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lunes, 13 de febrero de 2012
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Gustó pero no convenció

A diferencia de sus encuentros anteriores, la de esta semana  fue, para Álvaro Uribe y George W. Bush, una reunión difícil. La polarización entre republicanos y demócratas se está volviendo un dolor de cabeza para ambos
A diferencia de sus encuentros anteriores, la de esta semana fue, para Álvaro Uribe y George W. Bush, una reunión difícil. La polarización entre republicanos y demócratas se está volviendo un dolor de cabeza para ambos
política exteriorLos demócratas no quieren hacer sufrir a Uribe sino a Bush. Pero Colombia paga los platos rotos. Por Alfonso Cuéllar, enviado especial.
Sábado 5 Mayo 2007
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Después de su última visita a Washington D. C., a finales del año pasado, el presidente Álvaro Uribe dijo que estaba dispuesto a reunirse con cada uno de los 535 congresistas norteamericanos si era necesario para lograr la aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC). En la semana que termina, empezó a cumplir su promesa: en un maratón de tres días habló con más de 100 legisladores, la inmensa mayoría del Partido Demócrata, que hoy manda la parada en el Congreso.

El esfuerzo personal del Presidente fue alabado en público por muchos congresistas. Aunque la aprobación del TLC está todo menos segura, hizo todo lo que estaba a su alcance. "Es impresionante la agenda de reuniones. Es muy bueno que ponga la cara y dé explicaciones", le dijo a SEMANA el representante Gregory Meeks, uno de los pocos demócratas que habla bien del gobierno de Uribe. No deben sorprender estos elogios. A los congresistas norteamericanos les fascina que los visiten jefes de Estado y los traten como sus pares. Varios son pequeños reyezuelos. Pero esto no significa -como quedó demostrado con creces durante los encuentros del Presidente en el Capitolio- que lo tratarán con la misma deferencia. Al contrario, tres importantes legisladores demócratas -los dos líderes del Congreso y el presidente del comité de finanzas del Senado- tuvieron la indelicadeza diplomática de enviar comunicados exigiendo resultados en las investigaciones sobre la para-política, poco después de verse con él. "Muchos de nosotros expresamos nuestras crecientes preocupaciones sobre las serias acusaciones sobre nexos entre fuerzas paramilitares ilegales y un número de altos funcionarios colombianos", dijo Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara. "Colombia debe resolver nuestras preocupaciones sobre el escándalo paramilitar y los crímenes impunes de sindicalistas, si quiere que consideremos el TLC", dijo por su parte un vocero del líder de la mayoría de la Cámara alta, el senador Harry Reid.

Querrían, con estas declaraciones redactadas con anterioridad, dejarles claro a justos y extraños que Uribe no los había convencido. El Presidente ya había perdido por W antes de entrar en el cuadrilátero.

El gobierno, como era de esperarse, buscó imprimirles un sello optimista a esas reuniones. "La palabra que más escuché de los congresistas fue la de 'partner'. Que somos socios", dijo el canciller Fernando Araújo al frente del edificio Cannon, donde están las oficinas de los representantes. Algunos funcionarios del gobierno, empezando por el mismo Presidente, manifestaron su desconcierto por las duras frases públicas de los legisladores gringos. Eso no fue lo único que los cogió fuera de base. Aunque para nadie era un secreto que los asesinatos de sindicalistas iban a surgir en las conversaciones, pocos previeron que era prácticamente el único tema principal. Todo el resto era secundario: los éxitos de la seguridad democrática, la confianza en la economía, Colombia como el mejor aliado de Estados Unidos en el hemisferio. Y, según conoció SEMANA, las respuestas de Uribe sobre los sindicatos no convencieron.

Hubo hasta un debate detallado sobre las cifras de muertos en la reunión que sostuvo con el representante Sander Levin, presidente del subcomité de comercio. Levin le dijo a SEMANA que no entiende cómo Colombia puede aceptar esa flagrante violación a los derechos humanos y no dudó en comparar -sin duda con exageración- las restricciones colombianas a la huelga a las de la ex Unión Soviética.

Que Levin sea un defensor de los sindicatos no sorprende. Es apoyado por la poderosa AFL-CIO -el sindicato más fuerte de Estados Unidos-, que ha encabezado la oposición a los tratados de libre comercio y con especial vehemencia contra el de Colombia. En otras épocas, la voz de Levin y compañía sería apenas un murmullo en el desierto. Pero en noviembre del año pasado, todo eso cambió. Los demócratas volvieron a controlar la Cámara de Representantes y el Senado. Hubo, en palabras de un asistente de un senador republicano, un "cambio en la marea". Después de 12 años de exilio del poder, el ala más liberal del Partido Demócrata quedó al frente de las comisiones clave -las que manejan la plata- y enfiló sus baterías para imponer su propia agenda y visión del mundo y, de paso, vengarse de los republicanos.

Que Colombia sea parte de este tablero de ajedrez no es fortuito. Recibe anualmente 600 millones de dólares para el Plan Colombia, una cifra no "despreciable", como lo reconocieron varios staffers demócratas y republicanos. Pero esto sólo explica en parte por qué es hoy significativamente más difícil promover la causa de Colombia en Washington D. C. También explica por qué hablar de la aprobación del Tratado de Libre Comercio en los próximos meses por el Congreso gringo es una quimera. Y por qué la misma ayuda del Plan Colombia será cada vez más atada a condiciones, algunas imposibles de cumplir.

