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La semana pasada RCN hizo pública una encuesta según la cual si Álvaro Uribe no buscaba una segunda reelección, los dos personajes más opcionados para llegar a la Casa de Nariño serían Sergio Fajardo e Íngrid Betancourt, cada uno con cerca del 14 por ciento de los votos. Normalmente toda persona que lidera encuestas de intención de voto se lanza al ruedo. Para la ex candidata, quien en el momento de su secuestro tenía sólo el 1 por ciento de apoyo popular, debe ser una gran satisfacción ver que seis años de cautiverio han multiplicado su prestigio en un 1.400 por ciento.
Sin embargo, el mismo día que se reveló la encuesta Íngrid dejó claro que lo único que no le interesaba era volver a hacer política en Colombia. "No quiero estar metida en una contienda electoral, no quiero estar metida en un espacio donde hay polarización y división", afirmó en una entrevista en El Tiempo.
Aunque a los políticos por lo general es prudente no creerles este tipo de declaraciones, es muy probable que en este caso sean auténticas. Pues su secuestro le ha ofrecido a ella horizontes mucho más interesantes de los que brinda la actividad política en el país. Íngrid, quien antes de su tragedia era un poco ridiculizada por supuestamente pretender ser una Juana de Arco, se ha convertido para la comunidad internacional en una Juana de Arco de verdad. Tan sólo en 10 días ha sido objeto de las siguientes distinciones: ser recibida por el Papa, ser escogida como la Mujer del año 2008 del premio Women's World Award, ser la invitada más importante del secretario general de las Naciones Unidas al foro sobre víctimas del terrorismo, ser la ganadora del galardón Príncipe de Asturias a la Concordia, y ser nominada por el gobierno de Chile al Nobel de Paz.
Semejante reconocimiento no se veía desde que fue liberado Nelson Mandela, después de 27 años de cárcel. Tendría que ser muy boba Íngrid para bajarse de esa nube y venir a Colombia a disputarse los votos con Petro, Lucho, Sergio Fajardo y demás. Pues a pesar de que todas sus intervenciones han sido inteligentes y moderadas, su juego político en Colombia, por sus antecedentes, no podría ser como parte del uribismo. Pero tampoco se podría ir en contra del Presidente, pues se expondría a acusaciones de ingratitud frente al hombre que la sacó del infierno.
La nueva Íngrid tiene una misión mucho más importante y universal como es reivindicar el sufrimiento colombiano ante el mundo. Y más que eso, el de todas las víctimas del terrorismo. Para esto cuenta con la legitimidad que le otorga el vía crucis de su martirio en la selva, el cual ha sido glorificado no tanto por ella como por el planeta entero. Una figura internacional de ese calibre puede vivir cómodamente entre Europa y Estados Unidos gracias a las organizaciones que requieren de su experiencia.
Íngrid le ha agregado un elemento dramático a su circunstancia actual al manifestar que no puede regresar a Colombia por razones de seguridad. Según ella las Farc, con ánimo de venganza, la tendrían en la mira para atentar contra su vida. Este argumento es poco convincente pues, por un lado, el gobierno estaría dispuesto a darle la seguridad que fuera necesaria, y por otro, a nadie se le ocurre que las Farc vayan a suicidarse en materia de imagen al asesinar a una de las mujeres más populares del mundo. Esa versión, no obstante, funciona en Europa y le da aún más fuerza a su perfil.
Esto no significa que la Íngrid Betancourt ambiciosa y combativa del pasado se haya convertido en la Madre Teresa. Como el presidente Álvaro Uribe, ella sabe muy bien que no hay que cerrar puertas. No es seguro que haya renunciado a su viejo sueño de ser presidenta de Colombia. Lo que sí es seguro es que es más fácil llegar a serlo si regresa al país como el premio Nobel de la Paz.
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