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Desesperado llamado de un colombiano al que le perdonaron la vida en China

Semana revela el audio de una conversación telefónica en la que Guillermo Alberto Álvarez Castrillón asegura desde una cárcel de Beijing que no es un criminal y que está allá por la falta de oportunidades. Le pide al gobierno que interceda por él.

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En la celda en la que duerme Guillermo Alberto Álvarez Castrillón nunca se sabe si es de día o de noche. Una luz blanca, incandescente, que nunca apagan los guardias hace que este colombiano y sus compañeros de presidio no sepan a veces si es hora de dormir o de levantarse.  

En la noche de este jueves, Guillermo logró comunicarse con su hermana, Blanca Álvarez, en una conversación que duró apenas 2 minutos y 10 segundos. Desde la cárcel de Beijing II, Guillermo hizo un llamado desesperado para que las autoridades colombianas intercedan por todos los allí condenados.

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Las condiciones de reclusión son precarias, alcanzó a decir Guillermo con la premura de quien tiene muy poco tiempo para hablar. Los presos duermen sobre fríos planchones de cemento, en cuyas superficies ponen insignificantes colchonetas. Esto hace que los problemas de espalda sea un asunto generalizado entre los internos. El acceso a la salud es restringido. La comida es pésima. Pero sobre todo lo más duro es el encierro, las pocas horas de luz del sol a la semana. La lejura. Guillermo dice incluso estar en una de las peores cárceles del mundo.

Hace siete años, este hombre nacido en La Merced, Caldas, fue detenido con cinco kilos de droga. Solo ocho meses después su familia se enteró.

“Antes creíamos que estaba desaparecido. Hasta que un día cualquiera recibimos una llamada del Consulado en Beijing en el que nos informaban de la situación”, cuenta Mónica.

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En la llamada del jueves, Guillermo aseguró que no es un criminal, que el error cometido no implica que sea un asesino. “Yo no he matado a nadie, fueron las circunstancias de la falta de recursos y de la falta de oportunidades (…) las que nos obligaron a venir hasta acá”, dijo.

Por su delito, Guillermo fue condenado a pena de muerte, con suspensión a dos años. Esa fue una noticia que no soportó su padre, don José Bertulfo Álvarez, que en paz descanse. “Fue terrible, a mi papá le dio muy duro, a los seis murió de la tristeza, de la depresión. Entró en una enfermedad sin regreso”, dice Mónica.

Dos años después de estar preso, a Guillermo le perdonaron la vida. Por buena conducta y distintas peticiones de súplica, la justicia de China lo condenó a cadena perpetua. Y hay esperanzas de que esa pena eterna sea conmutada y se convierta en 18 años de cárcel.

Los presos duermen sobre fríos planchones de cemento, en cuyas superficies ponen insignificantes colchonetas.

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La familia de Guillermo dice que el cónsul en Beijing, Luis Roa, ha estado pendiente del caso. Y ha ayudado en pequeños detalles como los de conseguirle una gafas a Guillermo, luego de que comenzaran a aparecer las consecuencias de tener un reflector blanco todo el tiempo alumbrándole la cara.

Antes de haber viajado a China, Guillermo trabajó muchos años en la Alcaldía de La Merced, Luego se fue a Manizales, donde vive toda su familia. Con el tiempo fue a probar suerte en Medellín, donde se casó e intentó con varios negocios que fracasaron. Pasado un tiempo se separó y volvió a Manizales. Ahí estuvo varios meses sin empleo, hasta que encontró un trabajo de pocos pesos en un billar. Y fue en una de esas noches, mientras atendía las mesas, que le llegó la propuesta del viaje que le cambiaría la vida para siempre.

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