda.

Y bajo este prisma es natural prever que Uribe no la tiene nada fácil. ¿Cómo hará el expresidente para ejercer su trabajo bajo la mirada escrutadora de congresistas nuevos como Claudia López e Iván Cepeda? Una cosa es Uribe en su condición de exmandatario adorado por buena parte de colombianos y otra cosa es allí en su curul bajo el control político de la nueva senadora de la Alianza Verde y del también nuevo senador del Polo.

Cuando se produjo la fractura política entre Santos y Uribe, en una entrevista con el portal La Silla Vacía, Claudia López habló del significado de hecho político. La cita simboliza la opinión que ella tiene del exjefe del Estado: “Lo realmente importante de esa ruptura es que permitió minimizar la influencia en el gobierno nacional de sectores vinculados a las mafias del narcoparamilitarismo y la corrupción. Y eso tiene efectos importantes, en general en disminuir la influencia de esos sectores en el manejo del Estado, y en particular en controlar el desfalco de lo público vía corrupción y vía prevalencia de intereses particulares y hasta criminales en temas claves para el desarrollo del país como restitución de tierras, reconocimiento y respeto por todas víctimas del conflicto armado, manejo de macroproyectos de infraestructura y manejo de activos públicos para los desarrollos rural y urbano”.

De esas creencias es esta mujer que se convirtió en una de las sensaciones de la jornada electoral de este domingo al superar la barrera de los 80.000 votos, casi 30.000 más que el número 1 de su colectividad, Antonio Navarro. Ella, tanto en la academia como en las columnas de opinión, ha señalado abiertamente a Uribe de vínculos con el fantasma del paramilitarismo. Y es posible que muchos de sus seguidores le hayan suministrado tal volumen de votos porque esperan que sea un dique a la irrupción del Centro Democrático en el Senado.

Por los lados de Iván Cepeda, las cosas son similares. En vísperas de elecciones, él publicó un libro titulado Por las sendas de El Ubérrimo (Ediciones B). En la obra, acusa al exmandatario de haber “fundado por venganza una agrupación armada que azotó con sus masacres y crímenes selectivos varias poblaciones del nordeste antioqueño”. Según el nuevo senador del Polo, que ahora convivirá con Uribe en el mismo escenario y en igualdad de condiciones, es el responsable de haber “llevado al Palacio de Nariño generales de la Policía que estaban al servicio de capos narcoparamilitares, haberse apropiado de tierras destinadas a los labriegos de Córdoba y lucrarse con los dineros públicos a través del abuso de su enorme poder como jefe de Estado”.

Es decir que si Uribe llega con un duro discurso contra Santos por hechos como el proceso de paz en La Habana–en su alocución del domingo, en Medellín, aseguró que iba al Congreso para frenar el avance del castro-chavismo en el país–, también va a encontrarse con contradictores de este perfil que no lo van a recibir con abrazos sino que lo sindican abiertamente de actividades delictivas. 

No son los únicos. Viviane Morales, por ejemplo, durante el breve año que duró como fiscal general metió a la cárcel a Andrés Felipe Arias, alfil de Uribe, por el escándalo de Agro Ingreso Seguro (AIS) que se dio cuando el uno era el presidente y el otro su ministro de Agricultura. “No me va a temblar la mano en el Congreso para seguir denunciando a los corruptos”, ha prometido ella.

El uribismo, por su parte, llega con la promesa de actuar como una bancada sólida, fuerte, coherente, sin fisuras. Para ellos, es clave enviar un mensaje de unión porque consideran que esta es la forma de empezar a construir un partido con unos ideales definidos hacia el futuro: “para darle orden de nuevo a este país”. Se presume que sus seguidores, la mayoría sin ninguna experiencia electoral y menos legislativa, actuarán disciplinadamente detrás de su líder. Muchos consideran que se eligieron a los mismos para lo mismo. Es probable. 

Pero también es cierto que Uribe es un hombre que se ganó el amor de millones por aquello de trabajar, trabajar y trabajar. En línea con esta postura, él y su bancada deben cambiar los hábitos de una estructura que la gente asocia con pérdida de tiempo. Así, es posible que Uribe no sólo contribuya a cambiar el tono sino las formas.

Ellos más otras figuras jóvenes como los hermanos Carlos Fernando Galán (Cambio Radical) y Juan Manuel Galán (Partido Liberal), o veteranos como el consagrado senador Jorge Enrique Robledo, o experimentados políticos como Antonio Navarro hacen prever que este Congreso será distinto. Un espacio de discusión política de mayor nivel que el actual. Los primeros simbolizan la vigencia de las ideas sobre los crímenes de los carteles y los dos últimos la victoria de las urnas sobre los fusiles. ¿Alguien duda que ambos hayan hecho más por Colombia con sus ideas de izquierda que todas las FARC en 50 años de confrontación armada?

Estos elementos son de enorme trascendencia para nuestra fracturada democracia cuyo listado de errores, es cierto, avergüenza. ¿Qué sistema electoral es sostenible en una sociedad que tiene el 56 % de abstención y con uno de cada cinco votos sin paradero para un candidato? ¿Que entre nulos, en blanco y tarjetas no marcadas superan el 21 % de los sufragios?

Sin embargo, hay que luchar para evitar que siga deteriorándose. Levantarla, reconstruirla. Y la mejor manera de hacerlo es fortaleciendo cada una de sus instituciones. Y el Senado es de una importancia incuestionable, porque por aquí pasan la discusión pública, las ideas, las iniciativas, sean del corte que sean, de la orientación que provengan y a donde apuntan. De eso se alimenta la democracia. Y por algunas de las personas que se eligieron es probable que a la Cámara Alta haya vuelto el reino de la palabra, del argumento, de las tesis, que se perdieron en tiempos lejanos.
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