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| 6/6/2014 10:00:00 AM

La leyenda de Óscar Iván Zuluaga

Muchas de las cosas que se dicen sobre el candidato del Centro Democrático no son ciertas. Sin embargo, algunas lo son y pueden definir esta elección.

En las elecciones presidenciales cada campaña construye un estereotipo de su adversario que por lo general es enormemente exagerado o incluso falso. A Juan Manuel Santos, por ejemplo, le han creado la imagen del hombre que le está abriendo la puerta al castro-chavismo al entregarle el país a las Farc con tal de firmar un acuerdo de paz. Esa no es la realidad de las negociaciones de La Habana, pero versiones simplistas como esa hacen carrera, millones las creen y pueden llegar a definir una elección.

A Óscar Iván Zuluaga también le han montado su estereotipo. Lo han pintado como un títere de Uribe que tendría un gobierno autoritario en el cual habrá chuzadas, persecución de periodistas, falsos positivos, etcétera. Como en el caso de Santos, esa interpretación no necesariamente corresponde a una realidad. Zuluaga es una persona con trayectoria reconocida por su respeto a los valores democráticos, y no hay por qué pensar que va a cambiar. Tampoco es seguro que vaya a ser un títere de Álvaro Uribe si es elegido presidente. Todo el que llega al poder suele adquirir vuelo propio y lo único que no querrá hacer Zuluaga es repetir los excesos que le costaron tanto en imagen al gobierno de la seguridad democrática. A pesar de la popularidad del expresidente, abusos como el de las chuzadas le generaron una imagen negra al uribismo de la cual el Zorro no querrá ser protagonista. Por su parte, la verdadera obsesión de Uribe no es tanto gobernar en cuerpo ajeno como sacar a Juan Manuel Santos de la Casa de Nariño.

Sin embargo, si bien la imagen de “títere chuzador” no es real, hay aspectos de la plataforma política de Zuluaga  que son preocupantes. Concretamente se trata de sus posiciones sobre el proceso de paz y la relación con los países vecinos.

Proceso de paz

Es muy probable que si el candidato del Centro Democrático mantiene las exigencias que le ha hecho a las Farc para seguir con las negociaciones de La Habana esto lleve a su rompimiento. Pero si esto sucede sería grave. Se perderían los avances del proceso actual que han sido considerables. El politólogo francés Daniel Pecault acaba de publicar un artículo en El Espectador en el cual subraya que el costo/beneficio en vidas y dinero de reanudar la guerra es mucho más caro que el de mantener el diálogo. Esa es una realidad que no se le puede escapar a nadie que aspire a la Casa de Nariño. A Zuluaga le conviene concretar o endurecer el proceso, pero no destruirlo. Si las Farc se paran de la mesa existe el riesgo de volver a la época de las bombas en El Nogal, los secuestros extorsivos, las pescas milagrosas, etcétera. En esas circunstancias, la opinión pública reaccionaría a su vez asumiendo una posición de guerra a muerte, lo cual impediría regresar al diálogo por muchos años en los cuales habría muchos muertos.

Tal vez por estar consciente de esto, Zuluaga ha modificado un poco su posición, eliminando una exigencia que no era viable: el ultimátum de que las Farc tenían una semana para decretar un cese al fuego unilateral permanente y verificable. El problema estaba en la palabra verificable. Para que eso fuera posible, como las Farc tienen aproximadamente 30 frentes activos, se requería tenerlos agrupados en el mismo número de locaciones para que algún tipo de observador internacional hiciera esa verificación. Esa sería la antesala de una desmovilización, lo cual esa guerrilla estaría dispuesta a aceptar después de la firma de un acuerdo de paz, pero no antes.

Lo que aún exige Zuluaga para continuar tampoco es fácil de cumplir para una guerrilla arrogante. Son puntos como terminar con el reclutamiento de menores, las minas antipersonales, los atentados terroristas contra la población, los crímenes de guerra, los golpes a la infraestructura, el secuestro y el narcotráfico. Aunque esa cantidad de condiciones tiene algo de utópico, por lo menos sería discutible y da para un tire y afloje que no implique automáticamente el recrudecimiento de la guerra. Zuluaga, al ajustarse a posiciones más realistas, se expone a que lo acusen de incoherente, de haberse ‘patraseado’ o incluso de traición al credo uribista. Pero ese sería el mejor escenario y ser flexible en un tránsito de candidato a presidente es más un acto de responsabilidad que de debilidad.

