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| 5/25/2014 12:00:00 AM

Y la paz decide en estas elecciones presidenciales

Salvo una sorpresa, todo indica que la disyuntiva entre negociar o seguir la guerra va a tener un peso decisivo en la decisión electoral de los colombianos este domingo.

Para cualquier observador externo hay un elemento insólito en el actual debate electoral colombiano: ¿cómo un país que lleva medio siglo en guerra sigue todavía dividido casi por mitades en torno a si buscarle una solución negociada o no?

Salvo una sorpresa de último minuto, que haga que una parte del electorado se incline por alguno de los otros candidatos, hastiada por lo que se percibe como una guerra sucia en la que las dos grandes campañas han pasado de la plaza pública a los estrados judiciales, con hackers, narcos y asesores asumiendo el protagonismo que deberían tener los argumentos políticos, este domingo la gente va a votar a favor de seguir negociando con las FARC en Cuba o por un proyecto que apuesta a su derrota militar.

Esa es la realidad que ha dominado, con vaivenes, la actual campaña electoral y ha conducido a una polarización y un encono entre las dos principales campañas que no se veían hace generaciones en Colombia. 

Toda una paradoja. El llamado proceso de paz –las negociaciones entre el Gobierno y las FARC en La Habana para poner fin al conflicto armado– despierta escaso entusiasmo entre la gente. Se encuentra en un puesto muy bajo entre las prioridades que la opinión pública expresa en las encuestas. Y una amplia mayoría de los colombianos se dice escéptica o pesimista sobre su resultado. Sin embargo, la paz se ha posicionado una vez más en la historia de las elecciones presidenciales como el tema central en el debate.

Un debate simplista, de escasos argumentos y no poca manipulación. El presidente Juan Manuel Santos ha buscado su reelección presentándose como el candidato de la paz, con palomitas de colores en su publicidad y con una palomita como prendedor en su saco en los debates que cerraron la campaña, los únicos a los cuales él asistió. Sin embargo, ha sido escasa la pedagogía que él y su gobierno han hecho para convencer a los colombianos de la necesidad del proceso, de la conveniencia de negociar con la guerrilla, de por qué esta es un interlocutor legítimo. Y si el público en las grandes ciudades no se siente ‘tocado’ por lo que pasa en La Habana, en el resto del país, en las regiones, lo que ocurre en la isla parece abstracto y lejano.

Del otro lado, en el uribismo, el expresidente Álvaro Uribe, su candidato Óscar Iván Zuluaga y sus seguidores truenan contra una suerte de conspiración entre Santos y las FARC y enarbolan argumentos como que se negocia a espaldas del país y otras críticas que, en lugar de apuntar a una discusión racional, buscan apalancarse en los sentimientos de prevención, desconfianza y aborrecimiento que la mayoría de los colombianos experimentan ante la guerrilla. El candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga, ha pasado de anunciar que romperá el proceso de negociaciones a anunciar que pondrá a las FARC condiciones tales que harían improbable que continúe. El expresidente ha llegado a hablar de “oligarquía comunistoide”, como dijo en uno de sus rotundos trinos. Y sus acusaciones de que bajo este gobierno ha tenido lugar un deterioro en la seguridad es un argumento que ha calado en muchas zonas del país.

La campañano no sólo quedó muy lejos de haber sido un debate informado sobre la necesidad y la oportunidad de una solución negociada y las condiciones para lograrla, sino que ha transitado de aquellas simplificaciones a acusaciones de grueso calibre, todas ampliamente ventiladas a través de los medios de comunicación, que marcaron sus últimas semanas, durante las cuales el país asistió a dos candidaturas cruzándose señalamientos de haber recibido dinero de narcotraficantes y de ‘chuzar’ ilegalmente, mientras los otros tres aspirantes se veían casi marginados del debate.

Aún más grave, en una deriva que representa inmensos peligros para la institucionalidad, se empiezan a cruzar acusaciones que ponen en tela de juicio el papel de la justicia y sus organismos. El espectáculo de un ex presidente yendo a la Fiscalía no a declarar sino a lustrarse los zapatos tiene pocos precedentes. Desde el uribismo se ha acusado al ente investigador de estar al servicio de la campaña de la reelección del presidente (no deja de ser una curiosa coincidencia que justo al día siguiente en que se presenta una denuncia que cobró la cabeza del principal asesor político de Santos, la Fiscalía descubra a un hacker ligado a la campaña rival). El propio Uribe ha desconocido ese organismo, aduciendo que no le da garantías, y ha optado por dirigirse a la Procuraduría.

En resumen, la campaña se ha librado no solo con argumentos feroces sino casi buscando llevar al oponente a la cárcel. Y todo porque se decide si el país pone fin al conflicto armado mediante una negociación o lo hace manu militari. Un encono tal no se veía hace generaciones, y parece más propio del conflicto armado que de una batalla electoral. En el fondo, con argumentos o sin ellos, hay dos proyectos de país y de sociedad radicalmente distantes y cuyo enfrentamiento es un reflejo de las pasiones que despierta el conflicto armado.

Salvo que lo ocurrido en la recta final de la campaña mueva a un sector del electorado a ver una alternativa en Enrique Peñalosa, Clara López o Marta Lucía Ramírez (no hay que olvidar que la última ‘foto’ que le tomaron las encuestas al pulso electoral y que daba un empate técnico entre Santos y Zuluaga data de hace casi dos semanas), este domingo es probable que las dos principales campañas se disputen en un voto finish el paso a segunda vuelta. En una votación, además, marcada por un inédito cese de hostilidades anunciado por las FARC y el ELN.

En el fondo la elección es entre dos símbolos. Santos, que ha pretendido erigirse en representante de los partidarios de la solución negociada al conflicto armado, pero ha sido incapaz de convencer a muchos. Y Uribe (no Zuluaga) que encarna la continuación de la salida militar y de fuerza, y ha logrado convencer a muchos más de los que inicialmente se pensó. Por eso, pese a la falta de argumentos y al alud de acusaciones, Colombia este domingo escoge, de hecho, entre la paz y la guerra. Y, para sorpresa de cualquier observador externo, la primera y la segunda parecen tener entre el electorado una cantidad similar de partidarios.
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