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"El desafio es la estigmatización"

Alejandro Éder deja la Agencia Colombiana de Reintegración después de ocho años y advierte que la reintegración de los combatientes tomará una generación.

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SEMANA: Antes de renunciar usted le rindió cuentas al presidente. ¿Qué balance le dio?

ALEJANDRO ÉDER: En Colombia llevamos 11 años adelantando esta política para impulsar el desarme, la desmovilización y la reintegración de integrantes de grupos armados ilegales. En todo este tiempo se han desmovilizado 56.000 personas, de las cuales 47.000 han pasado por el proceso de reintegración de la agencia.

SEMANA: Una encuesta concluyó recientemente que los colombianos no están dispuestos a tener de vecino a un exguerrillero o exparamilitar. ¿Afectó eso su trabajo?

A.E .: Ese es el desafío más grande que tiene esta política: combatir la estigmatización. Tenemos el caso reciente de una desmovilizada exitosa de Bogotá, que tenía un negocio de confecciones, empleaba a otros desmovilizados y le iba muy bien. Pero cuando su historia salió en los medios, la gente supo que era desmovilizada. Le tiraron piedras a la casa y le tocó irse del barrio. También hay desmovilizados que no pueden entrar a la iglesia en su barrio o pueblo y personas que son despedidas cuando la empresa se entera de que estuvieron en un grupo armado ilegal.

SEMANA: ¿No le parece justificado ese miedo a contratar a un antiguo delincuente?

A. E.: Es un temor normal en un país con tantos años de conflicto donde los grupos ilegales han cometido actos terroristas, pero también creo que después de más de una década de reintegración es hora de que los colombianos nos enteremos bien de qué es lo que pasa con un desmovilizado. Este no sale de un grupo armado y al otro día está en una fábrica como si nada, sino que pasa por un proceso riguroso de siete años, desarrollado aquí en Colombia y considerado hoy el mejor del mundo.

SEMANA: ¿Ese dato de dónde sale?


A. E.: Es algo ampliamente reconocido. El país tiene una ventaja en su política de reintegración. Fue diseñada por colombianos, aplicada por el gobierno nacional y financiada por el tesoro del país. De los 690 millones de dólares que hemos invertido desde 2006 el 94 por ciento son colombianos. En el mundo hay alrededor de 25 procesos de reintegración operados principalmente por Naciones Unidas y el Banco Mundial. Desde 2009, tenemos una agencia de cooperación que contacta a otros países con experiencias de reintegración. Nosotros enviamos personas para cooperar y aprender a países tan diversos como la República Democrática del Congo, Ruanda, Liberia, Uganda, Filipinas, Indonesia y Turquía. Y aquí han venido especialistas de casi 60 países. Esos intercambios son a veces más efectivos que la cooperación financiera. El aprendizaje tiene mucho valor.

SEMANA: ¿De qué país ha aprendido Colombia?

A. E.: Hoy trabajan en la agencia 50 personas reintegradas que pasaron por el proceso. Y lo hacen desde cargos con proyección. Colegas de Angola nos sugirieron esa idea de contratar desmovilizados. Cuando vinieron a Colombia, nos dijeron que era un error no involucrarlos. Fue un consejo sabio. Hoy, en nuestro equipo directivo tenemos a dos personas que pasaron por el proceso.

SEMANA: Se dice que el perdón es necesario para la paz. En la agencia usted presenció un sinnúmero de momentos de reconciliación. ¿Qué es para usted perdonar?

A. E.: El perdón y la reconciliación son algo personal. No es algo que los políticos puedan prometer, ni algo que se pueda lograr por decreto. Pero sí creo que se puede generar espacios para ello. Al principio, son muy difíciles, pues personas que han sufrido lo peor de la violencia se encuentran con quienes en muchos casos la perpetraron. Yo conozco casos de reconciliación donde se encontraron víctimas con victimarios directos, y muchas veces la reacción no fue de odio, ni de pelea, pero sí de dolor. Al contar con el acompañamiento adecuado ese termina siendo un espacio donde el victimario pide perdón y la víctima escoge si perdona o no. Muchas veces no perdona y dice: “Mire yo no puedo perdonar, pero estoy dispuesto a convivir”. Eso, al final, es lo más importante.

SEMANA: Las Farc secuestraron y asesinaron a su abuelo. ¿Usted las perdonó?