Preocupa, sin embargo, un elemento que el candidato acaba de agregar a su posición sobre la paz. Es el regreso a la teoría uribista de que en Colombia no hay conflicto armado sino una amenaza terrorista. Eso representa un retroceso que carece de lógica en medio de la coyuntura actual. Si la contraparte son terroristas, en teoría no se podría negociar con ellos porque con terroristas no se negocia. No solo para la mayoría de los colombianos, sino para la comunidad internacional, en el país hay un conflicto armado al cual es necesario ponerle fin. En privado, algunos embajadores de países importantes han expresado su sorpresa ante el regreso de esta interpretación. Para ellos, sus países se han comprometido a fondo con una Colombia que ha reconocido las causas del conflicto y las víctimas que este ha generado. De modificarse ese escenario se podría también modificar la posición de ellos frente al país. Y una posición parecida está asumiendo la banca internacional.

Política Internacional

Óscar Iván Zuluaga ha pronunciado algunas frases sobre las relaciones con los países vecinos que generan inquietud. Sobre Venezuela ha dicho que en ese país hay una dictadura, que no hay libertad de expresión, ni libertad de empresa, ni garantías para la oposición. Agrega que Colombia no puede tener un silencio cómplice y que tiene la obligación moral de promover los valores democráticos. Eso suena muy lógico y puede ser verdad, pero asumido como posición de gobierno es desafiante y peligroso. Dar clases de moral a terceros tiene algo de odioso y va en contravía de un principio universal que es el de la no intervención en los asuntos internos de otros países.

Uno de los principales logros del gobierno Santos es haber sacado a Colombia del aislamiento diplomático en que se encontraba frente al resto del continente, que por poco desemboca en un conflicto con Venezuela.  Al presidente le salió mal su chiste de “mi nuevo mejor amigo”, pero se normalizaron relaciones que por estar rotas tenían un alto costo comercial, social y diplomático. Volver a eso no tiene sentido en la actualidad.

En Venezuela siempre ha sido rentable políticamente enarbolar la bandera del anti-colombianismo y la normalización de las relaciones ha mantenido a Maduro a raya. Pero no es sino que le den la oportunidad y estaría feliz de desbocarse como Chávez, pues nada le serviría más ante su debilidad política interna que distraerla con un enemigo externo. A muchos países, comenzando por Estados Unidos, no les gusta el régimen de Venezuela, pero a ninguno se le ha ocurrido que regañando a Maduro se va a arreglar la situación sino, por el contrario, le puede dar más gasolina. La principal aliada de Zuluaga, Marta Lucía Ramírez, también está montada en esa cruzada moralista, lo cual vuelve la situación más sensible. El gobierno venezolano tiene un temperamento explosivo y prender esa mecha no tiene el menor sentido. Las consecuencias pueden no ser solo diplomáticas, comerciales y sociales (afectan a más de 2 millones de colombianos que viven en la frontera), sino militares.

Tampoco se entiende mucho la posición de Zuluaga frente a Nicaragua. Su anuncio de que el 7 de agosto va a dormir en una fragata en el meridiano 82 es también desafiante y no contribuye en nada a la solución del problema que existe a raíz del fallo de La Haya. Colombia perdió ese pleito con una sanción desproporcionada que vuelve difícil su aplicación. La posición asumida por Zuluaga da la impresión de que Colombia hubiera ganado el pleito y Nicaragua no se lo quisiera respetar, cuando lo que sucedió fue al revés. Colombia, hasta este fallo, siempre había tenido una tradición de respeto al derecho internacional.

En razón del desequilibrio de la decisión se ha generado un nacionalismo que es mejor racionalizar que exacerbar. Sobre todo porque algún día Colombia y Nicaragua tendrán que sentarse a negociar asuntos vitales para darle fin a ese diferendo como los derechos de los pescadores y las comunidades raizales, la protección de la reserva de Seaflower y el control de las rutas del narcotráfico. Esos problemas no podrán solucionarse mientras Colombia utilice un tono agresivo como el que está utilizando Zuluaga. Por el contrario, se traducirá en la solidaridad de otros países con Nicaragua, comenzando con los del Alba y particularmente con Venezuela, si se decide romper la tregua diplomática que Santos ha mantenido con el país vecino. 
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