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La intolerancia no se quiere ir de Bogotá

Un videógrafo de Semana.com captó el lamentable episodio en el que un taxista y un motociclista se van a las manos en una calle del occidente de la capital.

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Era un lunes cualquiera en las calles del barrio Castilla, en el occidente de Bogotá. Las cosas parecen estar bien en un instante, pero al siguiente el conflicto irrumpe en escena: un taxista, apoyado por una mujer -que aparentemente es su pareja-, la emprenden contra un motociclista, que se defiende de la peor manera.

Aparentemente ha sido un episodio de quién tiene la vía. La premura del ataque se deja entrever porque el vehículo amarillo del que se ha bajado la energúmena pareja rueda algo más de un metro sin control, hasta que el andén y la moto tirada en el suelo lo detienen.

El motociclista, con el casco aún puesto, se defiende sin distinción de los palos que ambos le propinan. Algunos transeúntes le critican duramente que le pegue a la mujer y se ponen de tú a tú con él, haciendo aún más caótica la escena.

El taxista, entre tanto, corre hacia la parte posterior del automotor y abre la cajuela en búsqueda de un arma más contundente. Encuentra la cruceta y corre de nuevo a encarar a su oponente.

Pero tras la portezuela de par en par salta a la vista un detalle que no es más que la cereza que le faltaba al pastel: un pequeño de meses llora aterrado, en medio de la barahúnda, en la silla de atrás del carro que instantes antes rodó libremente.

Una espectadora se apiada del pequeño y sale al rescate, mientras que el trío aún se agrede. Finalmente el motociclista levanta su vehículo, toma sus cosas y se dispone a irse, no antes sin ser increpado nuevamente por la pareja. Algunos espontáneos se acercan para calmar los ánimos, cosa que aprovecha el hombre para partir raudo.

Y nuevamente la reflexión: ¿es necesario llegar a las manos para solucionar cualquier disputa? ¿Los ciudadanos seguirán engrosando las listas de lesionados y muertos por peleas absurdas? ¿Tras décadas de buscar la paz, seremos capaces de hallarla en nuestras propias casas y calles?

De la capacidad de encontrar salidas a los conflictos diferentes de la violencia, en el día a día de las ciudades y campos colombianos, también dependerá lo pacífico que sea el país en el que todos debemos caber y vivir.

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