¿Cómo se llegó a esta crisis si todo iba tan bien, si el presidente George Bush adora a Uribe? Allí, precisamente, arranca el problema. Ser uno de los grandes amigos de Bush, el político más odiado por los demócratas en décadas, quita puntos en el caldeado ambiente preelectoral que se vive en la capital norteamericana. Tampoco le favorece la frecuente comparación que hacen de ellos. "Los dos mandatarios son casi gemelos en su pensamiento, su actitud y su terquedad", le dijo SEMANA más de un importante asistente del Congreso.

Esas no son las únicas dificultades que encara el presidente Uribe. Desde antes de su elección en 2002, ya circulaban en Washington rumores y acusaciones contra el Presidente. Hasta algunos prominentes senadores consultaron en esa época sobre la conveniencia de salir en una foto con el mandatario colombiano. Las preguntas cesaron con el paso del tiempo y con los éxitos de la seguridad democrática. Pero los escándalos de la para-política, que sólo en los últimos meses tuvieron amplia difusión en la capital estadounidense, desempolvaron las dudas que se habían archivado sobre la figura del Presidente. También generaron malestar las respuestas verbales del mandatario contra la oposición: en algunos casos, tuvieron hasta mayor eco en el Capitolio que las mismas denuncias.

Para un sector de los demócratas, esa virulencia verbal es peligrosa. Puede resultar, incluso, en muertes, dicen. Como en El Salvador y Nicaragua. Muchos de los congresistas y sus asistentes se formaron políticamente oponiéndose a la intervención del gobierno de Ronald Reagan en América Central. Ven a Colombia desde ese prisma histórico. En la oficina del representante Jim McGovern, frecuente crítico del gobierno de Uribe, hay en un puesto destacado la foto del asesinado arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero. McGovern fue uno de los cinco congresistas que la presidenta de la Cámara, Pelosi, pidió que la acompañara en su charla con Uribe.

El malestar demócrata no es tan nuevo como parece. Durante años, se ha hablado de que el Plan Colombia era una estrategia bipartidista, por haber sido propuesto por la administración demócrata de Bill Clinton y aprobado por un Congreso mayoritariamente republicano. En realidad, no es una apreciación tan exacta. El plan tuvo como apoyo principal a los líderes de los republicanos en la Cámara, encabezados por Dennis Hastert, quien se convertiría luego en presidente de esa corporación. Ese grupo, que se enamoró del general Rosso Serrano, fue el motor detrás de la iniciativa del gobierno de Clinton. Desde el principio, los demócratas expresaron dudas por el énfasis militar de la ayuda, pero no tuvieron eco. En la Cámara, los proyectos preferidos de sus presidentes tienden a aprobarse y el Plan Colombia era el bebé de Hastert. Con la victoria demócrata en noviembre, Hastert perdió su puesto con Pelosi, y Colombia su mayor defensor.

Hastert y Pelosi son como el agua y el aceite. En uno de los libros políticos de mayor impacto en Washington, The Right Nation, se describe cómo esos líderes representan dos visiones distintos del mundo. Hastert es un ex entrenador de luchadores de un pueblo en Illinois en el centro de Estados Unidos, ferviente proponente de la pena de muerte. Pelosi proviene de San Francisco, la ciudad más izquierdista del país. Para llegarle al nuevo liderazgo en el Congreso, hay que cambiar de casete, y de discurso.

Eso lo entendieron primeros los opositores del TLC con Colombia. Según uno de los lobbistas que más han seguido de cerca el tema de Colombia en el Capitolio, la alianza de sindicatos norteamericanos y las ONG de derechos humanos logró en los últimos meses vender su visión apocalíptica de Colombia. Se volvió la versión oficial para muchos legisladores demócratas que piensan sólo una vez al año en el país: cuando tienen que aprobar la millonaria ayuda militar y antidroga. Como le dijo a SEMANA un staffer de ese grupo de congresistas, "cada día huele más feo ese TLC". ¿Por qué? "Porque hay mucha violencia contra sindicalistas. Matan gente". Es muy difícil refutar generalizaciones ciertas, pero sin contexto, y muchas veces injustas cuando se han hecho grandes esfuerzos. Ese fue el ambiente hostil que encontró Uribe en el Capitolio.

Pero el problema del TLC no es sólo la percepción negativa de Colombia. A los demócratas no les gustan los acuerdos de libre comercio y menos los firmados por Bush. Por eso el presidente de la poderosa Comisión de Finanzas de la Cámara, Charles Rangel, está negociando con la administración Bush unos cambios en los capítulos laborales, ambientales y de propiedad intelectual. Y estos ajustes tendrán que ser incluidos de alguna manera en los TLC.

Esa negociación aún no ha terminado, gracias a las difíciles relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, por Irak, especialmente. Aunque se estima que habrá un acuerdo antes del 30 de junio, para Colombia sería una noticia agridulce. Todos los congresistas que importan -la señora Pelosi, los congresistas Rangel y Levin, el senador Reid- han sido enfáticos: ese acuerdo sólo sería la cuota inicial para el TLC de Colombia. Pero como tampoco quieren ser vistos como los malos de la película, hay consenso para ampliar las preferencias andinas hasta por dos años.

Antes de subirse al avión de regreso al país, el presidente Uribe minimizó esa opción e insistió en el TLC. Se mostró dispuesto a aceptar todo lo que piden los congresistas. Repitió su discurso de la seguridad democrática que tanta resonancia tiene en los colombianos, pero que en el Washington de mayo 2007 suena viejo. Prometió regresar en junio para reunirse con los que le faltaron y otra vez con sus críticos. Fiel a su estilo, el primer mandatario colombiano cree que sólo así podrá cambiar la percepción y lograr que pase el TLC. Y con Uribe, cualquier cosa es posible.

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