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| 2/19/2014 12:00:00 AM

La delgada línea en la que camina Santos

¿Cómo queda el presidente ante los electores tras el cambio de la cúpula? Análisis de Semana.com

Juan Manuel Santos no pudo esquivar la situación y debió cambiar la cúpula militar a escasas semanas de las elecciones presidenciales. Tan consciente era de los riesgos, que lo hizo de una manera quirúrgica. Aun así, en un principio, en los cuarteles se sintió la molestia mientras en las sedes de campaña de sus adversarios políticos –en especial, en las uribistas– empezaron de inmediato a sacarle provecho a esta circunstancia.

Como en Colombia los militares activos no pueden ser deliberantes, usualmente se sabe lo que piensan a través de las voces de los retirados. En las entrevistas en caliente, han dicho que la tropa está molesta porque sienten que ellos ganaron la guerra en el campo de batalla y que ahora la están perdiendo por lo que llaman “campañas de difamación”. Los uribistas fueron más allá y señalaron abiertamente que estas se hicieron para satisfacer a la guerrilla. “El presidente Santos avanza en el desmantelamiento de la inteligencia militar y en la entrega del país a la FARC, poniendo en grave riesgo la suerte de las operaciones militares y la vida de los integrantes de las redes de inteligencia”, escribió en un comunicado el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Santos sabía del difícil escenario que se le abre ahora. (Ver artículo ‘Un presidente atrapado entre dos retos’). Tiene que mantener las tropas cohesionadas y evitar perder puntos en la intención de voto para su reelección. Él tiene ante sí los mayores dos retos de su vida: el proceso de paz en La Habana y la campaña reeleccionista. Como se analizó ayer en este portal, habría podido eludir el problema, pero los comentarios en la calle y de los líderes de opinión aumentaban sin freno. ‘¿Quién es el que manda en el Ejército?’ era la pregunta que reinaba en las redes sociales, en los foros de opinión y en los comentarios de los oyentes de todo el país que llamaban a las emisoras.

Como a Santos lo acusan de tratar de quedar bien con todo el mundo, en las primeras horas de esta crisis parecía que había optado por irse por este camino. No quería tocar el Ejército porque sabe que lo necesita como respaldo fundamental para lograr un acuerdo con la insurgencia. Aunque hasta ahora de labios para afuera la tropa se ha mostrado leal al jefe del Estado, también se sabe que no a todos los uniformados les gusta que el Gobierno esté conversando en la misma mesa con los que han sido sus enemigos en el último siglo.

Aun así, Santos reflexionó y dio la orden a su ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, para que modificara la cúpula. Hizo público el asunto más mediático: la salida del comandante de las Fuerzas Militares, general Leonardo Barrero. “No sale por ningún hecho de corrupción sino por unas expresiones irrespetuosas y desobligantes que le restan majestad frente al Poder Judicial y frente al país”, sentenció. Se refiere a una de las conversaciones publicadas por SEMANA cuando estaba al frente del Comando Conjunto del Suroccidente, en la que le recomienda a un subalterno suyo, el coronel Róbinson González del Río, sindicado de varios crímenes y en ese momento detenido, lo siguiente: “Hagan una mafia para denunciar fiscales y toda esa güevonada (sic)”.

Para él era imposible sostenerlo. No sólo las altas cortes y la Fiscalía sino también voces desde el exterior pusieron el grito en el cielo al escuchar en boca de un general lo que piensa de la justicia. Por eso Santos lo sacó. Este mismo oficial advirtió, horas después, en su carta de despedida a la tropa: “Hoy nos encontramos inmersos en una coyuntura especial, un momento que hace necesario el fortalecimiento de lazos entre los hombres y mujeres del Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada y la Policía Nacional. Tengo la esperanza de que, con la unión de esfuerzos y el compromiso que nos caracteriza, nuestra Institución no será objeto de negociación en escenario alguno, presente o futuro y bajo ninguna circunstancia”.

Allí mismo extendió una invitación “a los soldados de tierra, mar, aire y río de las gloriosas Fuerzas Militares de Colombia a continuar acompañando y apoyando la valiosa gestión del señor general de la reserva activa Jorge Enrique Mora Rangel, nuestro representante en la mesa de conversaciones de La Habana, quien con dignidad y carácter afronta un reto que exige pleno compromiso institucional”.

Más allá de las múltiples lecturas que tengan estos párrafos, en el Gobierno espera que el disgusto natural de los militares ceda con el paso del tiempo. Entretanto, Santos intentará con la nueva cúpula avanzar en la negociación y dejar atrás este episodio. Para eso, armó una estructura de mando que ha dado resultados contundentes en los golpes a la insurgencia y que simultáneamente ha mostrado un enorme respeto por el Derecho Internacional Humanitario (DIH).

Es el caso del mayor general Jaime Lasprilla, nuevo comandante del Ejército, y del general Javier Flórez, jefe de Estado Mayor, quienes gozan de enorme respeto dentro de la institución por su eficacia y el apego a las leyes. De la capacidad de ambos para llevar la tropa hacia el posconflicto y hacer pasar la hoja de esta crisi, dependerá en buena medida que Santos salga bien librado de uno de los hechos más impactantes de su gobierno.
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