A. E.: Yo nunca he tenido un deseo de venganza, pero, como muchos colombianos víctimas de la guerra, sí he sentido que la situación que vivimos es incomprensible, absurda. Antes de mi labor en la reintegración, yo trabajaba en el sector financiero en Nueva York. Y estando allá viví los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y vi caer las Torres Gemelas. Ese fue un día de mucha reflexión que me llevó a cambiar de carrera y venir a contribuir a la paz.

SEMANA: ¿Qué pensaba de los guerrilleros y paramilitares cuando regresó?

A .E.: Tenía la misma percepción que el resto de los colombianos. Que eran unas personas malas, integrantes de grupos criminales que cometen actos terroristas y generan dolor. Para mí no era una cuestión de perdón, sino de hacer algo por Colombia. Pero cuando empecé a tener contacto con los desmovilizados, mi visión cambió por el simple hecho de que al humanizarlos, al darles la mano, comprendí que ellos también tienen sueños y familias y que son colombianos y tienen historias de vida complejas. Ocho años después he aprendido mucho y me he dado cuenta de que en Colombia tenemos que dejar el odio y la venganza y dejar de estar mirando hacia atrás y estar echando culpas. Tenemos que entender que este es un asunto entre colombianos y que solo juntos podremos salir adelante.

SEMANA: ¿Hay algún caso de perdón que lo haya marcado especialmente?

A. E.: Algo que siempre me llamó la atención fue que algunos exsecuestrados nos buscaron porque querían encontrarse con sus excarceleros. Es más, conocí de primera mano siete casos de personas que terminaron cuidándolos y apoyándolos. Una es la historia del señor César, de Caquetá. Las Farc lo secuestraron y lo hicieron cavar su propia tumba porque lo querían fusilar. Él volvió a la libertad y hoy les da empleo a desmovilizados.

SEMANA: Un aporte de su gestión fue su trabajo con el empresariado. ¿Cuántos excombatientes tienen un puesto gracias a la agencia?

A. E.: La agencia vela en 700 municipios de los 32 departamentos por 30.000 personas, y de ellas sabemos que hay 8.000 trabajando en el sector formal de la economía y 15.000 en el informal. La mayoría trabaja en la construcción, el comercio o el sector agropecuario. El sector privado ha hecho grandes avances, pero quedan desafíos, pues la mayoría de los desmovilizados trabajan sin que sus empresas o sus jefes sepan que lo son. Repito: yo no culpo a las empresas que sienten miedo. Recuerdo a un presidente de una petrolera que me dijo: “Usted me está pidiendo que les dé empleo a los tipos que ponen bombas en el oleoducto”. Yo le respondí que eso es exactamente lo que hago. Es preferible un desmovilizado trabajando de manera legal que un guerrillero con un fusil.

SEMANA: Deja la agencia incorporada al Estado. ¿Le preocupa que caiga en manos equivocadas?

A. E.: Una particularidad de esta agencia es que sus directores siempre han provenido del sector privado. Esto se debe a una decisión de Uribe y Santos de comprender la importancia de la reintegración para consolidar la paz y la seguridad. Al tener gerentes al frente de la agencia garantizamos transparencia y hacemos difícil que se politice.

SEMANA: ¡Pero hay una puja por su puesto!

A. E.: Quiero recordar que he trabajado con el gobierno de Santos y que el presidente ha sido claro en que la agencia necesita garantías. No veo por qué eso deba cambiar. Pero sí es importante advertir lo siguiente: la reintegración no va a durar solo este periodo. Faltan por lo menos 15 años de trabajo, es decir, cuatro periodos presidenciales.  Si no logramos concretar la reintegración de manera exitosa, las consecuencias pueden ser muy graves. No especulemos, ¡no juguemos con esto!

SEMANA: ¿A qué se va a dedicar?

A.E.: El presidente me pidió que siga asesorando al equipo de La Habana, sobre todo cuando se llegue a la desmovilización y reintegración.

SEMANA: ¿Y luego la Alcaldía de Cali?

A. E.: Acabo de salir de ocho años de un trabajo muy duro. Voy a descansar para luego plantearme el futuro. Yo soy caleño y tengo un gran interés porque mi ciudad pueda salir adelante. Pero aún tengo que pensar cuáles serán los mejores pasos y la mejor manera para ayudar a mi región.

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