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| 2/21/2014 12:00:00 AM

La sorprendente decisión de Marta Lucía

La elección de Camilo Gómez como su fórmula vicepresidencial cambia el libreto. Análisis de Semana.com.

Imaginemos el siguiente escenario: Marta Lucía Ramírez, candidata del Partido Conservador, gana la Presidencia de la República. Según su nueva promesa, envía a su vicepresidente y experimentado negociador de paz, Camilo Gómez, para que asuma directamente un proceso que según ella no avanza al ritmo deseado. ¿Qué pensarán los colombianos al ver en una mesa, otra vez, a Gómez con los guerrilleros de las FARC? ¿Habrá alguien que no asocie esa fotografía con el frustrado escenario del Caguán? ¿Cómo reaccionar ante este déjà vu?

Gómez siempre estuvo a la sombra de Andrés Pastrana. Fue su secretario privado en el Palacio Liévano cuando este era alcalde de Bogotá, por allá a finales de los 90. Luego lo siguió en el mismo cargo en la campaña que perdió contra Ernesto Samper, en 1994, y cuando finalmente alcanzó la Presidencia, en 1998, se fue con él a la Casa de Nariño en la misma condición. Pastrana siempre alabó sus conocimientos jurídicos y su discreción.

Cuando, entre otras cosas, el paramilitar Carlos Castaño amenazó con asesinar al comisionado de paz Víctor G. Ricardo, que buscaba un acuerdo de paz en el Caguán con la entonces poderosa guerrilla de las FARC, Pastrana nombró a Gómez. El abogado de bajo perfil adquirió de un día para otro una enorme visibilidad. No había un día que él no apareciera en televisión junto a Manuel Marulanda, Raúl Reyes, Alfonso Cano o ‘El Mono Jojoy’. Era el protagonista de unos días difíciles. La insurgencia tenía entonces un aparato militar de tal envergadura, que se permitían propinar golpes en una misma semana en todos los departamentos del país.

En una conversación con este periodista, en la zona de distensión, Simón Trinidad me dio su parte de victoria: “Nosotros vamos a ganar la guerra”, me aseguró. “¿Usted cree?”, le pregunté. “Claro -respondió-. Porque en las guerras la moral es vital y nosotros estamos hoy convencidos de que la victoria está cerca, mientras que en el Ejército ya empiezan a creer en la derrota”. Ese era la percepción que tenía en ese momento la guerrilla del estado del conflicto armado.

Entonces apareció Álvaro Uribe. Ricardo Galán recuerda los inicios de la campaña en la que nadie creía. Lo primero fue llevar al desconocido candidato a cuanto sitio público se podía en un día. “Nos parábamos, por ejemplo, al lado de un grupito y mientras el camarógrafo hacia que lo entrevistaba, yo y otro técnico decíamos: ‘Ese es Uribe, el hombre que les va a ganar la guerra a las FARC’”.

Del 3 % en las encuestas, Uribe se disparó y barrió a todos adversarios el día de elecciones. El cansancio del Caguán, en donde la guerrilla tenía a su disposición 42.000 kilómetros cuadrados, elevó a las alturas a Uribe, al punto de que le permitió repetir mandato y despidió con los más bajos niveles de popularidad a Pastrana. Gómez terminó extenuado tras el monumental esfuerzo por sacarle una firma de cualquier acuerdo a la guerrilla. Nunca lo logró. Tras este fracaso, volvió a perder figuración mediática y regresó a su oficina de abogado.

Por eso, en esta línea sorprende su designación ahora como aspirante oficial a la Vicepresidencia. La candidata tiene un porcentaje de desconocimiento que ronda el 60 %, carece de un carisma arrollador –necesario en una campaña tan corta– y, aunque para muchos es un dato marginal, es bogotana. Pues bien, optó por escoger una llave con casi las mismas características.

“Es un guiño a Pastrana”, dice un analista. Extraño movimiento en vísperas de unas elecciones porque Pastrana hoy no tiene la maquinaria necesaria para combatir a un presidente en ejercicio como Santos y ni siquiera cuenta con un congresista suyo en el Parlamento. Efraín Cepeda, en el Senado, y Telésforo Pedraza, en la Cámara, –considerados pastranistas puros– abrieron una brecha con él.

La situación es tan desconcertante, que quienes creían que Marta Lucía Ramírez era un caballo de Troya del uribismo en el conservatismo ahora no saben qué pensar. Sus críticos más ácidos incluso han aprovechado las fotos de esta nueva pareja electoral en el momento de la inscripción en la Registraduría Nacional. Ella mira para otro lado y él está concentrado pero leyendo mensajes de texto en el celular. Los apuntes en la red no se han hecho esperar.

Pero más allá de esta anécdota, lo cierto es que Gómez no tiene votos, su imagen es discreta, carece de maquinaria y quienes lo conocen lo asocian con el fracaso del Caguán. ¿Era la persona que necesitaba una candidata que tiene sólo el 7 % en intención de voto? Sin duda es un paso sorprendente. Tienen escasos días para delinear un mensaje. Pero ¿cuál? ¿Un Caguán mejorado? Marta Lucía, que admira a Uribe, sabe que el de él fue corto, consistente, monotemático: “Voy a acabar con las FARC”. Tampoco lo logró pero el electorado aún le cree.

Ahora dependerá de esta inédita llave –Ramírez-Gómez- tratar de seducir al electorado, enviar su mensaje y, lo más importante, que se los crean. Por ahora, cambiaron el libreto.
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