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El relato de un náufrago colombiano

La increíble historia de un humilde pescador caucano que estuvo casi dos días a la deriva en el mar Pacífico y fue rescatado por la Armada.

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Solano Salazar Quintero solo ha hecho dos cosas en su vida desde que nació hace 47 años: pescar y nadar. Y ese conocimiento estuvo a prueba este fin de semana cuando su pequeña embarcación colapsó durante una extensa faena de pesca a 40 kilómetros de la costa caucana.

En el bote estaban él y su amigo de pesca Tomás Contreras, pero durante el rescate que ocurrió el pasado domingo 2 de noviembre a las 11:30 de la mañana, la Armada solo halló a Solano sujetado a un pedazo de icopor. Aún no se descarta que Contreras haya llegado a tierra firme y esté con vida. Esta es la increíble historia.

Solano es un viejo zorro del mar. Vive en el corregimiento de Bocagrande, un pequeño caserío del municipio López de Micay, Cauca, al que solo se llega por agua. Es tan distante que ni siquiera existe una estación de policía y la única manera de comunicarse con ellos es a través de un radio teléfono existente en el único colegio del lugar.

En ese caserío olvidado viven Solano, su esposa y sus cinco hijos. De ellos se despidió el pasado viernes 31 de octubre a las 3:00 p.m. cuando partió del pequeño muelle de Bocagrande, hacia el mar que lidia desde hace décadas.

Lo hizo en una pequeña embarcación que los nativos llaman “viento marea”, que no es otra cosa que un bote de fibra de vidrio y madera de siete metros de largo por dos metros de ancho e impulsado por 40 caballos de fuerza que tiene el motor fuera de borda.

La rutina que semanalmente cumple Solano es un ritual que puede hacer con los ojos cerrados. Él, como muchos otros pescadores artesanales de la zona, conocen como la palma de su mano cada porción de mar que bordea la costa caucana y nariñense.

Cuenta el propio Solano que a las cinco de la tarde llegaron al punto exacto del mar donde echarían la malla de pescar; y así lo hicieron. Y seis horas más tarde la recogieron con los frutos del océano. A la una de la madrugada dieron por terminada la jornada.

Pero en ese instante algo poco usual estaba ocurriendo en el bote: había más agua de lo normal. En un principio los dos curtidos pescadores creyeron que el peso de los peces sumado a la nevera de icopor con hielo seco para mantenerlos frescos eran la causa de la amenaza. Pero una hora después todos estaban de nuevo en el agua; habían naufragado.

Como por instinto de supervivencia, Solano tomó la tapa de la nevera de icopor y la partió en dos. Le dio la mitad a Tomás y él conservó la otra. En las siguientes 34 horas ese trozo de icopor sería su única esperanza de vida. Y así fue.

Solano recuerda que el instante de mayor espanto al amanecer, fue descubrir que “ya no veíamos costa”. Es decir, que contrario a toda ley natural de los naufragios, esta vez las olas los arrastró hacia mar adentro y no a tierra firme.

Él no recuerda por cuántas horas luchó contra el mar, nadando en medio de la oscuridad o buscando un resquicio de sol que lo orientara ante un día gris con nubes a punto de estallar. Tampoco recuerda en qué momento Tomás, su amigo de pesca, se desapareció. “Ya estábamos listos para morir, porque ninguno de los dos quería luchar más”, relató el humilde pescador con la piel cortada por las arrugas.

Su último aliento lo guardó para el momento crucial. Sabía que si lograba divisar una embarcación, tendría que hacer hasta lo imposible para que lo vieran. Así ocurrió cuando observó el buque de la Armada ARC Nariño, comandado por el capitán de navío Orlando Cubillos.

El oficial recuerda que cuando lo interceptaron le lanzaron un chaleco salvavidas para que se sujetara en él, “pero estaba en condiciones tan lamentables, que no pudo y uno de nuestros hombres tuvo que ayudarle. Sus manos y las plantas de sus pies eran blancas. Estaba casi que desnudo y tenía un cinturón amarrado al cuello con una linterna”, detalló el comandante del navío, tras revelar que Solano tenía serios síntomas de deshidratación.

El pescador fue atendido en el hospital que la Armada tiene ubicado en la base naval de Bahía Málaga, muy cerca a Buenaventura, Valle. Y cuando los oficiales que lo rescataron le preguntaron por qué no tenía puesto el chaleco salvavidas, el curtido pescador respondió: “no llevábamos”.

De esa manera Solano se convirtió en uno de los pocos pescadores que sobrevive a un naufragio en las aguas del indomable pacífico colombiano, pero también será recordado como el navegante que violó la regla de oro de todo capitán: jamás olvidar su chaleco salvavidas.

*Video cortesía Armada Nacional.

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